Rise Against vuelven a sacar el megáfono para denunciar las injusticias en Ricochet, su décimo disco. Que consigan que tenga efecto o no está por ver, pero, como mínimo, en el camino habrán dejado otro puñado de grandes canciones.

Todo el mundo necesita nuevos estímulos, incluso una banda tan asentada como Rise Against. Desde hace ya unos cuantos discos, la música del cuarteto de Chicago recibía el calificativo de consistente, lo cual no es malo, a menos que se utilice para camuflar otros como previsible o aburrida. Conscientes de que llegados a su décimo álbum tenían que agitar un poco las cosas, Tim McIlrath (voz, guitarra), Zach Blair (guitarra), Joe Principe (bajo) y Brandon Barnes (batería) decidieron abandonar su zona de confort y en lugar de volver a The Blasting Room en Colorado para trabajar con Bill Stevenson y Jason Livermore, contrataron a un nuevo equipo de producción.

La australiana Catherine Marks, productora de Boygenius o Manchester Orchestra, fue la elegida, sumando al reputado Alan Moulder (Nine Inch Nails, The Smashing Pumpkins) en un tándem insólito para grabar un disco de punk rock. Sin que tampoco haya supuesto un cambio radical, en Ricochet (Loma Vista Recordings) se aprecia en un sonido más abierto. Pero eso sí, aunque el envoltorio haya cambiado, su mensaje político permanece intacto.

De todo ello, hablamos hace unos días con Tim McIlrath pocas horas antes de que volviese a salir al escenario en Virgina Beach, en una de las paradas de su gira conjunta con Papa Roach.

Hola Tim, hemos hablado muchas veces, pero creo que nunca te he preguntado por el hecho de que tienes los ojos de distinto color, como Bowie. En su caso fue por una pelea de niño, pero en el tuyo es de nacimiento, algo llamado heterocromía, ¿no?
TIM MCILRATH «Sí, lo de Bowie era porque tenía la pupila dilatada permanentemente, pero en realidad sus ojos eran del mismo color. En mi caso nací así. No sé mucho más que tú sobre eso, nunca me han dado una buena explicación. En mi familia todos tienen ojos azules, y yo uno azul y el otro marrón. Casi siempre es algo que pasa desapercibido, pero como yo estoy en una banda y hay muchas fotos mías, la gente se fija más. A veces conozco a gente con lo mismo, como la mujer de un amigo. Es curioso. A la mayoría les parece guay (risas)«.

¿Se metían contigo en el colegio o tenías algún complejo?
«Nunca me acomplejó, de niño incluso la gente lo encontraba fascinante. Lo único que alguien me dijo alguna vez es que a veces un trauma de salud puede cambiar el color de ojos o generar una mecha blanca en el pelo. De niño tuve infecciones de oído muy graves, quizá eso lo causó. Pero en general creo que es solo una rareza genética. Nada más”.

Genial. Bueno, entremos en faena. Ahora mismo estáis de gira con Papa Roach. Sobre el papel, es un cartel extraño, al menos para mí. Sois dos bandas muy distintas.
«Sí. Llevamos una semana con ellos. Sabes, cuando nos lo propusieron por primera vez, también pensamos que era un poco fuera de lo común. Pero debo decir que está yendo genial. Papa Roach son grandes tipos y son una gran banda. A lo largo del tiempo nos hemos cruzado varias veces, pero esta nuestra gira conjunta propiamente dicha. Nos encanta tocar para sus fans. Underoath también están en la gira hemos sido amigos suyos desde hace mucho tiempo. Creo que es como una mezcla perfecta de fans a los que les gusta la música agresiva, y estamos tocando delante de mucha gente nueva. Y creo que también estamos trayendo fans nuestros para que Papa Roach toque delante de ellos”.

Pasemos a Ricochet en el que habéis trabajado por primera vez con la productora Catherine Marks y Alan Moulder a las mezclas. Es un cambio importante en términos del equipo de producción. ¿Podrías explicar por qué queríais ese cambio y cómo se tradujo en el estudio para encontrar un sonido distinto?
«Sí, creo que probablemente fue una combinación de cosas. Pero en parte fue porque al entrar en nuestro décimo disco, no sabíamos realmente qué queríamos hacer o qué queríamos crear. Lo único que yo buscaba era hacer algo que no sonara como nuestro último disco. Y si fuera posible, que no sonara como ninguno de nuestros discos. Eso se vuelve más difícil cuando eres una banda con 25 años de trayectoria y 9 discos. Es difícil crear algo que destaque de tu catálogo, que la gente escuche y diga: ‘oh, sí, esto suena distinto al anterior o a cualquier cosa que hayan hecho’. Así que siento que las composiciones son un poco más arriesgadas, sin duda. Y luego, claro, cambiar de equipo de producción con Catherine y Alan… Alan es un mezclador legendario, viene del mundo de Nine Inch Nails, Smashing Pumpkins y My Bloody Valentine. Catherine es una de sus protegidas, ha trabajado con St. Vincent, Manchester Orchestra y ganó un Grammy con Boygenius. Así que sabíamos que si queríamos hacer algo diferente, teníamos que cambiar ingredientes en nuestra olla para cocinar un plato distinto, ¿sabes? También fue un poco de autoconciencia, de reconocer que, en cierto modo, ya estábamos un poco encorsetados en nuestra forma de trabajar y de sonar. Pero sabíamos que si cambiábamos todas las piezas a nuestro alrededor, tendríamos un disco que sonara distinto al anterior”.

