Más de tres décadas en activo, una de las discografías más consistentes del punk en euskera y, aun así, un nombre que sigue escapando al radar de demasiada gente. Leihotikan llegan por fin a RockZone con una entrevista en la que repasamos su historia y su discografía junto a tres de sus miembros originales.

Más que una entrevista, lo que ocurrió unas horas antes de su reciente concierto en el Kafe Antzokia de Bilbao fue saldar una deuda. Una deuda de esta revista porque, pese a su trayectoria y a la solidez de su discografía, Leihotikan nunca habían pasado por estas páginas. Nunca es tarde, dicen. Y en este caso, además, llegamos en buen momento: con la banda más activa que en años, recuperando el pulso en directo y con un disco reciente —Etorkizuna ginenean— que les ha vuelto a poner en el candelero y que como ya apunté en el podcast de Rockzone, debería haber ocupado un lugar destacado en las listas de lo mejor de 2023.

Pero lo verdaderamente llamativo no es eso. Lo extraño es que una banda de hardcore melódico que canta en euskera lleve en activo desde 1993, con una formación prácticamente intacta, haya construido toda su trayectoria al margen de las lógicas habituales de la industria musical: sin prisas, sin estrategia y con una regularidad tan irregular como coherente. Porque si algo define la historia de Leihotikan no es una evolución lineal, sino una especie de movimiento pendular en el que cada paso parece responder al anterior como si aplicaran sin pretenderlo una versión punk del tercer principio de Newton: a cada impulso le sigue una reacción en sentido contrario. Un disco abre, el siguiente repliega; uno se expande, el otro corrige el exceso. Ellos mismos lo resumen en broma con una idea que atraviesa toda su discografía: los discos impares son los buenos.

Para hablar de todo ello me reúno con Gorka Armendáriz (voz), Patxi Mercero (guitarra) y Aitor Remon (bajo), tres de los miembros fundadores. Desde hace unos años les acompaña también Mikel Goitisolo, batería procedente de Neke Politikoa, que sustituyó a Alfonso Contin “Titi” tras una lesión de hombro que le impide tocar, aunque sigue vinculado al grupo. Fuera del escenario, sus vidas nada tienen que ver con el imaginario punk: Patxi es profesor de inglés en una ikastola de Sangüesa, Aitor trabaja como administrativo en el Ayuntamiento del Valle de Egüés y Gorka, en el momento de la entrevista, está en paro. Y ahí, precisamente, empieza a entenderse todo: llevan en esto tanto tiempo por pasión y no por profesión.

Un debut que marcó a una generación

Leihotikan nacen en Pamplona en un contexto donde el hardcore melódico en euskera todavía era un territorio por definir. Dos maquetas, pocos conciertos y muchas horas de local desembocan en un primer disco que, como reconoce Gorka Armendariz, “era casi un grandes éxitos sin saberlo, porque juntaba canciones de nuestras dos maquetas y temas nuevos que ya llevábamos tiempo tocando”.

La entrada en GOR Diskak —el sello de Marino Goñi, clave en la escena Euskal Herria de los noventa y principios de los 2000— acelera todo de golpe. Su debut Hemen ez da ezer aldatzen (Aquí no cambia nada, 1998) marcó a toda una generación de adolescentes ávidos de transcender los estándares rock radical vasco. Fue para muchos de nosotros un disco capital y su repercusión sobrepasó todas las expectativas del propio grupo: “Con el primer disco nos empezaron a llegar muchísimos conciertos”, recuerda Patxi Mercero, “y para nosotros aquello ya era demasiado. Nos vimos en un punto de decir: ‘por aquí no podemos seguir’, porque no era lo que buscábamos”.

No hay impostura en esa decisión, más bien lo contrario: una intuición temprana de que forzar la máquina no encajaba con su forma de entender la música. “Nunca nos hemos planteado vivir de esto”, insiste el guitarrista, “hemos ido poco a poco, mejorando, pero siempre a nuestro ritmo”. Ese ritmo incluye algo que hoy parece casi anómalo: parar cuando hace falta. “Siempre nos hemos esperado unos a otros”, añade, “si alguien no puede tocar, no seguimos. Hemos estado incluso un año parados y no pasaba nada”.

