Gorka Urbizu cerró en noviembre un 2025 marcado por la gira de Hasiera bat –su aclamado debut en solitario que tuvo dos apéndices en forma de EP Bakan (I) y (II), este último grabado en los míticos Abbey Road de Londres- y diversas e interesantes colaboraciones. Es hora de hacer balance.

En los tiempos de la “hiperatención”, que definiera el filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, el inicio de la trayectoria en solitario de Gorka Urbizu y la aparición de su primer disco, Hasiera bat, no es ya una anomalía: es casi un milagro. O, mejor dicho, como él mismo defiende, un refugio de paz. Una invitación a la calma. A despojarnos de la prisa, de la avalancha de dopamina omnipresente que recibimos a diario y, parafraseando el título de otro libro fundamental, a sentarse y nada más. Sentarse, escuchar y nada más, añadiría yo.

Por eso, esta entrevista que estás a punto de leer va precisamente de eso. De ser una pequeña confrontación a lo que el propio Gorka define como “la dictadura del presente”. Un acto de “resistencia íntima” —que diría Josep Maria Esquirol— ante la necesidad permanente de estímulo.

Hay, además, otra cuestión relevante: cómo un artista que se declara alérgico a la sobreexposición habla de su proyecto en solitario desde lo colectivo. En euskera, sus iniciales, GU, significan nosotros/nosotras (una lengua que, en su uso habitual, no marca género). No es un detalle menor. La comunidad que se ha tejido alrededor de este proyecto —la banda, el público nuevo y antiguo, las amistades— es un pilar fundamental desde el que Gorka ha podido aprender y transformarse. En tiempos de individualismo exacerbado y culto al ego, reivindicar lo colectivo para hablar de uno mismo resulta, como mínimo, significativo.

Y para explicar por qué esta entrevista es así —y por qué, contradiciendo muchas de las normas y tendencias del periodismo actual, he decidido mostrarla tal y como fue la conversación asíncrona que mantuve con Gorka Urbizu durante el mes de diciembre—, debo explicar el contexto. Porque el contexto, como él mismo afirma en su primera respuesta, en este caso es fundamental.

La propuesta inicial era que esta entrevista se produjera en Lekunberri, hogar de Gorka, dando un paseo por el pueblo. Por incompatibilidad de agendas no pudo ser. De verdad que lo intentamos, y si no ocurrió fue porque yo no pude acercarme a Lekunberri cuando Gorka podía.

Por lo tanto tuvimos que recurrir a las posibilidades que nos brindan las nuevas tecnologías y hacer la entrevista por correo electrónico, enviando las preguntas y esperando las respuestas en el formato que fuera.

Armado de valor, de mi tendencia al exceso y de la confianza que me daba estar haciendo una entrevista para un medio con el que Gorka guarda un cariño especial, tuve las narices de plantarle un formulario de casi treinta preguntas y la advertencia “puedes responder las que quieras, sin compromiso” .

Como contestación recibí dos archivos ZIP con audios en formato WAV que contenían respuestas a todas las preguntas. A todas. Y lo mejor de todo es que eran audios con reflexiones profundas, pausadas y sinceras. Lo que denotaba que se había tomado el tiempo y el cariño necesarios para responder a semejante exageración de entrevista.

Así que por respeto a su generosidad y al interés de las respuestas, he intentado ser lo más fiel posible y presentar una entrevista extensa y profunda, de esas que requieren tiempo y foco. Espero que podáis encontrar el momento para leerla con la serenidad que merecen las palabras de Gorka.

