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LAMP OF MURMUUR – ‘The Dreaming Prince In Ecstasy’

Una gozosa bastardía que ensancha el género sin contemplaciones.

Habrá quien, al ver hacia dónde apunta este nuevo álbum de Lamp Of Murmuur, levante la ceja y piense que es ir demasiado lejos, que “esto ya no es lo que era”. Qué ironía: The Dreaming Prince in Ecstasy no es un paso fuera del black metal, sino más adentro, hacia el interior de sus grietas y de su capacidad para deformarse sin romperse.

Dentro de la trayectoria de este proyecto unipersonal del esquivo M., este cuarto largo supone un salto evidente respecto a Saturnian Bloodstorm. Allí afinaba el músculo noruego, reforzaba la épica y cerraba filas en torno a un black metal frío y veloz. Aquí es otra cosa: sigue siendo él solo, pero se le nota la cicatriz de años encerrado en su laboratorio. Grabado “mientras era engullido por los vientos cáusticos del verano de 2023” y publicado por Wolves of Hades, el disco huele a obsesión, a aislamiento y a esa visión disruptiva que sólo pueden permitirse los proyectos en solitario cuando deciden ir más allá del culto.

M. parte de un black metal que nunca ha entendido como museo. En su columna vertebral sigue latiendo la sombra gélida de Immortal —el músculo glacial de At the Heart of Winter, las embestidas de Battles in the North. Ese es su permafrost. Pero desde ahí ha ido injertando capas y más capas hasta que la propuesta estalla en una orgía macabra de estilos extremos: raw estadounidense al estilo Judas Iscariot o Leviathan/Lurker of Chalice, sinfonismo tétrico a lo Emperor u Odium, el metal gótico de unos Moonspell primigenios, la densidad necrótica del Monotheist de Celtic Frost, doom-folk de October Falls, riffs galopantes heredados del heavy clásico o la épica vikinga, y hasta el filo que el thrash clavó en la historia. Todo aquí copula sin remordimientos ni caricias tiernas, como si los géneros fuesen cuerpos desollados que M. amontona y prende fuego sin contemplaciones.

Incluso hablar del disco como un todo es difícil porque funciona en dos partes diferencias: La primera mitad actúa como puente entre su pasado y la obra central, esa suite en tres actos que da título al disco. Tal vez por eso ‘Forest of Hallucinations’ abre con una declaración de intenciones: un homenaje a Slayer que enseguida se disuelve en sinfonismo tétrico antes de explotar en un desenfreno raw. Desde ahí, el álbum despeja el camino hacia el tríptico titular, dejando un reguero de miembros amputados como si de una versión macabra de Hansel y Gretel se tratara. Hasta la síncopa que después reventará impúdicamente ya se insinúa en el final de ‘Reincarnation of the Witch’, para desembocar enun acelerón a lo Hellripper que se inyecta en la vena inmortaliana.

Tras el interludio de ‘Angelican Vortex’, la calma antes de la tormenta, llegamos al corazón del álbum: la trilogía The Dreaming Prince in Ecstasy. La Parte I abre con sintetizadores y un riff cargado de épica vikinga, casi coreable, un ascenso orgulloso que desemboca en coros góticos y un solo de heavy clásico antes de regresar al black más canónico. La Parte II es el verdadero punto de ruptura: guitarras con delay en crescendo, líneas ochenteras que se funden en un off-beat perverso, una síncopa casi “bailable”, un quiebro rítmico, llevando a otro nivel lo que Enslaved  ensayaron en Frost (“Fenris” es un buen espejo). Y de ahí a la Parte III, un clímax sinfónico glacial: teclados que abren el cielo como una grieta de luz negra. Aquí se asoma la huella de In the Nightside Eclipse y la pompa barroca de Old Man’s Child.

El cierre, ‘A Brute Angel’s Sorrow’, es un arpegio acústico devastado: oscuridad pastoril como si Tom Warrior hubiese colaborado con Empyrium; incluso en ciertos momentos asoma un eco de Swans. Un final desconcertante y hermoso que deja el aire suspendido.

¿Todo está bien resuelto? No del todo. La ejecución y las mezclas no alcanzan la ambición de las composiciones. Se nota la condición de proyecto one-man-black-metal-band: hay capas que no terminan de respirar juntas, ideas brillantes que faltan por empastar y que reclaman una banda detrás, no sólo un creador hiperactivo con pericia suficiente para hacerlo todo.

En cualquier caso, The Dreaming Prince in Ecstasy es, para mí, el mejor trabajo de Lamp of Murmuur. No por sonar más rudo ni más “trve”, sino por arriesgar más allá del ejercicio de estilo. Porque mientras algunos siguen midiendo la pureza en trémolos y blasts, M. está ampliando el mapa: texturas, ritmos, timbres, melodías, y una gozosa bastardía que ensancha el género sin contemplaciones.

JON AGUIRRE SUCH