Mientras todavía andamos asimilando la tremenda resaca que nos dejó su residencia en Barcelona de hace unas semanas, nuestra pandilla de australianos favorita no concede tregua. Cuando estén leyendo ustedes estás líneas, King Gizzard & The Lizard Wizard habrán finalizado su gira europea justo a tiempo para enlazarla con la publicación de su vigesimoséptimo álbum de estudio.
Parece difícil de creer, pero a estas alturas el combo de Melbourne todavía es capaz de sorprender dándole la enésima vuelta de rosca a un universo en continua expansión, fascinando a quienes hace tiempo que caímos en su agujero y abrumando aún más a los curiosos que no se atreven a lanzarse de lleno en su discografía debido al exagerado volumen de obras que contiene. Comprensible, aunque ya han tocado tantos palos que parece complicado que no exista un disco concreto para cada persona con el que poder iniciarse en el Gizzverso, sean cuales sean sus gustos.
Precisamente, Phantom Island viene a ser el hermano gemelo de su anterior referencia, el accesible y desenfadado Flight b741, ya que ambos fueron concebidos a la vez. Eso sí, cada uno esconde su propia personalidad. Mientras su entrega del pasado curso daba rienda suelta al blues rock festivo con aires boogie e incluso glam, el recién llegado explora su vertiente más melódica apoyada por arreglos orquestales.
Así es. Stu Mckenzie y sus colegas han contado esta vez con metales y cuerdas a la hora de colorear sus nuevas composiciones. Planteándolo así, lo primero que esperaría cualquiera sería encontrarse con una obra excesiva y pomposa. Pero según van avanzando las canciones uno se percata que estas tienen más que ver con el espíritu melancólico de unos The Lemon Twigs (por encontrarles un parentesco contemporáneo con el que ahora mismo podrían compartir cartelera) que con la grandilocuencia del S&M de Metallica, por ejemplo.
El corte titular ya suena fascinante de por sí con todo un despliegue armamentístico de pianos, trompetas, flautas y violines que asientan el campamento base. Con semejante plantel, el sexteto se viste de etiqueta para un tema elegantísimo y seductor mientras se van alternando en las tareas vocales (algo que se convertirá en una constante a lo largo de todo el disco), hasta desembocar en un pasaje de desenfreno rockero capitaneado por el teclista Ambrose Kenny-Smith.
Acto seguido aparece por la puerta ‘Deadstick’, siendo el tema más directo y que mayor parentesco guarda con Flight b741, resultando en una versión ampliada de aquel y uno de sus singles más endiabladamente certeros. La aportación coral de todos los miembros lo acaban convirtiendo en toda una fiesta. Será a partir de este punto cuando nuestra ruta dentro de la Isla Fantasma tomará otro rumbo mucho más definido.
Y es que desde la preciosa ‘Lonely Cosmos’ nos encontramos con unos King Gizzard más reflexivos que no buscan tanto el impacto inmediato. En lugar de sacudirte como en anteriores aventuras, esta vez te invitan a acomodarte y disfrutar de una serie de piezas (‘Eternal Return’, ‘Spacesick’, ‘Aerodynamic’, ‘Silent Spirit’) que van fluyendo como una sola unidad. De hecho, no hay ningún estribillo que sirva de enganche, sino que cada melodía te va dirigiendo a la siguiente con total naturalidad mientras te vas maravillando por el buen gusto que tienen a la hora de escribir armonías que casan con cada uno de los arreglos. Cabe apuntar que estos fueron añadidos a posteriori por el compositor Chad Kelly. Puede que me esté viniendo arriba con esta afirmación que voy a soltar, pero probablemente nos encontremos ante su trabajo más beatleniano en esencia.
Entre medias se cuelan pequeñas trazas de funk (‘Panpsych’) o de country rock (‘Sea Of Doubt’), pero en ningún instante llegan a romper la dinámica que tan bien han construido hasta desembocar en ‘Grow Wings And Fly’, concluyendo esta historia de fantasía que al mismo tiempo supone no solo una de las obras más bonitas de su catálogo, sino una de las más destacables que hayan firmado en los últimos años. Viniendo de unos tipos tan absurdamente prolíficos como ellos, no es poco.
GONZALO PUEBLA