Han pasado un par desde que cerraste la gira de Hasiera bat y casi dos años desde que publicaste el disco. Ahora que todo ha decantado un poco, ¿qué balance haces de este proceso?
«El contexto siempre es importante, pero en este caso se vuelve crucial. Hasiera bat rompe un silencio de cuatro años después del parón de Berri Txarrak, que fue justo antes de la pandemia, y ahora parece casi otra vida. Durante esos cuatro años me alejé completamente de los focos: no di ningún concierto ni ninguna entrevista. Y vuelvo con otro disco, con otra propuesta. Yo veo mi carrera como un continuum, pero sí que es claramente un nuevo comienzo. Estoy escribiendo desde otro lugar, me despojo de la distorsión, que ha sido mi lenguaje durante casi toda mi carrera, y me enfrento a la música desde otros parámetros. Toda mi carrera ha sido necesaria para atreverme a sacar un disco así, tan crudo, sin ningún tipo de artificio. Creo que me acerco más a una verdad. La incógnita era absoluta. No tenía ninguna pretensión más allá de hacer algo de lo que estuviera orgulloso —y lo estoy, y mucho—. No sabía muy bien qué esperar, pero sí tenía claro que necesitaba avanzar como artista. Y creo que ha hecho falta toda una carrera aprendiendo para poder llegar hasta aquí. Teniendo todo eso en cuenta, el balance no puede ser más positivo. No había ninguna pretensión más allá de lanzar una reflexión sobre intentar salir de la vorágine del algoritmo y de ese reclamo constante de atención al que estamos sometidos los artistas para que se consuma nuestra música. Es una reivindicación de la calma y de una serie de valores que van justo en la dirección contraria a lo que ahora mismo está en boga».

Foto: Ibai Arrieta

“Esta gira me ha cambiado, te lo digo en serio. Y siempre estaré agradecido” GORKA URBIZU

¿Qué diferencias principales destacarías entre girar con Berri Txarrak y hacerlo ahora con un proyecto con tu nombre y apellido?
«Sacar un disco en solitario no tiene nada que ver con el control absoluto. La razón principal fue el desgaste psicológico y físico que supuso estar veinticinco años peleando en primera línea, con mucha intensidad. A eso se sumó el hecho artístico de que, después de tantos años, me sentía un poco preso de nuestro estilo y de nuestro nombre, pese a que Berri fuera bastante ecléctico y cambiáramos de modos de hacer habitualmente. Se había convertido en un trasatlántico muy difícil de girar. Estoy muy orgulloso de la marca y de la familia que habíamos generado, pero necesitaba parar para escribir, salir de toda la vorágine que supone grabar discos, hacer promo y salir de gira constantemente. Sentía que no era capaz de dar el cien por cien o que estaba haciendo cosas que ya había hecho antes. No fue fácil poner mi nombre y mi apellido reales a este proyecto. Me planteé incluso usar un pseudónimo a modo de parapeto, porque tengo alergia a la sobreexposición. Pero entendí que era lo más honesto y coherente con lo que estaba haciendo y con el tipo de canciones que estaban saliendo. Aunque la primera y la última palabra la tengas tú, la soledad del corredor de fondo es jodida. Por eso estoy tan agradecido al equipo y a la banda que me ha acompañado. Aunque se hable de disco en solitario como si estuvieras en una torre de marfil, no es así. La gente que ha tocado conmigo ha entendido perfectamente el espíritu del proyecto y ha puesto todo en favor de la música. Me siento muy privilegiado por la banda que he tenido en directo».

Uno de los elementos más llamativos del directo ha sido la presencia de dos baterías. ¿Qué te ha aportado esa decisión?
«Lo de las dos baterías era algo que siempre había querido hacer. Es un pequeño homenaje a Lisabö, una banda que me ha marcado muchísimo. Desde crío siempre me quedaba mirando cómo montaban las baterías cuando venían las verbenas a mi pueblo, tenía una fijación especial con ese instrumento. Sónicamente me encanta. En nuestro caso jugábamos mucho a hacer espejo, con ritmos bastante sencillos pero muy físicos. Ahora mismo no concibo este proyecto sin hacerlo así, aunque no sé cuál será el siguiente paso. No puedo prometer nada».

