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THE BLACK CROWES – ‘A Pound Of Feathers’

Donde realmente aparece el encanto es cuando bajan las revoluciones, encienden las velas de incienso y se lían un porro.

Foto: Ross Halfin

A dos días de que se cumplan exactamente dos años del lanzamiento de su ‘álbum de reunión’, Happiness Bastards, The Black Crowes vuelven con un nuevo disco en el que parecen moverse con bastante más libertad.

Como si se hubieran quitado de encima la obligación de reposicionar la marca Black Crowes en el mercado discográfico con un trabajo que recurría básicamente a los elementos más reconocibles de su catálogo, en A Pound Of Feathers se permiten expandir las alas y experimentar un poco más. A pesar de haber sido grabado con el mismo productor, Jay Joyce (Eric Church, Zac Brown Band), y en el mismo estudio de Nashville, el sonido resulta más visceral y espontáneo. Algo tendrá que ver que, según han contado, despacharon la grabación en apenas diez días, con gran parte del material naciendo directamente en el estudio.

Este afán más experimental, sin embargo, no se muestra de entrada. La apertura con ‘Profane Prophecy’, con su riff 100% stoniano y un Chris Robinson juguetón, y ‘Cruel Streak’, con algo más de groove y unos coros femeninos en el estribillo que recuerdan a ‘Crosstown Traffic’ de Jimi Hendrix, es exactamente como te imaginarías que empezara un disco de los Crowes. Esta vertiente más rockera y directa —que les sale con la misma naturalidad que respirar— vuelve a aparecer en temas como ‘It’s Like That’, ‘Do The Parasite!’ o ‘You Call This A Good Time?’. Sin embargo, más allá de aportar algo de brío al álbum, tampoco mejoran nada de lo que han hecho en el pasado y acaban resultando casi indistinguibles entre sí. Son buenos temas, sin más.

Donde realmente aparece el encanto es cuando bajan las revoluciones, encienden las velas de incienso y se lían un porro. El primer aviso llega pronto. El tercer corte, ‘Pharmacy Chronicles’, una balada acústica embellecida con una magnífica slide de Rich Robinson y piano, rezuma “perfume, champán y pecado”, como canta su hermano, aunque sin salirse del marco del country-folk. Ese espíritu más hippie toma forma definitiva en ‘High & Lonesome’, un medio tiempo distinto a cualquier cosa que hayan hecho antes, con coros fantasmagóricos y un notable protagonismo del violín que enlaza con ‘Queen Of The B-Sides’, una canción prácticamente desnuda.

Sin duda, es en la segunda mitad del disco donde encontramos los momentos más interesantes, hasta el punto de que por momentos parecen transportarte a la época de Amorica. ‘Blood Red Regrets’, con su base pesada y licks zeppelianos, es la joya de la corona: ese pasaje en el que la mezcla de orquestación y guitarras acústicas evoca a ‘The Rain Song’ es una auténtica delicia. ‘Eros Blues’ comienza sutil, dibujada con notas de Fender Rhodes, pero pronto se rompe con arrebatos eléctricos como si Joe Cocker estuviera improvisando con The Who, y curiosamente no queda demasiado lejos de lo que hacen Geese en Getting Killed. Finalmente, la oscura y cavernosa ‘Doomsday Doggerel’, con una parte recitada que recuerda a ‘Bullet The Blue Sky’ de U2, cierra el álbum con mucho más misterio del que había al principio.

Si bien, de entrada, apostar por un periodo de creación tan corto parecía una virtud, quizá la ambición de la propuesta requería haberle dedicado algo más de tiempo para redondear ciertas ideas y llevarlas un paso más allá. En cualquier caso, el disco apunta en la dirección correcta y nos permite seguir soñando con que esta nueva etapa de los Crowes sea algo más que un simple, y rentable, ejercicio de nostalgia.

JORDI MEYA