Aitor Remon recuerda la experiencia con sabor agridulce: “de repente tienes un sonido profesional, limpio… y luego decíamos que no nos gustaba, que sonaba demasiado brillante”. Esa incomodidad no era solo estética, era identitaria. “Nosotros veníamos de algo más cañero, más directo”, matiza Gorka, “y había algo ahí que no encajaba”.

La respuesta llega con Lur (Tierra, 2000), su segundo álbum, que funciona como un giro sombrío e introspectivo después de tanto brillo y exposición. “Ahí nos fuimos a la cueva”, resume el cantante. “Queríamos justo lo contrario: algo más crudo, más oscuro”. Elguitarrista lo concreta: “hacer hardcore más seco, más directo, sin tanta producción”. El giro desconcierta a parte del público —“el primer disco había marcado mucho”, admite Gorka— pero también consolida otra lectura: “hay gente que lo ve como un disco más atemporal, más hardcore de toda la vida”, añade el guitarrista.

Como punto a destacar es que en la portada aparece, por primera vez, el logo de la banda, esa “L bacaluti” como dicen ellos, que les ha acompañado durante toda su carrera.

Sin pretenderlo comienzan a forjar un patrón: un disco abre, el siguiente se repliega. Y en ese juego de tensiones comienza a tomar forma una discografía que no avanza en línea recta, sino a base de impulsos y correcciones.

¿Abrirse al mundo?

Después de ese repliegue, Munduaren leihoa (La ventana del mundo, 2003) introduce una nueva dirección. “Ahí nos abrimos bastante”, recuerda Gorka, “fue un disco más divertido”. La elección de Iker Piedrafita —guitarrista y cantante de Dikers— como productor les ayuda a cambiar el paso. “Iker se metió mucho, pero en el buen sentido”, explica Mercero, “traía ideas que nosotros no teníamos, cosas más modernas”.

La grabación, lejos de cualquier estándar, se hace en condiciones casi domésticas. “Lo grabamos en su cuarto”, cuenta Aitor Remon, “con batería electrónica, amplis por ordenador… y aun así nos gustaba cómo sonaba”. Ese carácter casi “maquetero” se convierte con el tiempo en virtud. “Tiene mucha frescura”, insiste el bajista, “mucho encanto”.

También cambia la dinámica interna. “Hasta entonces Patxi llevaba más el timón compositivo”, reconoce Gorka, “y aquí Aitor empieza a meter letras, se abre más el grupo”. El resultado es un disco más coral, más ligero, casi un respiro después de la densidad de Lur.

Pero ese equilibrio dura poco. Ilunago, ederrago (Más oscuro, más bello, 2006) nace en un contexto más tenso y eso no solo se refleja en el título del disco, sino que las canciones trasmiten cierta atmósfera apesadumbrada. “Yo lo pasé muy mal grabando”, admite Gorka, “en dos semanas ya no tenía voz”. Aitor añade más contexto: “nos adelantaron la grabación, nos dijeron dónde grabar… todo fue rápido”. A eso se suma la lógica de la época: discos largos por obligación. “Había que meter muchas canciones para consumir las posibilidades que daba el CD”, explica el bajista, “igual teníamos que haber recortado”.

La autocrítica es frontal. “El sonido no me gusta nada”, dice Aitor. “Dentro del grupo siempre hemos pensado que es el más flojo”, reconoce Mercero, aunque matiza: “luego hay gente que te dice que le encanta”. Incluso Gorka concede: “la segunda parte del disco me gusta más”. Personalmente no me parece un mal disco -ninguno suyo me lo parece-, pero sí un álbum sobrecargado, discutible, a ratos descompensado, pero también muy representativo de otra cosa: de esa tendencia suya a irse al otro extremo en cuanto encuentran un punto de apoyo demasiado cómodo.

Los efectos de barbecho

Tras ese desgaste, Leihotikan desaparecen parcialmente del foco sin hacer ruido. “No paramos del todo”, explica Gorka, “pero sí hubo cinco años sin disco”. Coincide con un cambio vital: “empiezan las paternidades y eso lo cambia todo”. Siguen tocando, pero sin presión. “Nos llamaban de fiestas, gaztetxes… y nosotros íbamos haciendo”, recuerda.