Has atraído a público nuevo, pero también ha habido continuidad con gente que venía de Berri. ¿Cómo has vivido esa convivencia y la dimensión que ha tomado la gira?
«Mi público siempre ha sido muy diverso, ya lo era con Berri. Es normal que haya gente que se haya bajado del tren porque le gustaba más el rock o la distorsión. Pero al final soy yo haciendo canciones, y aunque quisiera esconderlo, sería complicado: mi forma de cantar y de escribir sigue ahí. La aceptación me ha sorprendido muchísimo. Ha habido más gente de Berri de la que yo pensaba que habría, y también ha llegado mucha gente nueva que quizá conocía la banda pero no conectaba tanto con esos sonidos. Se ha creado una nueva comunidad. Mi técnico de sonido lo resumía muy bien: al principio todo eran camisetas de Berri y al final de gira todo eran camisetas de GU. En cuanto a la dimensión, hay una contradicción evidente entre el espíritu del disco y lo que ha ocurrido con la venta de entradas, con conciertos que se agotaban rápido y gente que se quedaba fuera. Es un problema bendito, pero sigue siendo una contradicción. Para mí ahora no es solo quién toca, sino dónde y cómo. Me importa muchísimo la experiencia musical. Ha habido conciertos superespeciales en los que la gente ha vibrado y ha sido también gracias a eso, no solo a las canciones o a la entrega que nosotros podíamos hacer desde el escenario, sino porque también se han elegido bien los sitios. Aunque fuera más caro, aunque los números fueran peores o aunque pudiéramos aspirar a más, hemos intentado que cada concierto fuera especial y acorde con lo que estábamos proponiendo musicalmente».

En los conciertos se han ido generando momentos muy reconocibles alrededor de ciertas canciones. ¿Cómo has vivido ese crecimiento del repertorio?
«Arrancar un proyecto nuevo siempre es complicado. Las cosas necesitan tiempo, aunque ahora parezca que todo tiene que ser inmediato. Yo siempre he creído más en el tiempo de los árboles, en que para que algo dé frutos tiene que pasar por sus estaciones. Dos años después del disco siento que hemos creado un pequeño universo propio alrededor del proyecto. Como pasa con las parejas o con el amor, se genera un lenguaje, un idiolecto, una forma de comunicarse exclusiva. Y eso ha sucedido con estas canciones. Hay momentos que no están planificados, pero suceden. En ‘Etorkizuna ginenean’, cuando canta Amaia, la gente se emociona y aplaude a mitad de canción. No es algo provocado. ‘Etxe bat’ es una canción muy especial, ‘Besterik ez’ al final, o incluso el outro con Nina Simone versionando a Bob Dylan, que ya forma parte del concierto. También ‘Toki bat’, que es el momento más rockero del set, donde soltamos un poco amarras».

Has tocado ante mucho público no euskaldun. ¿Cómo se da esa conexión con el idioma?
«Más allá de la lengua, este disco ha conectado con la gente. Con personas que entienden las letras y con personas que no las entienden. Y también hay algo político en el sentido de que el euskera es una lengua minorizada y creo que hay una labor de resistencia de la que soy muy consciente. Pero es un tema a la vez un poco cansino. Nadie le pregunta a Joaquín Sabina por qué canta en castellano y, sin embargo, a ti en todas las entrevistas te va a caer esa pregunta. Para mí la manera de llegar a la gente no es desde el exotismo, sino desde la calidad. Hacer canciones tan buenas que la gente se olvide del idioma».

