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WORM – ‘Necropalace’

Minucioso, concienzudo, rico en matices hasta alcanzar la obsesión.

Un revival del black sinfónico sí que no me lo esperaba. Al fin y al cabo, siempre fue un terreno espinoso, que tanto brindó obras capitales como pastiches infumables, absolutamente horteras. Y exactamente lo mismo ocurre en esta nueva oleada… Podemos embelesarnos con los dos primeros discos de Vargrav, por ejemplo, o con los EPs de los también fineses Moonlight Sorcery. En cambio, casi que desestimamos intentos fallidos como el endeble último trabajo de Lamp Of Murmuur.

En Necropalace, la enésima reinvención del relativamente joven Phantom Slaughter, cabeza pensante en Worm, el grupo deja algo de lado su faceta en el blackened doom para parir otra obra igual de personal, aunque claramente enmarcada en el symphonic. Tamaña exuberancia de tejidos y sonidos no la ha logrado en solitario, pues Wroth Septentrion, el alias de Philippe Tougas para este proyecto, se unió hace poco como miembro permanente del ahora dúo.

Es decir, si el canadiense no ha tenido suficiente con reventar el underground del metal norteamericano con el debut de Exxûl, ahora seguramente sea el máximo responsable de poner el nombre de Worm en boca de cualquier persona mínimamente metida en el extremo actual.

Minucioso, concienzudo, rico en matices hasta alcanzar la obsesión. Necropalace es una virguería instrumental, y también en la mesa de grabación. Escarbas entre los créditos del álbum y entiendes muchas cosas… El amigo Arthur Rizk ha producido, mezclado y masterizado el cuarto largo de Worm, y la portada, embriagadora a su manera, es del mítico Andreas Marschall. Y, en efecto, te retrotrae a Blind Guardian con su mundo de fantasía a lo Return Of The Vampire de Mercyful Fate.

De todas formas, lo del solo brutalérrimo de Marty Friedman (ex de Megadeth o Cacophony) en la igual de extasiante ‘Witchmoon: The Infernal Masquerade’ creo que tampoco lo vimos venir…

Minutajes de aúpa, disco totalmente cinemático que parece ir por capítulos. Y multitud de voces distintas, solos impresionantes a destajo, y cambios de ritmo y ambiente sin tregua alguna. Difícil, muy difícil tocar mejor.

¿Sabéis cómo observo este álbum? Como si el genio creativo de los primeros Dimmu Borgir hubiera tenido continuidad en su discografía, y su ambición musical se hubiera desarrollado fuera de todo límite. Hasta los redobles y el bombo aturdidor me recuerdan a Nick Barker.

PAU NAVARRA