Yo diría que quizá la diferencia principal es que los discos que grabasteis con Bill Stevenson y Jason Livermore sonaban muy compactos, en cambio, en este, hay mucho más espacio. ¿Cambiasteis mucho la manera de grabar?
«Capturamos mucho más la energía de la sala de grabación. Lo hicimos mucho más en directo, más en una sola toma. No sobreanalizamos las canciones. Creo que a veces somos culpables de sobreanalizar riffs o canciones hasta el punto de esterilizar demasiado la música. Y esta vez quisimos que fuera más orgánico, que respirara más. Eso fue algo en lo que Catherine insistió mucho: capturar la energía en el momento, sin machacarnos en cada parte. Creo que captura muy bien el momento en que estábamos”.

¿Sientes que quizá con Wolves en 2017, cuando trabajasteis con Nick Raskulinecz, intentasteis hacer algo parecido, sacudir un poco las cosas, pero no sabíais exactamente cómo?
«Sí, creo que en cierto modo tuvimos que mirarnos al espejo y reconocer: ‘vale, quizá somos perros viejos que no aprenden trucos nuevos’. Esto es lo que somos, llevamos mucho tiempo haciéndolo. Y si tienes esa autoconciencia, piensas: ‘no sé cuánto podemos sonar diferente si seguimos haciendo lo mismo’. Nos dimos cuenta de que habíamos ido al mismo estudio durante seis discos. En cierto modo, era nuestra zona de confort. Y seguro que volveremos a grabar con Bill y Jason porque les queremos e hicieron los discos que nos hicieron ser quienes somos. Pero había que cambiar piezas. Lo que decía antes, es como con una receta: si sigues usando los mismos ingredientes, no lo puedes conseguir un plato distinto. Teníamos que poner ingredientes diferentes. Para nosotros, con el nuevo disco, lo más fácil era llamar a alguien que nunca había escuchado a la banda y dejar que documentara cómo creía que debíamos sonar. Esa energía era lo que necesitábamos: 25 años, 10 discos después, necesitábamos un álbum que no sonara como Nowhere Generation. Y creo que lo conseguimos”.

¿Crees que, especialmente en la escena punk o incluso en el hardcore, existe la contradicción de tener ideas muy progresistas pero ser un poco conservadores musicalmente?
«Vaya, interesante, pero no lo veo así. No creo que cuando empezamos hiciéramos música de forma conservadora. Si hubiéramos querido hacer música conservadora, habríamos hecho pop. La música y el mensaje siempre han ido de la mano. Venimos del mundo punk y hardcore, y simplemente creamos nuestra interpretación de nuestras influencias. Queríamos que alguien sintiera lo que yo sentí cuando escuché Minor Threat o Black Flag, pero sin imitarlos. No estoy aquí para regurgitar mis influencias. De hecho, no creo que esas bandas quisieran que lo hiciera. Quiero darle a la gente mi versión de esa sensación. Y creo que eso es lo que hemos hecho como banda. Probablemente eso es lo que nos mantiene en los márgenes de lo realmente mainstream”.

Foto: Mynxii White

«No sé si estamos ya en una distopía, pero sin duda estamos dando un paso más hacia ella cada día» TIM MCILRATH

Y en un sentido más general, ¿los términos ‘progresista’ y ‘conservador’ tienen para ti el mismo significado que hace 20 años? Lo digo porque tradicionalmente ser progresista significa querer cambiar la sociedad y conservador ser reacio al cambio y querer mantener los viejos valores. Pero ahora mismo, quizá viendo la dirección en la que va el mundo, la idea del progreso, sobre todo tecnológico, solo favorece a unos pocos.
«Creo que todos tenemos un pie en ambos campos. Políticamente, Rise Against hemos sido obviamente muy progresistas: siempre empujamos por el cambio y la concienciación, hablamos de cómo el mundo necesita adaptarse para sobrevivir, hablamos de racismo, sexismo, homofobia, medio ambiente, explotación laboral… en general, hablamos de mirar al mundo e intentar crear un terreno de juego más justo para todos. Reconocemos que el mundo no es un terreno nivelado: tu acceso a felicidad, prosperidad o éxito depende de tu color de piel, tu género, tu orientación sexual, el código postal en el que naciste o tu religión. El mundo favorece a unos y desfavorece a otros. Así que cantamos sobre eso y pedimos más equidad en el planeta. En cuanto al conservadurismo, creo que muchos conservadores simplemente tuvieron experiencias positivas con la sociedad tal como estaba estructurada, se beneficiaron de ello, y claro, no quieren perder esos beneficios. Quizá ni siquiera se dan cuenta de hasta qué punto esas estructuras les favorecieron. Por eso quieren que todo siga igual: porque les funciona. Nosotros, en cambio, creemos que el mundo no funciona igual para todos, pero tenemos fe en que podemos crear un lugar que sí funcione para todos”.