Después de cerrar la gira, ¿con qué te quedas a nivel personal?
«El peor recuerdo lo tengo bastante claro. Fue a mitad de gira, cuando el ambiente estaba enrarecido por una serie de problemas internos que hicieron el camino cuesta arriba y que acabaron provocando un cambio de management. Fue duro y triste, aunque con el tiempo creo que fue la manera de salvar el proyecto. También fueron duros los cambios de músicos, aunque he tenido mucha suerte con la gente que ha entrado, porque han entendido el lenguaje del proyecto y se han implicado muchísimo. Y en cuanto a lo mejor, ha habido muchos momentos. Conciertos en los que la conexión con la banda y con el público ha sido muy fuerte. Ver a la gente emocionarse, llorar, sonreír y salir del concierto con algo que le sirve en su día a día es el mayor premio. Esta gira me ha cambiado, te lo digo en serio. Y siempre estaré agradecido».

Foto: Ibai Arrieta

“Toda mi carrera ha sido necesaria para atreverme a sacar un disco así, tan crudo, sin ningún tipo de artificio” GORKA URBIZU

Antes de terminar la gira publicaste Bakan II, grabado en el Studio 2 de Abbey Road. ¿Qué significó grabar allí y qué dejó en esas canciones?
«Si te gusta mínimamente la música, los Beatles o la producción, grabar en Abbey Road es estar en el epicentro de la historia de la música popular. Evidentemente hay algo de mito, pero impone. Poder formar parte de eso grabando tus propias canciones es un hito. Además, yo defiendo que el lugar donde grabas acaba impregnando algo en el resultado final. Allí estaba el piano de ‘Ob-La-Di, Ob-La-Da’ y dijimos: ‘Tenemos que meter algo aquí’. Improvisamos un arreglo que acabó en ‘Zilarra’. Los EPs Bakan te permiten salirte de las reglas estrictas de Hasiera Bat. Son canciones que surgen de riffs de pruebas de sonido, y aquí hubo mucho juego, permitirse coros, arreglos, contraste entre lo pop y letras más oscuras. Dudamos mucho cuál debía ser el single y al final no elegimos: dos caras A. Otro guiño a los Beatles, que fueron los primeros en hacer algo así».

En Su festak, Jon Urzelai traza una genealogía que va del Rock Radical Vasco a Negu Gorriak y Berri Txarrak. ¿Qué opinas de esa lectura y del relevo generacional?
«Creo que es difícil que se dé un relevo en esas mismas coordenadas. No por calidad, sino por contexto. La escena ha cambiado muchísimo: la forma de escuchar música, de comunicarla y de vivirla. Vivimos una dictadura del presente y de la novedad constante que me parece profundamente antimusical. Cuesta muchísimo hacer un disco y hacer una carrera para que tú sirvas a la semana y luego ya la gente se entierre entre las otras cien novedades que han salido el siguiente viernes. Eso me parece muy cruel y totalmente antimusical. Muerte a eso. Dicho esto, la escena vasca ahora mismo es muy interesante y están pasando cosas muy potentes, pero el relevo se dará de otra manera».

Después de una gira tan intensa y de todo lo que ha pasado con Hasiera bat, ¿en qué punto estás ahora mismo? ¿Cómo afrontas lo que viene a partir de ahora?
«Ahora mismo hablar de planes de futuro es prematuro. Acabo de terminar la gira y estoy en ese momento de bajada de adrenalina. El final ha sido muy bonito: cuatro noches seguidas en el Victoria Eugenia, todo vendido, una conexión muy especial entre la banda, el público y el equipo. No es nada fácil que todo cuadre así de bien, y cuando pasa, cuesta soltarlo. Me ha dado pena terminar la gira, la verdad. Llevábamos dos años en una especie de velocidad de crucero y, si sumas el tiempo de composición y grabación, al final es un ciclo de casi cuatro años de trabajo. Creo que ahora toca plegar, hacer balance y descansar. Y luego ponerse a pensar en el siguiente paso, que es siempre el momento más delicado. No tengo ni idea de qué voy a hacer. No quiero atarme a nada ni que Bakan II marque una dirección concreta. El folio está en blanco y ahora me enfrento a ese abismo que tiene una parte de intríngulis y de aventura, de “qué guay, a ver qué viene”, y otra parte muy grande —a veces más grande que la otra— de miedo y de angustia, de decir: ‘hostia, ¿y ahora qué?’. Es algo que forma parte de este oficio y que nunca se normaliza del todo. Cada vez parece nuevo y, en algunos momentos, incluso más intenso. Lo que sí tengo claro es que en 2026 no voy a girar. Mi intención es desaparecer de los escenarios, centrarme en escribir y grabar, y ver desde dónde vuelvo a salir cuando tenga algo que realmente necesite decir».

