Inevitablemente este fin de semana todas las miradas de los amantes del rock han estado centradas en lo acontecido en Inglaterra. Por un lado, la esperadísima reunión de Oasis daba el pistoletazo de salida en Cardiff dejando a todos con un buen sabor de boca. Mientras tanto, en Birmingham, la comunidad metalera al completo se reunía en un emocionante adiós a los padres del invento: Black Sabbath y, muy especialmente, Ozzy Osbourne. Sin embargo, en Madrid también pudimos disfrutar de la celebración de los 50 años de vida de otos íconos del heavy metal.
No es el único caso con el que ha ocurrido, pero todavía parece inverosímil como una banda tan enorme como Iron Maiden no se haya establecido en el circuito de estadios hasta hace relativamente bien poco. Es verdad que desde el reingreso de Bruce Dickinson y Adrian Smith los británicos han vuelto a encabezar todos los festivales que se les han puesto por delante, amén de contar por sold outs cada arena que han pisado, recuperando así el título de grupo grande que nunca debieron perder durante la década de los 90. Pero no ha sido hasta estos últimos años que ya nos hemos acostumbrado a verles en recintos tan masivos como el Olimpic de Barcelona o el Metropolitano de Madrid, plaza en la que repetían visita siete años después.

Ante la eterna queja de que ya no hay bandas de rock y metal capaces de meter a 60.000 personas en un mismo recinto, hay que considerar que la Doncella ha tardado 5 décadas en estar donde se encuentra a día de hoy, agotando más entradas que nunca en toda su carrera. Puede que sea por el efecto llamada que provoca tocar en un estadio interpretando lo más glorioso de su catálogo (un setlist cubriendo los doce años desde su debut hasta Fear Of The Dark de 1992 es una oferta irrechazable), porque el aficionado casual sabe que puede estar ante una de las penúltimas oportunidades de cazarles en vivo y todavía en buenas condiciones, porque es difícil encontrar una base de fans más fiel que la suya, o simplemente por una combinación ganadora de esos mismos factores. El caso es que mientras muchas bandas noveles se apresuran por correr más rápido de la cuenta, Maiden recuerdan que antes de llegar a ninguna parte primero hay que andar un largo camino.
Por lo visto sobre las tablas, Avatar dan la sensación de tener bien aprendida la lección. Los suecos no son nuevos en esto, ya que llevan la friolera de 24 años en circulación, pero saben que para la mayoría de los asistentes a este gira son un nombre todavía desconocido. Así que toca currárselo y la verdad es que saben como dar un buen espectáculo. Empezando por la aparición de su vocalista Johannes Eckerström emergiendo de un caja de regalo mientras sostiene un globo rojo como si fuera Pennywise, el terrorífico payaso de It. Su look parece un mezcla entre Alice Cooper y El Cuervo, lo cual da a entender el alto componente de shock rock que tiene su propuesta.
Canciones como ‘Dance Devil Dance’, ‘In The Airwaves’ o ‘Smells Like A Freakshow’ suenan a metal melódico fácil de asimilar para todo tipo de públicos, lo cuál les convierte en un grupo ideal para este tipo de cometidos. Y en Eckerström tienen a un frontman carismático que sabe jugar bien sus cartas. Hasta los momentos de headbanging está perfectamente coreografiados. No es fácil convencer a una audiencia como la de Maiden, pero Avatar pueden decir que salieron más que vivos de la prueba. En febrero volverán a nuestras salas para seguir picando piedra.

