En estos días de cuarentena seguramente ustedes estarán tan hartos como yo de ver que el número de contagios por el coronavirus compite proporcionalmente con la repentina aparición de expertos en medicina y economía que aseguran saber mejor que nadie como solucionar esta crisis global. Ya saben aquello de que España es el país con más entrenadores de fútbol del mundo. 47 millones nada menos. Todos saben más que nadie, aunque nunca se hayan sentado en un banquillo. Qué cosas…

Con la industria musical ocurre algo parecido. Las redes sociales parecen un casting de aspirantes a promotores y organizadores de festivales de gran formato, cuando el 90% no habrán montado ni un concierto en el bar de la esquina. Por supuesto, no son pocos los que estos días andan pensando soluciones para un sector acostumbrado a caminar sobre el alambre. No esperen encontrarlas tampoco en este artículo, ya se lo adelanto.

Lo que sí parece fácil de intuir es que con este incierto arranque de década podemos encontrarnos ante la enésima revolución en el mundo de la música. Veamos: Los 90 significaron la irrupción en el negocio de los sellos independientes y las bandas alternativas con Nirvana a la cabeza. El nuevo milenio amaneció con internet colándose en los hogares de medio planeta y las plataformas de descargas golpeando de lleno a las discográficas multinacionales. Y durante la pasada década vimos como el número de reproducciones en YouTube y los likes en las redes sustituían a las copias vendidas como nueva vara de medir el éxito, mientras que la música en vivo crecía sin encontrar techo gracias a los macro festivales. 

Es por tanto lógico que el cambio social que estamos experimentado debido al Covid-19 signifique al mismo tiempo un nuevo paradigma para la industria. El primer paso ya se ha dado con los streamings en directo. Una idea que, si bien tampoco es nueva, corre el riesgo de acabar saturando tan rápido con la misma fuerza que ha causado furor en estas últimas semanas. Sin embargo (y aunque por supuesto no sería lo ideal), no parece descabellado imaginar que el futuro inmediato de la música en vivo se acabe pareciendo a algo así en caso de que el regreso a la actividad cotidiana siga siendo una incógnita. Y no me refiero a ver a tu cantante favorito en pijama con una acústica desde su habitación mientras el gato posa de fondo a través de un móvil… si no a hacerlo de una manera verdaderamente profesional.

Grupos como Kadavar, Blues Pills o The Baboon Show han hecho lo propio, salvo que han podido cambiar el sofá de casa por un estudio de grabación (en algunos países el distanciamiento social aún no es tan restrictivo como el que tenemos aquí en España). Con un sonido e imagen profesionales, estas formaciones han ofrecido sus actuaciones a través de las redes previo pago (una cantidad simbólica de 6 euros, similar a lo que costaría la entrada en una sala pequeña) o directamente donaciones con las que apoyarles económicamente en estos tiempos inciertos. En el caso de Kadavar, los alemanes llegaron a recaudar cerca de 8.000 euros durante su concierto. Desconozco su caché, pero no es una cifra nada despreciable para una sola noche de trabajo ‘desde casa’.

Esto abre la oportunidad de que muchos artistas, ante la imposibilidad de realizar largas giras de aquí a unos meses, puedan encontrar una nueva vía de negocio. Ofrecer conciertos exclusivos en streaming mediante pay per view. Adiós a intentar cuadrar fechas, viajes en furgoneta, lidiar con el alquiler de las salas y promotores (estos se verían seriamente perjudicados, claro), pagar alojamiento… Mínimo esfuerzo, máximo beneficio. Los fans también tendrían sus ventajas. Las colas virtuales para conseguir una entrada se acabarían, los sold outs pasarían a traducirse en un público potencial ilimitado, el sonido deficiente sería cosa del pasado, te olvidarías de sufrir al grandullón que se coloca justo delante tuya impidiéndote ver el escenario y no tendrías que dejarte un riñón cada vez que vayas a la barra a pedir una cerveza. 

Puede que de primeras suene extraño pagar por ver un concierto desde casa, pero ¿acaso no es lo que ya se viene haciendo desde hace años con los DVDs? ¿O mismamente con una suscripción a Spotify? Tal vez no estemos muy lejos de encontrarnos dentro de poco con algo similar a Netflix ofreciendo un catálogo enorme de directos. Si hay gente que se ha acostumbrado a ver el fútbol desde su salón en lugar de acudir a los estadios…

Por otra parte, también hay que pensar en todas esas novedades discográficas que han visto retrasadas sus fechas de lanzamiento. Por no hablar de aquellos grupos que tenían pensado entrar en breve al estudio y ahora tendrán que esperar. Ahí es donde los artistas de pop, hip hop y electrónica juegan con ventaja respecto a los que practican rock. Desde hace años no son pocos quienes han grabado álbumes enteros desde un simple portátil con un par de softwares y un micrófono. Quienes dispongan en su hogar todo el equipo necesario para pulsar el botón de REC, desde luego tendrán mucho ganado.

También otros sectores verán trastocada su rutina habitual. Mismamente algunos medios tan ilustres como Mondo Sonoro y Popular 1 no han podido cumplir su cita con sus puntos de reparto o quioscos ante los problemas de distribución. Mientras que los primeros han optado por sacar su número de abril únicamente de forma digital, los popuheads se han quedado por primera vez en décadas sin su dosis mensual. También en Reino Unido, la veterana Kerrang! ha anunciado que durante los tres próximos meses no habrá edición en papel. Un problema que, por suerte, desde RockZone ya resolvimos hace unos cuantos años… Ya saben, adaptarse o morir.

En cualquier caso, todo lo expuesto aquí no dejan de ser hipótesis. Lo más probable (y deseable) es que la normalidad vuelva poco a poco a nuestras vidas, aún sabiendo que cuando volvamos a salir de nuestras casas muy probablemente el mundo al que vayamos a enfrentarnos haya cambiado irremediablemente.