GORKA, HAZTE UNA COLABO

Cuando planteé esta entrevista, una de las ideas iniciales era repasar las colaboraciones de Gorka Urbizu con artistas y bandas muy diversas. Algunas de ellas, además, han tenido continuidad en el directo durante esta gira. Así que le propuse hacer un repaso por algunas de sus colaboraciones recientes más destacadas. Como se suele decir: son todas las que están, pero no están todas las que son.

‘Etorkizuna ginenean’ tiene un recorrido muy particular: produces el disco de Leihotikan, grabas la canción con ellos y después la recuperas para Bakan I. ¿Cómo se cierra ese círculo?
«La trayectoria de esta canción es bastante curiosa. Yo produje el último disco de Leihotikan, que son pioneros del hardcore melódico en euskera, una banda coetánea de Berri con la que hemos tocado muchísimo juntos. Siempre he sentido que no han tenido el reconocimiento que merecían y los he reivindicado mucho, porque creo que han sido muy importantes dentro de la escena, aunque a veces no hayan ocupado el lugar que les correspondía. En ese disco tenían siete canciones y querían hacer una de ocho, pero no daban con la que faltaba. Entonces compuse “Etorkizuna ginenean” y se la propuse. Es una canción de Leihotikan, pero compuesta por mí. La grabamos para ese disco con su espíritu original, más acelerado, más cercano al hardcore melódico, y encajó perfectamente en ese contexto. Con el tiempo vi que esa canción podía tener otro recorrido. Me salió muy de golpe, prácticamente en cinco minutos, y sentía que tenía algo especial. Empezamos a tocarla en directo incluso antes de grabarla para mi proyecto y la respuesta era muy fuerte. La gente conectaba con ella de una manera muy intensa. Cuando surgió la idea de los EPs Bakan, me pareció natural recuperarla desde otro lugar, con otro tempo y otro enfoque completamente distinto. En Bakan I la grabé de nuevo e invité a Gorka, de Leihotikan, a participar. Ahí se cierra el círculo: una canción que compuse yo, grabé con ellos y luego retomé en mi propio proyecto, pero con otro espíritu. Para mí es una historia muy bonita y una canción con mucho peso emocional. Tiene algo de terapéutico, sí, y también de reivindicación de una banda a la que quiero mucho y a la que siempre he sentido muy cercana».

La colaboración más reciente dentro de este contexto ha sido “Tesla bat sutan” con Merina Gris, una banda en principio alejada de tus coordenadas. ¿Cómo surge ese cruce?
«La colaboración más reciente en realidad ha sido una canción de Ene Kantak, que es el proyecto de mi hermana, una canción navideña para niños. Pero dentro de este contexto, sí, la de Merina Gris es la más reciente. Yo he hecho muchísimas colaboraciones a lo largo de mi vida y llegó un momento en que decidí cerrar bastante ese grifo. Tenía la sensación de estar dando la brasa y no quería convertirme en alguien que colabora con todo el mundo. Mi relación con la sobreexposición siempre ha sido complicada y no quería perder cierto encanto o cierta coherencia. Con Merina Gris la cosa surge de manera muy natural. Coincidimos en los Gaztea Sariak —creo que fue en 2022— y hablando entre bambalinas salió la idea de hacer algo juntos. Son de esas conversaciones que se quedan flotando durante un tiempo, entre agendas, momentos vitales distintos y proyectos que van avanzando por su cuenta. Cuando finalmente lo hicimos, no fue una colaboración al uso. La letra es prácticamente mía y muchas de las melodías también. Es una canción compuesta a medias. A mí Merina Gris me interesa, me gusta su lenguaje y me apetecía explorar territorios que también me atraen, como la electrónica. No hago colaboraciones por interés ni como estrategia para ganar público. Eso me produce bastante rechazo. Me gustan las colaboraciones que surgen de la admiración mutua y de algo artístico real. Si luego conecta con públicos distintos, bienvenido sea, pero no es el objetivo principal».