En ese contexto aparece un recopilatorio Oroimenak Erretzen (Quemando los recuerdos, 2011), publicado para celebrar sus dieciocho años de existencia. En él conviven canciones de todas sus épocas con algunas nuevas composiciones, y entre ellas entra una pieza que con el tiempo acabará adquiriendo una dimensión especial: su versión de ‘Ikusi mendizaleak’, ese clásico popular ligado al imaginario montañero vasco que cualquiera en Euskal Herria reconoce al instante. Lo que en principio parecía un guiño a la cultura euskalduna terminó convirtiéndose en uno de sus grandes himnos, hasta el punto de llegar años después a Ura Bere Bidean, un proyecto reinterpreta con arreglos sinfónicos canciones vascas de distintas épocas junto a la Orquesta Sinfónica de Bilbao y la Sociedad Coral de Bilbao. Que una canción de Leihotikan —o, mejor dicho, una canción que Leihotikan hicieron suya— llegue hasta ahí dice bastante de cómo ha ido sedimentando su legado fuera de los márgenes más obvios.

Pero el verdadero regreso llega con Harold (2012). “Es un disco al que le tengo mucho cariño”, dice Gorka, “y además conecta con gente más joven”. Parte de esa solidez tiene que ver con el tiempo. “Se nota que no había prisa”, apunta Mercero, “las canciones están más trabajadas”. El método sigue siendo el mismo —“somos de local, de construir entre todos”— pero el contexto cambia. “Al tener más tiempo, todo se asienta mejor”, añade Gorka. Aitor introduce un elemento técnico importante: “lo grabamos en dos partes, con meses de diferencia, y eso nos dio perspectiva”. La vuelta con Iker Piedrafita aporta estabilidad y equilibrio. “Nos empujaba hacia sonidos más modernos, pero sin perder lo nuestro”, resume el cantante.

El resultado es un disco fantástico donde Leihotikan dan muestras de madurez compositiva sin perder la inmediatez ni la frescura de sus inicios. Un álbum compacto, muy equilibrado, donde el grupo parece haber aprendido por fin a dosificar sus impulsos sin perder personalidad.

Menos es más

Tras ese gran retorno y la publicación de su primer directo Punk rock talde soil bat gera (Somos un simple grupo de punk rock, 2016) el siguiente movimiento vuelve a ser expansivo: Non zaude? (¿Dónde estás?, 2018) es un disco de 18 canciones: “Nos juntamos con muchas canciones y en vez de recortar, tiramos para adelante”, reconoce Mercero. La idea inicial era incluso más ambiciosa: plantearlo como un doble álbum grabado en dos estudios, con dos enfoques y dos sonidos diferentes, uno más ligado a Iker y otro al universo de Alberto Porres. Sin embargo, la teoría acaba diluyéndose en la práctica. “Luego sonaban bastante parecidos”, admite Aitor. Y ahí se resume uno de los problemas del disco: la sensación de haber querido convertir en concepto lo que quizá pedía simplemente una mejor poda.

El resultado se percibe internamente como un exceso. “Estoy convencido de que hay gente que no lo ha escuchado entero”, dice Mercero entre risas. “Se hace largo”. La autocrítica vuelve a aparecer: “si hubiéramos quitado canciones, habría sido mejor disco”. De hecho Gorka apunta en algún momento que su duración predilecta son unos 23 minutos por disco. Lo que explica el siguiente paso. Con él llega la corrección más radical de toda su carrera.

“Teníamos clarísimo que queríamos hacer un disco corto”, afirma Gorka sobre Etorkizuna ginenean (Cuando fuimos el futuro, 2023). Tanto es así que se trata de un álbum de ocho canciones y apenas dieciocho minutos que, paradójicamente, contiene más canciones buenas que discos bastante más largos. El origen del proceso ya es revelador. Ellos pensaban que tenían el material. Entonces entra Gorka Urbizu en la ecuación con una pizarra. “Venía a ensayar, analizaba todo, nos decía: ‘aquí tenéis siete canciones, no ocho’”, recuerda Mercero. El propio Armendáriz lo cuenta con humor: “venía con su pizarrica, desmontaba las canciones, nos hacía quitar cosas, dejar respirar partes…”. De repente, por primera vez en mucho tiempo, alguien les obliga a mirar sus temas con bisturí y les aporta una nueva perspectiva.

La anécdota de la “pizarrica” es aún mejor porque revela hasta qué punto el disco se construye sobre una falta más que sobre una abundancia. Les faltaba una canción. Urbizu, que conocía el grupo al dedillo y, como me contó en la entrevista que publicamos en Rockzone, termina cediéndoles la propia ‘Etorkizuna ginenean’, iniciando así un círculo muy singular: una canción compuesta por él, grabada por Leihotikan y luego reinterpretada años después en solitario por su autor original. No es solo una curiosidad; es una prueba de respeto mutuo y de la centralidad que esta banda navarra ocupa dentro del imaginario de otros músicos clave de Euskal Herria.

