Llevo haciendo esta columna mensual en RockZone desde 2010, diseccionando discos de bandas que, pienso, merecen algún tipo de distinción. Como pasa con cada lista, para algunos, hay álbumes que merecen un ránking más alto, otros que lo merecen mucho menor, y existen ésos que se han pasado por alto. En mi defensa he de decir que, aquéllos que han sido ignorados, han sido inocentes descuidos, no hay que darle más vueltas. Aun así, después de ocho años, no haber incluido Appetite For Destruction de Guns N’ Roses es, definitivamente, un gran descuido. Joder.

Incluso estábamos girando con Guns N’ Roses cuando esta columna empezó, así que quizás me quise distanciar de manera intencionada de lo que, entonces, era mi mundo inmediato. La razón para que este clásico sea condecorado es porque es perfecto de principio a fin. No sólo no hay una mala canción, sino que todas las que tiene son clásicas. Es como si la banda hubiese editado un grandes éxitos como debut.

Para entender de verdad la bomba de relojería que es este disco, uno tiene que retroceder en el tiempo y ver lo dividida que estaba la música en 1987. Los punks odiaban a los metalheads. Los metalheads odiaban a los glam rockers. La gente del britpop encontraba a los rockeros estúpidos. Los fans del rock pensaban que la gente del britpop era floja. Y así seguiríamos hasta el infinito.

Y entonces llegó esta banda de rock’n’roll que, a pesar de ser de Los Ángeles, a pesar de tener influencias del punk y el metal, eran capaces de mezclar a Aerosmith, Queen, The Sex Pistols y The Rolling Stones. Eran demasiado buenos como para ignorar. Daba igual con qué escena te identificabas, Appetite For Destruction le gustaba absolutamente a todo el mundo. Da igual lo que digan, ha dejado marca como una auténtica obra maestra.

Todos conocemos los singles, incrustados en nuestra memoria colectiva como ‘Welcome To The Jungle’, ‘Sweet Child O’ Mine’ y ‘Paradise City’, pero ‘My Michelle’, ‘Nightrain’, ‘Mr. Brownstone’, ‘Rocket Queen’ o ‘It’s So Easy’ podían haber ocupado su lugar si también hubiesen sido lanzados como singles. A decir verdad, oí estas canciones hasta el punto de darme náusea. Cada vez que escucho ‘Sweet Child O’ Mine’ es lo mismo que escuchar ‘Happy Birthday’ o ‘Jingle Bells’. Eso no quiere decir que no sea una canción fantástica, tan sólo que la hemos oído hasta la saciedad, y eso no puede ser nada malo (para la banda).

Cuando Appetite For Destruction se editó no me hice fan al momento. Estaba demasiado metido en el punk y thrash para hacerle caso. Había huido sin contemplaciones de todo aquello que tuviera que ver con Aerosmith o Guns N’ Roses, y juzgándolos por su apariencia, Guns eran una banda que seguía esas directrices. Pero estaba equivocado. Así que, poco a poco, el grupo y ese clásico monumental se fueron instalando en mí hasta que ya fue demasiado tarde para evitar cantar sus canciones (junto con el resto del mundo).

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