Has colaborado en varias ocasiones con La M.O.D.A., incluso produciendo uno de sus discos. ¿Qué te une a una banda como ellos?
«A La M.O.D.A. les tengo un respeto absoluto por cómo han hecho las cosas desde abajo. Se han ganado a pulso toda la aceptación popular que están teniendo. Son unos currelas increíbles y un ejemplo en muchos aspectos, sobre todo en la manera de construir una carrera con paciencia y trabajo. La primera colaboración surge porque eran muy fans de Berri y me llamaron para participar en ‘Primavera’, una de sus canciones más conocidas, en la que querían meter una parte en euskera. Fue algo muy natural y muy honesto por su parte. Después vino lo de producir El Nuevo Cancionero Burgalés. Yo acababa de parar Berri y estaba en un momento vital en el que me apetecía probar cosas distintas. No me considero productor, pero producir es tomar decisiones, y eso siempre me ha costado. Aun así, me impliqué muchísimo: fui a ensayos, intenté entender cómo funcionaba la banda desde dentro, su arquitectura interna. Fue una experiencia muy intensa y muy enriquecedora. Y como ya estaba tan metido en el proceso, acabé cantando también en un par de temas. Les tengo muchísimo cariño y siempre les desearé lo mejor».

Quizá las colaboraciones que más han sorprendido han sido las de Quique González y Depedro. ¿De dónde vienen esas relaciones?
«Entiendo que pueda sorprender, pero yo soy muy fan de Quique González desde hace muchos años. Para mí es uno de los mejores compositores de canciones de este país, a un nivel histórico. Cuando se haga un repaso serio de la canción popular, su nombre es imprescindible. Es un orfebre de la canción. La colaboración surge porque escuchó Hasiera bat, le encantó y lo dijo en varias entrevistas. Recuerdo llegar a un concierto suyo en Pamplona con el bolo ya empezado y escucharle hablar del disco desde el escenario. No sabía dónde meterme. Luego, en camerinos, me dijo que había pedido las letras y que todavía le había gustado más el disco. Fue muy emocionante. Con Depedro la historia es parecida. Siempre le he tenido mucho respeto, tanto por su trayectoria como por su cultura musical. Me propuso participar en su proyecto Cruce de caminos, grabar desde casa y escribir una parte en euskera. Lo hicimos así, de manera muy natural, y luego hemos coincidido también en directo. Son relaciones que se construyen desde el respeto mutuo».

También has apoyado a artistas emergentes como Anne Lukin. ¿Sientes algún tipo de responsabilidad en ese sentido?
«No sé si hablaría de responsabilidad en esos términos. Lo de Anne Lukin fue algo bastante inesperado. Me llamó Ricky Falkner cuando yo estaba en pleno parón tras Berri y me propuso escribir una canción en euskera para una artista que yo no conocía. Precisamente por eso me atrajo: era algo distinto. Había una bandaza detrás y gente a la que admiro mucho. Me liaron, literalmente, y acabé escribiendo la canción. “Lisboa” acabó siendo un tema muy importante para ella. En esta gira, como siempre iba justo de repertorio, pensé que tenía sentido recuperarla en directo y la respuesta ha sido alucinante, sobre todo en Euskal Herria. Ha sido muy bonito ver cómo la canción seguía creciendo».