La grabación del disco coincide además con el cierre de GOR Diskak. “Para nosotros fue un golpe”, reconoce Armendariz, “porque había sido nuestro paraguas”. La respuesta es práctica: autoedición bajo su propio sello, Txorimalo! Records. Pero el verdadero salto cualitativo viene de la producción y de la implicación de Urbizu, que no se limita a opinar desde fuera. “Se implicó como uno más”, dice Mercero. “Venía a ensayar, cogía la guitarra, analizaba todo”. Aitor conecta ese cambio con una evolución clarísima: “venía de trabajar con gente como Bill Stevenson o Steve Albini, y tenía otra manera de entender la producción”. No se trata solo de sonido, sino de estructura, dinámica, respiración, intención.

El resultado es un disco breve, preciso y mucho más consciente. También más abierto en lo emocional. La propia canción titular condensa buena parte de su fuerza: velocidad, memoria, melancolía y esa sensación tan punk de mirar atrás sin ponerse solemne. Pero quizá donde el disco alcanza su cota más inesperada sea en ‘Betidanik eta betiko’ (Desde siempre y para siempre), una canción que nace como tema para la boda de Patxi y que, en manos del grupo, se convierte en una de las mejores canciones de amor que ha escrito una banda de punk en mucho tiempo. “La versión original que hice era muy moñas”, admite Gorka entre risas, “y nunca la habíamos visto dentro del grupo, pero le dimos muchas vueltas hasta que encajó”. El propio Patxi lo confirma: “trabajamos mucho esa canción y al final quedó muy redonda”. Aitor aporta la clave formal: “empieza muy poco a poco, va in crescendo, y eso es algo que nosotros no habíamos hecho nunca”. No es un detalle menor. Habla de una banda que, treinta años después, sigue encontrando recursos nuevos sin necesidad de impostar madurez.

También hay un elemento simbólico importante en la grabación: Titi y Mikel se reparten la batería del disco. Es decir, el viejo y el nuevo Leihotikan conviven físicamente dentro del álbum. No como gesto nostálgico, sino como constatación de continuidad. A estas alturas, Etorkizuna ginenean no solo es un gran disco: es probablemente el mejor de su carrera. Y que una banda llegue a ese punto tres décadas después de arrancar dice muchísimo a su favor.

Una manera de estar en el mundo

Más allá de discos, aciertos o errores, lo que sostiene a Leihotikan no es una narrativa épica ni una resistencia romántica. Es algo más simple y más difícil de sostener: una actitud vital. Porque la vida sigue para estos tres “hardcoretas” más allá de la banda. Tras el bolo, Patxi madrugará para dar clase al día siguiente. Aitor fichará en el Ayuntamiento. Gorka seguirá buscando trabajo. Y, sin embargo, esa misma noche estarán tocando como si nada de eso importara.

“Esto siempre ha sido parte de nuestra vida”, dice Aitor. “No algo separado”. Gorka lo resume sin énfasis: “es una manera de estar en el mundo”. Ahí está el secreto. No en la constancia ni en la ambición, sino en no haber confundido nunca la música con otra cosa. En no haber forzado el ritmo. En no haber querido llegar antes de tiempo. “Siempre hemos ido a nuestro aire”, dice Mercero. Tal vez ese sea su secreto de longevidad. Quizá por eso han permanecido tanto tiempo fuera del radar.

Porque lo de Leihotikan nunca ha tenido que ver con la visibilidad, sino con la consistencia. Con hacer canciones que aguantan el paso del tiempo. Con aguantar ellos. Con seguir. Y en ese gesto —tan poco espectacular como profundamente radical— reside su verdadero peso: el de una banda que lleva más de tres décadas escribiendo algunas de las páginas más destacadas del punk euskaldun sin que casi nadie pareciera darse cuenta.

Pero si algo deja claro este repaso es que Leihotikan no son una rareza ni una nota al margen. Son, probablemente, el secreto mejor guardado del punk en euskera.

Y a estas alturas, ya va siendo hora de dejar de tratarlos como tal.

JON AGUIRRE SUCH