De pequeño no entendía porqué televisaban las misas. Si para mí era un castigo/obligación el ir un domingo a escuchar al cura ¿quién iba a prestar su atención a la homilía por televisión pudiendo ver antes la repetición de ¿Qué apostamos? o El Gran Juego De La Oca?

Nacer y vivir durante muchos años en un pueblo de Galicia hizo que viera como seres mitológicos a las cintas de Sepultura en Razz o de Cunning Stunts de Metallica. Para mí, en aquellos años, asistir a un bolo de una banda internacional era una misión casi imposible. Me tenía que conformar con ver las fotos de las revistas, VHS grabados de algún colega, las historias de alguien que te recordaba “vi a Pantera y fue una pasada” y los videoclips de la MTV. 

Por ello, cuando cambiaron las reglas del juego en la industria y el artista vio que el directo era su modelo de negocio, disfruté como un niño con zapatos nuevos ante mis primeras visitas a Madrid para disfrutar de Deftones o a Porto a bailar con Biohazard. Luego, mudé mi vida a las grandes ciudades y eso me proporcionó una agenda de conciertos con infinitas posibilidades. Y es que no hace tanto, en un viernes de Barcelona tenías a múltiples artistas en un radio de escasos cinco kilómetros. 

Y en esto, vino la Covid. Las salas se vaciaron, los promotores buscaron alternativas y los gobiernos miraron para otro lado.

Nadie sabe qué va a pasar en el futuro, pero se sigue apostando al mismo boleto. Se programan ya incontables giras europeas para finales del próximo año. Los festivales ya comienzan a mostrar la patita y se promete dar lo pactado. 

Pero mientras tanto, un fenómeno ha sustituido nuestras noches de cerveza en mano con tapones en los oídos escuchando a la nueva promesa del metal. Sí, ya no tenemos que cruzar una puerta y girar el cuello para ver que tal suenan los teloneros. Ahora simplemente debes dar un click desde una plataforma digital, seleccionar tu combo (el merch sigue siendo la clave de los ingresos para un grupo) y ponerte cómodo en el sofá. 

Aplaudo la capacidad de reinvención del sector. También denuncio la falta de ayudas que están sufriendo. Pero claro, una vez que pruebas una naranja valenciana de temporada, la de verano ya te sabe a otra cosa. ¿Sustitutivo? No. Más bien otro concepto.