Sobre las 20:50 comienza a sonar ‘Doctor Doctor’ de UFO y el estadio entero se prepara para la que se nos viene encima. Tras un video introductorio recorriendo las callejuelas virtuales así como distintos garitos míticos de Londres, nuestros seis héroes aparecen cubriendo cada palmo de escenario mientras van repartiendo las golosinas más deseadas de esta gira para los fieles. El arranque con la introductoria ‘The Idles Of March’, ‘Murders In The Rue Morgue’, ‘Wratchild’ y ‘Killers’, ejecutadas del tirón mientras la figura de Eddie aparece persiguiendo a los miembros del grupo, nos llevan hasta su primitivo segundo LP, cuando Maiden tenían un pie en el heavy y otro en el proto-punk, por mucho que al mariscal Steve Harris le joda reconocerlo.
Hay que apuntar que de primeras la acústica es bastante nefasta, al menos desde el graderío donde me encuentro. Pero una vez despachadas las grandes novedades de un setlist que, como de costumbre, es inamovible durante todo el tour, parece que empieza otro concierto. Porque es atacar ‘Phantom Of The Opera’ y el estadio entero entra en ebullición con un tema progresivo de siete minutos. Pura virguería instrumental al alcance de unos pocos elegidos. Es la cuarta canción de la noche y parece que ya estemos en los bises. No es para manos porque desde este punto en adelante el concierto se convierte en un disparate de clásicos sucediéndose en cascada uno detrás de otro.

Que la siguiente en caer sea ‘The Number Of The Beast’ ya deja claro lo sobrada que va a este gente. Llamaradas a tutiplén para invocar al mismisimo demonio. Tantas que ‘The Clarivoyant’ me deja incluso un poco frío (llamadme tradicional, pero hubiera preferido ‘The Evil That Men Do’). Poco importa cuando acto seguido te llevan de vuelta a las pirámides egipcias con una épica ‘Powerslave’. Bruce Dickinson, hasta entonces comedido en su vestimenta con vaqueros y chupa de cuero, comienza a desplegar su bis teatral tirando de máscaras y cambios de ropaje varios. Lejos de ser cargante, demuestra ser un frontman insaciable que, a sus 66 castañas y tras haber superado un cáncer, mantiene un estado vocal fuera de toda lógica. Un prodigio envidiable para cualquiera de su quinta, ¿verdad que sí, Axl?

‘2 Minutes To Midninght’ no puede sonar más certera en este momento con las banderas de Estados Unidos e Irán hondeando al fondo. Uno se pone a analizar esa letra sobre la guerra fría y da hasta miedito, la verdad. No resulta tan terrorífica, pero esa historia de piratas que es ‘Rime Of The Ancient Mariner’ enmudece y al mismo tiempo hace estallar de jubilo al feudo rojiblanco al completo. Uno de los grandes momentazos de la velada (otro más). Como también lo son andanadas de pura épica como ‘Seventh Son Of A Seventh Son’ y una ‘Hallowed By The Name’ que nos deja con las lágrimas colgando. La compenetración entre los tres guitarristas es pura brujería en los mástiles. Sobre todo la clase magistral de Dave Murray y un Janick Gers dejando claro que es mucho más que la mascota del grupo, con permiso de Eddie.
En cuanto al nuevo chico en la oficina, Simon Dawson, cumple sobradamente sin destacar, que es casi el mejor halago que puede recibir alguien a quien se le encomendado la tarea de calzarse los zapatos de un titán como el entrañable Nicko McBrain. “Al menos ahora sí que le podéis ver la cara”, bromea Dickinson refiriéndose al kit de batería de Dawson, con mucho menos cacharrería que el de su predecesor.

Entremedias, ‘Run To The Hills’, ‘The Trooper’, ‘Iron Maiden’… El rugido a pleno pulmón del respetable alcanza niveles tan absurdos que no me sorprende que los vecinos acaben llamando a las autoridades. Amigos, no sé si lo que estoy viendo esta noche es real o una fantasía. De lo único que estoy seguro es que no quiero despertar. ‘Aces High’ en los bises es el único instante en el que noto a Dickinson sufrir un poquito. Aún así, dos horas y pico aguantando el tipo con semejante repertorio no está alcance de cualquier mortal. Y vale, ‘Fear Of The Dark’ se ha convertido en un himno para Felipes, pero, ¿que queréis que os diga? Su grandeza es tan incontestable que no queda otra que rendirse y unirse al Metropolitano entero en otro sing along para el recuerdo. ‘Wasted Years’ marca el final, pero suena con tal frescura que parece que estemos todavía empezando el bolo en lugar de acabarlo.
Mientras enfilo el camino de salida intentando encontrarle algún tipo de sentido a lo que acabamos de vivir, me doy cuenta de que en realidad esos años dorados sobre los que cantan Iron Maiden no tendrán fin mientras sigan en pie. Eternos.
GONZALO PUEBLA








