Desconocía a Daniel Avery. Fue la polifacética artista Laia Colás, más conocida por su brillante alter ego musical HŌŌ, quien me puso sobre aviso del artista británico.
Conocedora de mi devota inclinación hacia Nine Inch Nails y los sonidos trip hop, sabe dónde tengo la marca de Caín para activar mis sentidos hacia sonidos sinuosos e industriales, Sí, esos que se tejen en mi condición de noctívago, o ex noctívago mejor escrito. Tras varias escuchas, decido hacer la reseña del disco pensando que, en cierta medida. es lo que quizá nos esperábamos de unos Nine Inch Nails que han roto su ortodoxia al firmar una banda sonora este año. Justo unas horas de teclear estas palabras me hago eco de que NIN están trabajando en un nuevo álbum de la ahora banda (o dúo) para 2026.
La gran diferencia de Avery, artista pretérito consolidado en la electrónica absoluta, es que en este disco aparte de NIN, se notan las hechuras de proyectos como Recoil de Alan Wilder, el ex Depeche Mode, con pequeños rasgos de Portishead y 12 Rounds. El factor de que las atmosféricas canciones estén, en su mayoría, cantadas por voces femeninas les da esa distinción. Un toque de elegante fraseo, emotivo e insinuador de elegancia. También hay una canción cantada por Walter Schreifels de Quicksand y Rival Schools: ‘In Keeping (Soon We’ll Be Dust)’.
Los medios tempos se cruzan con canciones de potentes sintetizadores industriales, e incluso instrumentales que bien valdrían el aprobado de Brian Eno, ese artista transgresor que quiso ir más allá del enfoque de banda, tanto que incluso mutó a los U2 post punk hacia la leyenda. Otros podrían tener eco en los Ghosts de Trent Reznor, cuando era sólo él el que decidía todo en NIN.
El disco es un viaje que ni el mejor psicotrópico que puedas encontrar casualmente en el viaje al corazón de las tinieblas. Sirve para activar pero también reflexionar, dualidades o motivaciones varias que lo hacen merecedor de ser señalado como trabajo importante de estos meses de olor a sangre, odio y estulticia a nivel popular.
Ahora sólo queda saber cómo se las gasta Daniel Avery en directo. Precoz aprendiz de Martin Gore, Reznor, Alan Wilder, Brian Eno, Genesis P-Orridge y otros maestros que saben darle un toque rock a la electrónica incluso sin usar instrumentos rock. Queda en el radar particular. Sería un buen enemigo público en uno de esos festivales de múltiples estilos que nos acechan cada día.
IGNACIO REYO









