Es imposible abstraerse de las circunstancias en las que At The Gates publican The Ghost Of A Future Dead: un trabajo póstumo dedicado a su líder y vocalista, Tomas ‘Tompa’ Lindberg.
Afable, sencillo y cercano, ‘Tompa’ era de esos músicos a los que podías encontrarte entre el público viendo a la banda que actuaba después de ellos, siempre dispuesto a cruzar unas palabras con los fans. Siempre recordaré aquella mañana del concierto en el que At the Gates teloneaban a Behemoth, disfrutando —como un turista más— del modernismo barcelonés en el Passeig de Gràcia.
Antes de someterse a una cirugía agresiva para extirpar el cáncer de garganta que padecía, grabó las pistas de voz del álbum. Su voz, agrietada por la enfermedad, se convierte en un último esfuerzo a la altura de su legado. The Ghost Of A Future Dead es un disco de despedida más que digno para la banda que redefinió el sonido del metal extremo y puso Gotemburgo en el mapa del género para siempre. Pioneros del melodeath escandinavo, con trabajos soberbios —entre los que destaca el canónico Slaughter Of The Soul—, siempre han rayado a gran nivel en todas sus entregas. Si bien en los trabajos posteriores al hiato recurrieron en ocasiones al piloto automático —llegando a sonar algo monótonos—, dejando claro que los viejos tiempos no iban a volver.
Con una mezcla de sentimientos difíciles de descifrar —tristeza, ternura al pensar en alguien que, en sus últimos días, se deja literalmente la piel, o simplemente la emoción de escuchar el nuevo disco de una de tus bandas favoritas sabiendo que, muy probablemente, será el último— te adentras en la escucha de este trabajo oscuro, contundente y, en cierto modo, sintético de lo que ha sido At the Gates hasta hoy.
La dificultad de dejar de lado las circunstancias no debería ser un obstáculo para valorar el álbum en sí, pues Anders Björler, Martin Larsson, Jonas Björler y Adrian Erlandsson también se dejan el alma. Y eso se percibe desde el primer segundo. The Ghost Of A Future Dead es sincero. Está hecho con una clase de honestidad que no se puede fingir. Erlandsson martillea con la solvencia de siempre; los Björler sostienen una base que nunca claudica; y Larsson acompaña a golpe de guitarra limpia y directa. Es un trabajo de banda, en el sentido más literal. Y eso, en un álbum que inevitablemente será leído como una despedida, importa más de lo que parece.
‘The Fever Mask’ abre el disco sin concesiones: es un muro de urgencia y necesidad. La voz de Lindberg suena distinta, quebrada, pero no pierde protagonismo. Escucharla, sabiendo lo que sabes, resulta emocionalmente difícil. Suena como alguien que no tiene nada que perder y todo por dar; como si la enfermedad hubiera quemado todo lo accesorio y solo quedara lo esencial. La introducción de ‘The Dissonant Void’ eriza la piel para, sin aviso, terminar aplastándote.
‘A Ritual Of Waste’, ‘Of Interstellar Death’ o ‘The Unfathomable’ son trallazos marca de la casa, mientras que ‘Parasitical Hive’ presenta un groove adictivo que se diluye en punteos suaves, casi acústicos. El disco avanza con una convicción que no siempre estuvo presente en la etapa posterior a su regreso. En ‘Tomb of Heaven’, el riff principal se instala sin prisa; la melodía aparece casi por infiltración y, cuando la voz entra, no decora: ancla. Es uno de esos momentos en los que una banda suena exactamente como debe sonar, sin artificios. La pieza acústica ‘Förgängligheten’ provoca un nudo en la garganta. El cierre, ‘Black Hole Emission’, es un final espectral y etéreo; un desenlace cósmico, como si todo se desvaneciera en un agujero negro.
Porque este disco no es solo el último testamento de Lindberg. También lo es de todos ellos. Y, lejos de ser un motivo de tristeza, debería ser una razón para celebrar lo que han entregado en vida: metal auténtico y honesto.
JOAN CALDERON









