«Saber cuándo retirarse es tan importante como saber cuándo avanzar». Esta cita de Napoleón Bonaparte viene que ni pintada para enfrentarse al nuevo álbum de Megadeth, que, según avanzó Dave Mustaine hace meses, será el último que graben.
De entrada, su decisión merece ser respetada y valorada positivamente. La historia está llena de artistas y bandas que han ido sacando discos mediocres y han acabado por mermar el valor de su propio legado, así que bien por Mustaine por darse cuenta de que ya había dicho todo lo que tenía que decir y de que difícilmente podría mejorar lo ofrecido en los 16 álbumes anteriores. Los más cínicos podrán pensar que se trata de un simple truco publicitario para que el disco obtenga más atención, pero, en este caso, he optado por creérmelo. Otra cosa será ver cuánto prolonga su ‘gira de despedida’… Sospecho que, mientras haya promotores dispuestos a pagarles lo que pidan y la salud de Mustaine —que, recordemos, padece artritis y fibromatosis palmar— lo permita, ahí seguirán.
Pero, volviendo al disco, da la sensación de que, una vez tomada la decisión, Mustaine ha querido ofrecer una especie de resumen de los diferentes registros de la banda a lo largo de los años. Así, encontramos piezas de afilado thrash metal en ‘Tipping Point’, ‘Made To Kill’ o la juguetona ‘Let There Be Shred’, en la que demuestra que tampoco se toma tan en serio; otras que se acercan a los postulados más melódicos de su etapa de Countdown To Extinction o Youthanasia, como ‘Puppet Parade’ (de lo más efectivo del álbum), ‘Obey To Call’ o ‘I Am War’; una aproximación al punk rock en ‘I Don’t Care’ (recordemos que en 1988 versionaron ‘Anarchy in the UK’ de Sex Pistols); y un corte más elaborado y progresivo en ‘The Last Note’, con diferentes secciones, cambios de tempo y un solo con guitarra española.
Es este último el único tema en el que Mustaine afronta de verdad el final de Megadeth, con un estribillo en el que canta: «El telón final cae, un final tranquilo para todo. Ahora solo son recuerdos en mi mente. Solo luces y nombres que se desvanecen; si alguna vez vuelvo a tocar, entonces que esta última nota nunca muera». Debería ser el clímax emocional del disco, pero, como el resto del álbum, no alcanza la trascendencia que debería. Da la sensación de que tanto Mustaine como sus compañeros —el bajista James LoMenzo, el batería Dirk Verbeuren y el guitarrista Teemu Mäntysaari, de Wintersun, que hace su primera aparición en un disco de la banda con nota— no han sabido impregnar sus interpretaciones de algo más de fuego y sentimiento. Megadeth, el disco, mantiene la línea de otros trabajos de los últimos 20 años y es un final digno, pero no espectacular.
Como bonus track aparece una versión simplemente correcta de ‘Ride The Lightning’, de Metallica, uno de los temas que Mustaine compuso con el grupo antes de su despido en 1983. Quizá, a sus ojos, sea una manera de reivindicarse o de cerrar el círculo, pero, en el fondo, deja en evidencia que el trauma que le provocó su salida y que le ha acompañado toda su vida nunca ha estado del todo superado. Para su desgracia, siempre que quiera compararse con Metallica seguirá perdiendo. A estas alturas, ya debería haberlo aprendido.
JORDI MEYA









