Si EZEZEZ fuera un algoritmo, estaría mal diseñado. Cambia demasiado, mezcla en exceso y no parece especialmente interesado en darte siempre lo que esperas. Quizá por eso funciona.
En un panorama musical cada vez más predecible —donde las bandas aprenden rápido qué deben ser—, EZEZEZ insiste en no parecerse del todo a sí misma. No porque rehúya la identidad, sino porque prefiere mantenerla en tensión, abierta, incómoda.
Para entender un poco mejor qué hay detrás de un proyecto que no se deja atrapar por la etiqueta fácil, nos juntamos con la banda unas horas antes de su concierto en el Dabadaba de Donostia, en una terraza del barrio de Egia. En la conversación participa el grupo al completo: Unai Madariaga (voz y guitarra), Eneko Ajangiz (guitarra), Mikel Irigoyen (bajo), Álvaro Olaetxea (batería, también en Cápsula, esos grandes incombustibles del rock estatal) y Kike Heredero, trompetista amigo de la banda, que les acompaña en los directos y en algunas sesiones de grabación.
Lo que sigue no es tanto una entrevista como un retrato en movimiento de una banda que no nació, sino que ha llegado a serlo.
EZEZEZ no nace, se hace
De hecho, el origen de EZEZEZ no fue ni especialmente consciente ni demasiado solemne: Unai tenía unas canciones todavía sin forma definitiva y decidió enseñárselas a Eneko, a quien conocía “de la calle, de la vida, de la universidad”. Tras varios encuentros y ensayos, optaron por registrar ese material en directo en el caserío de un amigo en Lanestosa (Bizkaia). Para ello necesitaban un batería, y ahí entró en escena Álvaro, “el mejor que conozco”, aunque el guitarrista pensó que quizá lo mandaría “a la mierda”. No ocurrió. Aquel primer trabajo se grabó como trío, antes incluso de que EZEZEZ existiera como proyecto en sí. Por entonces el proyecto se llamaba, simplemente, Unai. Tampoco se comieron mucho la cabeza.
Ese núcleo inicial funcionó durante menos de un año. Algunos bolos y rodaje hasta que apareció una carencia evidente: faltaba un bajista. Mikel llegó a través de la red de contactos de Eneko, quien una vez más ejerció de “pulpo” relacional del grupo: “Había coincidido en jams con Mikel y me parecía que tocaba muy bien”, recuerda. La invitación, eso sí, llegó con letra pequeña: “Al resto les dije que conocía a un pavo que tocaba bien la guitarra, pero que como bajista nos podía valer”. El aludido se ríe al recordarlo: “Yo en realidad no toco el bajo. Ahora me gusta más que la guitarra, pero fui aprendiendo sobre la marcha. No soy nada ortodoxo. No sé tocar canciones que no sean nuestras. Soy un bajista muy endogámico (risas)”.

Con su entrada surge, ya sí, EZEZEZ como banda… y como nombre —“ez” es no en castellano—. Aunque nadie recuerda exactamente de dónde salió—“cada uno tiene una teoría diferente”—, hoy parece describirlos mejor que cualquier etiqueta. Casi como una paráfrasis involuntaria de la cita más célebre de Simone de Beauvoir, podría decirse que EZEZEZ no nació: ha llegado a serlo. Cuando les planteo que da la sensación de que el nombre les ha definido más a ellos que al revés, el batería valida la idea: “El nombre nos ha hecho más a nosotros que nosotros al nombre”. El guitarrista baja el suflé: “Si nos hubiéramos llamado de otra manera, seguiríamos haciendo lo mismo”.
Bajo esa nueva denominación publican un primer álbum que ya estaba prácticamente compuesto por Unai y Eneko. Por eso When I Think Something Is Funny I Smile (2022), cantado en inglés y de pulso más reposado, funciona hoy como una anomalía en su catálogo. “El disco 0”, lo llama el cantante. “Un álbum fantasma. Me mola que tengamos un disco fantasma”. Ese trabajo explica, por contraste, el salto a Katuzaldia (2023), el primero que compusieron con aportaciones reales de todos. Cantado íntegramente en euskera, el cambio no es solo idiomático, sino estructural: mezcla desprejuiciada de estilos, devoción por la fonética y el ritmo. “Cada uno tenemos gustos distintos y los volcamos todos”, resume Eneko. “Nunca le decimos no a nada cuando componemos”, remata Álvaro.
Identidad líquida (o la diversión de la “desidentidad”)
Ahí reside una de las claves de EZEZEZ: una actitud profundamente contemporánea que hace saltar por los aires cualquier relato unívoco. “No estamos buscando un sonido concreto como el Rock Radical Vasco. Es más heterogéneo. Va de hacer lo que queremos”, explican. Eneko lo conecta con algo más amplio: “También es un reflejo de las tendencias globales, donde los géneros están muy mezclados”.