Desde el primer disco, muchas de vuestras canciones han adverido sobre los peligros de ciertas situaciones políticas y sociales futuras. ¿Sientes que ahora ya vivimos en una especie de distopía? Por ejemplo, la semana pasada con el asesinato de Charlie Kirk, ver en el móvil cómo le explota la cabeza a alguien… da igual si eres adulto o niño, ves esas imágenes. ¿Estamos en una distopía?
«Definitivamente estamos en los tiempos más extraños que haya vivido. Da miedo ser estadounidense. Da miedo estar vivo en el mundo. No sé si estamos ya en una distopía, pero sin duda estamos dando un paso más hacia ella cada día. Ayer, estuve en Washington D.C., con la Guardia Nacional patrullando, con el gobierno colgando banderas con la cara de nuestros líderes en edificios… todas esas señales rojas del fascismo que llevamos años advirtiendo en nuestras canciones: ‘si seguimos por este camino, esto va a empeorar mucho’. Y está empeorando. Hoy mismo vi que nuestra vicepresidenta pide a la gente que denuncie a compañeros de trabajo por sus opiniones políticas para que los despidan. Eso es un problema de libertad de expresión. Tenemos un gobierno que defiende la libertad de expresión cuando le halaga y la cancela cuando no. La violencia política no tiene cabida en nuestra cultura y debemos condenarla, pero eso no significa dejar de criticar ideologías con las que no estamos de acuerdo. Rise Against cree que las mujeres no deberían ser presionadas para priorizar la familia sobre su carrera. Creemos que la religión no tiene lugar en el gobierno. No hay lugar para un movimiento nacionalista cristiano en Estados Unidos. Creemos que el mundo no es justo para todos, y que debemos cambiar las cosas para corregir esa injusticia”.

Volviendo al disco, quería preguntarte por ‘Black Crown’ en la que canta Andy Hull de Manchester Orchestra. Me parece la perfecta suma de lo que hacéis ambos. ¿Cómo nació esa canción?
«Volé a su casa, cerca de Atlanta, y pasé el día con Andy. Hicimos la canción allí mismo, en unas horas. Simplemente empezamos a tocar y salió. Lo que oyes es básicamente lo que creamos ese día. No la retocamos mucho. Y fue divertido porque nunca había hecho algo así con otro artista. Fue una nueva forma de crear música después de tantos años”.

A lo largo de vuestra carrera habéis tenido muchos hits en la radio, algo que atrae a un público muy amplio. En una gira como la de Papa Roach, por ejemplo, ¿os encontráis con fans que dicen: me encanta vuestra música, pero odio vuestra política?

«Sí, eso ha pasado siempre con una banda como la nuestra. Pero la gente debería saber que venimos del mundo punk y hardcore, donde música y política eran sinónimos. No seríamos quienes somos sin la política en nuestra música. Esto no es nuevo, pasó con Rage Against the Machine o The Clash. Cuando tu música se hace popular, de repente llega a personas que no están acostumbradas a que la música les haga cuestionarse cosas o fomentar el pensamiento crítico. Están acostumbradas a que sea entretenimiento o ruido de fondo. Y ese no es el mundo del que vengo, ni el que quiero crear. Nunca hicimos nada para sonar en la radio. Nunca cambiamos lo que hacíamos. Así que somos fieles a nuestra música. Venimos del punk, acabamos con canciones en la radio, y claro que nos íbamos a encontrar con gente del mainstream que se ofendiera con lo que hacemos. Pero nunca me molestó que se molestaran. De hecho, buscamos crear fricción, así que a veces cumplimos nuestra misión”.

Fuera del punk, ¿qué bandas os influyeron más? Por ejemplo, en el nuevo discoI Want It All’ me suena muy Nirvana en el estribillo. Y en otras baladas me recordáis a los Goo Goo Dolls, que no son para nada una banda política.
«Sí, me encantan esas dos bandas. Vi a Nirvana en el 93, soy un hijo de los 90. Y me encantan los Goo Goo Dolls, a todos en la banda nos gustan. Nos encantan tanto sus inicios punk como sus discos más populares. Un álbum como Hold Me Up es increíble, pero también Dizzy Up the Girl. Johnny Rzeznik es un compositor tan bueno que no puedes ignorarlo. Los conozco y son viejos punkis, saben lo que hacen y siguen siendo geniales. Todo eso influye en lo que hacemos cuando nos juntamos a componer”.

Quizá podríais girar con ellos algún día.
«Sí, ¿quién sabe? No sé qué pensarían sus fans de nosotros, pero si nos invitan, lo haríamos”.

JORDI MEYA