Hay que ver lo que cambian las cosas con el paso del tiempo. Si hacemos repaso a cada una de las visitas que The Black Keys han hecho a Madrid, veremos que no han podido ser más distintas. La primera tuvo lugar en 2004 en la extinta Ritmo & Compás. Venían presentando Rubber Factory y tan solo lograron convocar a medio centenar de espectadores. Cuentan que el pinchazo fue tan grande que apenas cobraron 100 euros y el mejor botín que pudieron llevarse esa noche fue una caja de cervezas.
Nada que ver cuando ocho años después llegarían a vender todo el papel en el Palacio de los Deportes. En pleno subidón del éxito de El Camino y con ‘Lonely Boy’ sonando a todas horas en la radio, Dan Auerbach y Patrick Carney eran los rostros visibles de una de las bandas del momento. Y aunque no han abandonado del todo su estatus de estrellas, la realidad es que desde entonces el hype se ha desinflado exponencialmente. Su continuación Turn Blue no fue capaz de prolongar la racha ascendente, y a pesar de su insistente actividad desde 2019 con 6 discos de estudio publicados (casi a uno por año), nunca han llegado a replicar el pelotazo que dieron en 2012.
Es en esas circunstancias que el dúo de Akron aterrizaba en Madrid para una única fecha en nuestro territorio dentro de su Peaches ‘N Kream World Tour, siendo la primera vez que se les podía ver por aquí en concierto propio desde, precisamente, aquella actuación de hace 14 años en el mismo pabellón de la capital. Nada más entrar se apreciaban unas lonas que cubrían las gradas superiores. Un detalle que evidencia el pequeño bajón de popularidad que han pegado, a pesar de que la asistencia final fue más que digna.

Con el graderío casi vacío y apenas un cuarto de la pista lleno tuvo que salir Robert Finley en su papel de artista invitado. Y resalto lo de “invitado”, pues es obvio que su relación con Auerbach (quién se ha hecho cargo de la producción de sus últimos discos) justificaba su presencia en el cartel. Al igual que otros artistas de blues y soul (pienso en Seasick Steve, Sharon Jones o Charles Bradley), el reconocimiento le ha llegado de manera tardía a este músico de Louisiana.
A sus 72 años y a pesar de los achaques (perdió la vista a causa de un glaucoma, lo cual provocó que reiniciara su carrera como bluesman), Finley dejó claro que al menos mantiene intacta tanto su voz como su carisma sureño. Escudado por su hija Christy Johnson y una banda en segundo plano, repasó temáticas tan habituales en la música afroamericana como el trabajo duro (‘Helping Hand’ trata sobre su adolescencia en los campos de maíz), el amor (‘Real Love Is Like Hard Time’) o lo espiritual (‘I Wanna Thank You’). Con esta última se despidió recibiendo una cariñosa ovación del público. En noviembre nos volverá a visitar.
Fieles a su sobriedad comunicativa, el mayor gesto de complicidad para con la audiencia que vimos por parte de The Black Keys fue cuando Dan Auerbach apareció enfundado en una camiseta retro de la selección española con el 10 a la espalda. Un claro guiño al mundial conquistado hace un par de meses. Tras el pitido inicial, dispararon a puerta con una ‘I Got Mine’ que entró directa por la escuadra. Las buenas sensaciones prosiguieron con ‘Fever’, más rockera de lo esperado, y ‘Gold On The Ceiling’ que puso a la afición a hacer la ola.
Y es que al contrario que en el estudio, sobre el escenario se pierden detalles pero se gana en crudeza y contundencia guitarrera. La misma que les sigue conectando con sus inicios garajeros a pesar de los distintos vaivenes sonoros que han ido experimentando en su trayectoria. Eso y la forma tan primitiva con la que Carney continúa aporreando los parches, acelerando el tempo en más de una ocasión. Si usa claqueta, desde luego no se nota. Tanto es así que en algún instante eché en falta la capacidad para acariciar con suavidad temas tan elegantes como ‘Everlasting Light’ (el truco de la bola de espejos les sigue funcionando, eso sí). Por el contrario, títulos como ‘Lo/Hi’, ‘Howlin’ For You’, ‘Wild Child’ o ‘Man With A Mission’ se beneficiaban del músculo y la potencia de los amplificadores.

Parte de culpa la tiene la incorporación de Barrie Cadogan como segundo guitarrista encargándose de varios solos, liberando así a Auerbach de otras tareas. Todo un acierto ya que su compenetración en ‘Weight Of Love’ (una de las joyas de su catálogo que merecen más reivindicación por encima de los hits archiconocidos) fue el mejor momento de la noche. Acostumbrados a que los grandes conciertos estén cada vez más perfectamente medidos y automatizados, casi llega a chocar encontrarse con unos músicos que toquen sin trampas ni ayudas digitales. Incluso se atrevieron a versionar una sorprendente ‘I Wanna Be Your Dog’ de The Stooges en pleno festín de acoples y distorsión. Entre medias, ‘Where There’s Smoke, There’s Fire’, quedó un tanto vacía sin la sección de vientos. Fue la única referencia al reciente Peaches! antes de que ‘Tighten Up’ y ‘She’s Long Gone’ pusieran el punto y seguido a la actuación.
A la vuelta de vestuarios, el guión para el último tramo no ofrecía dudas y fueron ‘Little Black Submarines’ y la inevitable ‘Lonely Boy’ las que certificaron una victoria cómoda para The Black Keys. Probablemente nunca volverán a estar entre los aspirantes a ganar el título, pero con conciertos así la permanencia está bien asegurada.
GONZALO PUEBLA