Es inevitable leerlo desde la óptica de Zygmunt Bauman y su modernidad líquida: identidades móviles, referencias cruzadas, discursos abiertos. EZEZEZ encaja ahí casi sin proponérselo. Mezclan estilos, idiomas y registros; rehúyen del mensaje cerrado. Unai lo explica desde la escritura: “Las letras surgen de la fonética. Pienso en una palabra que me gusta y el resto viene detrás. Puede no tener significado o tener muchos”. La gente le trae interpretaciones que nunca habría imaginado, y todas le parecen válidas. Como el buen arte, que deja espacio a la experiencia del otro.
A esa actitud líquida se suma otro motor clave: la diversión. “En cuanto algo se nos hace largo, lo cambiamos para sorprendernos a nosotros mismos”, comenta el cantante. “Porque si tocas cincuenta conciertos al año y una canción no es divertida, te aburres”, añade Mikel. La aversión al aburrimiento —tan generacional, tan contemporánea— se convierte aquí en bandera.
Pero, claro, entre tanta fluidez, ¿no existe el riesgo de que los discos acaben pareciéndose a una playlist inconexa? Unai no lo esquiva: “Al principio no lo veía tan claro. Pero hoy hemos hecho de eso nuestra identidad. Nuestra identidad es la desidentidad”. Esa no-identidad se concreta en un proceso colectivo: nada de ideas cerradas, todo surge de la experimentación compartida. “Hacemos una jam. Si algo nos mola y estamos de acuerdo, seguimos adelante. Es muy orgánico”. Por su parte, el bajista lo condensa en una frase que podría ser lema: “Si alguien empieza a tocar algo y otro le sigue, normalmente es que eso va a funcionar”.
“Kabakriba” y el arte de no repetirse
Ese método cristaliza de nuevo en Kabakriba (2025), su tercer álbum. El título es un acrónimo en euskera Katuzaldia Baino Kriatura Bakanagoak, que en castellano significa “criaturas más extraordinarias que ‘Katuzaldia”. Una declaración sobre la confianza que la banda tiene en estos nuevos temas… ¿o una manera de ahuyentar la presión que podría suponer superar el éxito de su predecesor? La respuesta es tajante: “Cero presión”, dice Álvaro. “En ningún momento pensamos en expectativas”, apunta Unai. “Veíamos que lo que estaba saliendo era más guapo”. Mikel lo formula de manera casi pedagógica: “Afrontamos el proceso con el cerebro vacío. El día que piensas en eso, mal asunto”.
Cuando se les pide una autocrítica del disco, Unai lo tiene claro: “No sé si es mejor que el anterior, pero viene del mismo camino y mira hacia adelante. Supone un avance”. No se trata de romper, sino de seguir caminando por la senda abierta. Cada uno destaca un tema. Unai se queda con ‘Static Txomin’, un tema sin estribillo y “con una parte B que me parece lo más divertido que hemos hecho”. Mikel elige ‘puntofinal’, disculpándose por la obviedad, a lo que Unai sale en su defensa: “Es que es un buen riffardo”. Les comento que la parte riff me recuerda totalmente al de ‘Copa, Raya, Paliza’ de Wau y los Arrrghs; Álvaro lo reconoce entre carcajadas: “Hostias, no lo había pensado nunca, pero ahora que lo dices…(risas)”.
Por su parte, el batería destaca ‘Noraezean’, “un tema con mucho feeling, que puede repetirse porque mola”. Les comento que es un tema donde más me recuerdan a Queens Of The Stone Age, especialmente en las armonías del estribillo. Y no es el único sobre el que sobrevuela la sombra de los de Josh Homme. Todos asienten. Aunque Unai confiesa no haberlos escuchado tanto, Eneko y Álvaro los han quemado. Entre otras influencias menioncan a Ibibio Sound Machine o Crack Cloud, como bandas que más escucharon durante la grabación del disco pero que luego no han transpirado en su resultado. Todas ellas conforman una constelación referencias aparentemente inconexas que refuerzan la idea de una identidad porosa, líquida, casi de genre-fluid en versión rock.

Con las letras pasa algo similar: “No pienso en temas”, insiste Unai. “Para mí lo importante es la fonética. El euskera es un circo en ese sentido, y eso mola”. El batería añade que, aunque no se entiendan, “fonéticamente funcionan” y conectan. Apunto que ni siquiera entendiendo euskera se entienden del todo; todos nos reímos. Kike remata: “Como ha pasado toda la vida con los grupos que cantan en inglés”. Eneko recuerda el trasfondo pop: la fonética como eje. El cantante lo resume mejor que nadie: no ser explícito, esconderse en la literatura, dejar las letras abiertas a la interpretación del oyente.
Aprovecho para preguntar si el uso del euskera ha sido más una barrera o una oportunidad. “Para nosotros no está siendo una barrera. Hace diez o quince años era otra cosa”, apunta Álvaro. Quienes lo vivimos lo sabemos: hubo un tiempo en que cantar en euskera fuera de Euskal Herria implicaba riesgos reales —amenazas de grupos fascistas, atentados fallidos, vetos, cancelaciones, presiones políticas o conciertos organizados casi en la clandestinidad—. Bandas como Negu Gorriak o Berri Txarrak, entre muchas otras, rompieron esa frontera a base de perseverancia, exposición y calidad. Gracias a ese trabajo previo, hoy EZEZEZ puede girar sin complejos. “En Granada había tres chavalas con las letras impresas en un folio para cantarlas”, recuerda Unai. “No entienden euskera, pero les da igual y ponen de su parte”.