Has colaborado también con Ezpalak y has seguido de cerca su evolución. ¿Cómo ves su progresión y el momento actual de la escena?
«Ezpalak me gusta mucho. Son muy currantes, tienen un director muy potente y no están demasiado pendientes de la escena o de la industria. De repente sacan un disco muy macarra, sin concesiones, y eso me parece muy sano. Lo del relevo generacional es complicado. No por calidad, sino por contexto. La forma de escuchar música, de comunicarla y de vivirla ha cambiado muchísimo. Es difícil que vuelva a surgir algo como lo que fue Berri o, antes, Negu Gorriak o Hertzainak. Esas cosas pasan muy de vez en cuando».

También has sido invitado a participar en directos con referentes como El Drogas o Fermin Muguruza. ¿Qué significan para ti esos momentos?
«Para mí es un honor absoluto que artistas con una trayectoria tan intachable te inviten a participar en sus conciertos, y más en conciertos tan especiales. Con Fermin, tocar en Anoeta y cantar ‘Radio Rahim’ fue algo muy emocionante. Recuerdo escuchar ese tema en casa cuando salió el primer disco de Negu Gorriak y, de repente, verme ahí cantándolo con él. El Drogas es otro animal de escenario, incansable, incombustible. Le tengo muchísimo respeto y es un ejemplo a seguir en muchos aspectos. Son historia viva de la música de este país».

En muchas de estas colaboraciones mantienes el euskera incluso cuando el resto de la canción va en castellano u otros idiomas. ¿Cómo se gestiona eso?
«No es algo que yo imponga. Normalmente es al revés: los grupos que me llaman quieren que mi parte sea en euskera. A veces incluso les hace especial ilusión. Otras veces me dicen: ‘Como tú estés más cómodo’. De hecho, llegó un momento en que mucha gente me llamaba para hacer la estrofita en euskera y ya, y a veces me sentía como el comodín del euskera. Y tampoco me gusta eso. Yo canto en euskera, pero soy bilingüe. El castellano también es mi lengua. Por ejemplo, a Quique González le dije que, siendo su canción en castellano, por mí tenía todo el sentido cantarla en su idioma. Al final es su canción y yo quiero que él esté a gusto. La única condición es sentirme cómodo con lo que hago. Lo demás se habla y suele fluir de manera bastante natural».

Este año se celebra el 20 aniversario de RockZone, una revista que siempre apostó por Berri Txarrak y también por tu carrera en solitario. ¿Qué papel crees que ha jugado la revista en la crítica musical de este país y en tu propia trayectoria?
«Este año se cumplen también veinte años de Jaio. Musika. Hil., que para mí es quizá el disco al que más cariño le tengo de toda mi carrera, así que es bonito que coincida con el aniversario de RockZone. Recuerdo perfectamente el salto de alegría que di cuando vi que Rocksound —entonces— nos daba como mejor disco nacional del año. Era impensable. Eso sí que ha cambiado con el tiempo, pero en 2003 había que ser muy valiente para hacer algo así con una banda que cantaba en euskera. No estaba normalizado en absoluto. En mi educación musical, RockZone ha sido mi revista de referencia. En mi pueblo solo había un quiosco y obligábamos a la tendera a que nos trajera cada número. Esperábamos la revista con muchísimas ganas y descubrimos un montón de bandas a través de sus críticas, entrevistas y artículos. Para mí fue un faro. Con Berri la relación siempre fue muy natural. Gustaba la música y ya está. Nunca ha habido intereses ni estrategias de por medio. Yo nunca he mandado un jamón para conseguir una buena crítica. Soy muy tímido para verbalizar estas cosas, pero estoy eternamente agradecido. Soy de esos lectores que pasaron un pequeño duelo cuando la revista dejó de publicarse en papel, pero me alegra ver que el proyecto sigue vivo y con sentido».

JON AGUIRRE SUCH