FECHA: 4 DE DICIEMBRE DE 2025
LUGAR: LA (2) DE APOLO (BARCELONA)
PROMOTOR: LAST TOUR
¿Cuánto amor cabe en un concierto? ¿Cómo medirlo, si es que se puede? ¿Podría ser el número de parejas que, abrazadas y ojipláticas, clavan sus miradas en el escenario un indicador? ¿O la cantidad de carantoñas, besos o llantos emocionados que suceden durante una actuación? Sea como fuere, si existiese una métrica para responder a la pregunta, estoy seguro de que Ocie Elliott alcanzarían la mejor de las puntuaciones.
No en vano, el dúo canadiense formado por Jon Middleton y Sierra Lundy eleva el tema del amor —romántico y heterosexual— hasta el paroxismo. Todo en ellos parece responder a un ideal perfectamente encuadrado: las portadas de los discos, el material promocional, las letras de las canciones… una especie de postal emocional que, a fuerza de repetirse, podría confundirse con un manual contemporáneo del idilio folk.
Y, sin embargo, tanta perfección podría llegar a resultar escamante. Uno se pregunta si no hay grietas, si hay complicidad también en los días torcidos y en el cuidado cotidiano. En la posmodernidad, donde tantas vidas se relatan antes que vivirse y donde todo se publica para validarse, es fácil desconfiar: una suspicacia que, por fuerza, aflora en tiempos donde el amor también se comunica como marca.
Pero todas esas dudas se disipan cuando uno acude a un concierto suyo: las miradas compartidas, la ternura sin calculadora, la naturalidad que emerge entre canción y canción… todo suena auténtico, sin impostura. Supongo que el hecho de que sean canadienses y no estadounidenses, además, les da ese plus de credibilidad: interpretaciones con menos pompa y más recogimiento, menos artificio y más emoción.
A eso se añade una carrera levantada sin exhibicionismos, pero con sosiego y constancia. No es casual que, tras casi una década larga de canciones —tres álbumes, una miríada de EPs y singles, y un número de escuchas acumuladas que supera los nueve ceros— hayan dado forma a un cancionero que no es solo delicado: es luminoso.
Su último disco, Bungalow —ocho canciones despachadas en menos de veinticinco minutos; y aun así el más largo de su discografía—, es probablemente lo mejor que le ha pasado a su trayectoria y a la cosecha del folk anglosajón de este año. Es, sin duda, su trabajo más variado y maduro: un conjunto breve pero expansivo, donde se perciben ecos de Gillian Welch & David Rawlings, Elliot Smith, John Prine o Fleet Foxes.
En un tiempo donde la industria musical prioriza la canción breve, directa, dirigida a las listas de reproducción aleatorias, Ocie Elliott han sabido sacar partido a esa lógica sin caer en la banalidad. Componen piezas pequeñas, pero nunca menores: parecen entender que no hace falta un álbum de doce cortes para construir un mundo, que a veces la miniatura contiene más verdad que el despliegue monumental. Aun así, la prensa especializada les ha afeado en ocasiones esa exigüidad, pero lo cierto es que sus canciones funcionan como viñetas perfectamente concentradas, sin un gramo de relleno.
El escenario escogido para presentar esta nueva creación en Barcelona fue La (2) de Apolo, donde aparecieron con formas reservadas, casi tímidas, una presencia que parecía pedirse permiso para no romper el aire. Pero lo que trajeron fue enorme. A diferencia de su visita previa, donde eran ellos dos solos —guitarra, pedalera y teclados— esta vez optaron por un formato ampliado: sumaron bajo y batería, dotando a las canciones de una dimensión nueva. El bajo aportó esa base mullida sobre la que se mecían los temas; el baterista, siempre discreto, también iluminó con arreglos como guitarrista eléctrico, destacando especialmente en ‘Free’. Mientras tanto, Sierra alternaba Mellotron y teclado digital, trazando atmósferas de una belleza casi translúcida alrededor de su voz.
El juego de luces fue otro protagonista: un diseño exquisito que envolvía cada canción en un aura cercana a lo místico. El inicio a contraluz con ‘Mingle in Pine’ dejó claro que querían elevar su show. Y vaya si lo consiguieron: desde ahí emprendieron un apacible viaje por la Norteamérica más bucólica. Aparecieron ‘Thinking About You’, una delicada ‘By the Way’ y una preciosa lectura de ‘I’ve Been Thinking About You’. Hubo momentos especialmente emotivos: ‘I Got You, Honey’ (imposible no dejar escapar alguna lágrima); cuando Sierra habló de Salt Spring Island, su isla natal frente a Vancouver, antes de ‘A Place’; o la dedicatoria en ‘Run to You’ a su padre, fotógrafo fallecido hace cuatro años.
Se agradeció que, en lugar de hacer un bis —toda banda que prescinda de ese teatrillo merece mis parabienes— adelantaran un único micrófono de grabación y, en formato dúo, interpretaran ‘Down by the River’, la primera canción que compusieron juntos; una versión de ‘Runaway’, de The National (que cambian cada noche, recordando sus inicios tocando más de doscientas canciones dentro de su furgoneta Honda CR-V, bautizada ‘Dad’, para no molestar a los vecinos); y el lógico cierre con ‘With the Lights Down’.
Antes hubo un preludio que preparó la atmósfera con una delicadeza inesperada: PLÀSI, cantautor sueco que Jon y Sierra descubrieron en redes y con quien, por fin, podían compartir escenario. Solo con una guitarra eléctrica, una pedalera y una voz de trazo íntimo, fue desnudando su repertorio ante una sala aún en penumbra. Algo en sus canciones —ese temblor pequeño, esa capacidad de abrir un claro en la tarde— funcionó como inauguración perfecta del tono de la noche. Un aperitivo ideal para el gran concierto de Ocie Elliott y un artista al que merece la pena seguir el rastro.
En definitiva, un concierto delicado y memorable. De esos a los que recurrir cuando el mundanal ruido y el acelerado pulso de la vida te dejen sin respiración: un pequeño oasis para el recuerdo.
Por eso me sorprendió tanto comprobar cómo una banda con más de mil millones de escuchas en Spotify apenas roza el sold out en salas medianas por estos lares. Y quizá sea mejor así: disfrutar de una propuesta tan luminosa desde la cercanía es un privilegio que ojalá se prolongue. Por mí, que sigan siendo la joya oculta del folk durante muchos años.
JON AGUIRRE SUCH