De este modo, el idioma deja de ser frontera para convertirse en puente. Y no solo en términos lingüísticos, sino también generacionales. El público de EZEZEZ no responde a un único perfil. “Hay de todo”, señala Álvaro. “En Zaragoza tocamos en un festi donde había mitad mayores de 35 y mitad chavales”. Más allá de la broma, la escena dibuja algo reconocible: incluso en plena globalización, el público vuelve a girar la cabeza hacia lo cercano, hacia lo que sucede a su alrededor. “Ahora lo local se percibe como algo válido; antes se miraba mucho más a lo que venía de fuera”. Ese cambio de mirada acompaña también el recorrido del grupo fuera de Euskal Herria. Granada, Zaragoza, Madrid o Barcelona ya no son una excepción en sus giras. Sin ir más lejos, en noviembre, una sala de 300 personas en la ciudad condal se quedó pequeña. “Se quedó gente fuera”, recuerda el batería, todavía con sorpresa.
La muerte de la clase media musical
Y, sin embargo, la paradoja persiste. A pesar de los números, la banda vive en un equilibrio precario, una economía de resistencia basada en la compatibilidad. Álvaro es el único que vive exclusivamente de la música: da clases de batería, toca en Cápsula desde hace años y gestiona su propio estudio —el mismo donde graban los discos de EZEZEZ—. El resto combina la actividad del grupo con trabajos audiovisuales, creativos… Curros “pseudocompatibles”, como los definen ellos mismos, que permiten tocar mucho. “Tener esa flexibilidad es un privilegio”, reconoce Álvaro. “Hay mucha gente que monta una banda y luego no puede salir a tocar”.
Pero tocar mucho no equivale a vivir bien. Ni siquiera a vivir dignamente. Y aquí entra en escena Kike, verbalizando lo que todos sabemos pero pocos dicen sin anestesia: “La música no da dinero. Incluso tocando todo lo que quieras”. Kike lleva desde los 18 intentando vivir de la música “de mil maneras” y no lo ha conseguido. Su discurso es frontal, pero difícil de rebatir: “¿Cómo se puede vivir si en un bolo te pagan 300 euros para una banda de seis? Y luego está el rollo de los que te dicen que te has vendido. ¡Solo estoy pidiendo un sueldo digno por hacer mi trabajo!”.
La conversación se vuelve estructural. Álvaro introduce un concepto clave: el poder de negociación. “Con la exposición ganas poder para decir que no. Y cuando puedes decir que no, ya nadie te racanea”. Unai lo matiza: no siempre se trata de dinero: “A veces aceptas tocar porque el sitio te interesa, porque hay un vínculo, porque la lógica no es estrictamente económica”. Pero el margen para elegir sigue siendo mínimo.
Mikel, con una lucidez que trasciende lo musical, lanza una frase que podría firmar cualquier trabajador precario en 2026: “No veo ninguna diferencia con cualquier trabajo de hoy en día. Nadie quiere pagar, nadie cobra nada, todo cuesta un montón”.
El diagnóstico es claro: la música no es una excepción, es un espejo que devuelve la imagen de un sistema donde el dinero se concentra cada vez más arriba. Kike lo formula sin rodeos: “Las grandes promotoras y las multinacionales están haciendo mucha pasta”.
El debate lleva los años encima de la mesa y autores como Nando Cruz o Jon Urzelai lo han diseccionado con precisión quirúrgica: el dinero circula hacia los macrofestivales, no hacia las infraestructuras de base; hacia las grandes promotoras, no hacia las salas; hacia los grandes cabezas de cartel, no hacia la clase media musical, cada vez más erosionada: “Hay un hueco enorme entre la gente de abajo y la de arriba”, resume Álvaro. “Eso es lo que se debería cuidar”. Unai habla de respeto: de no sentir que te hacen un favor por tocar. El batería reivindica los festivales pequeños y medianos que cuidan a las bandas y sostienen el ecosistema.
Como (buen) ejemplo hablan de Andoain Rock Jaialdia: autogestionado, hecho por amor a la música, capaz de juntar en un mismo cartel a EZEZEZ, A Place to Bury Strangers, Dummy, Black Wizards y —miren ustedes por dónde— Amor Líquido. Sí, la banda madrileña que toma su nombre de un libro de Zygmunt Bauman.
El círculo se cierra solo: rock líquido, identidad porosa, amor por el proceso. EZEZEZ no sabe muy bien a dónde llegará, pero sí cómo quiere avanzar. Como les dijo Martín Guevara, guitarrista de Cápsula: esto es una maratón. Y el único que pierde es el que se baja.
JON AGUIRRE SUCH









