FECHA: 9 DE JULIO DE 2025
LUGAR: RAZZMATAZZ (BARCELONA)
PROMOTOR: LIVE NATION
A Weezer les he visto conciertos buenos, malos y regulares. Y no porque toquen o suenen mejor o peor, sino por el grado de apatía de sus miembros. No hay cosa que me frustre más que ver a un grupo con todo a favor para ganar y que parezca que están en el escenario simplemente por obligación, y Weezer, a veces, pecan de ello. Vamos, que no las tenía todas.
A favor, contaba que, dado que hacía, ojo, ¡23 años! que los californianos no tocaban en Barcelona, estuvieran más motivados. En contra, que en estas giras veraniegas en las que se alternan festivales con fechas en sala, a menudo los setlists están pensados para actuaciones de 50 minutos y poco más. Y bueno, que Rivers es Rivers, un tipo que, depende de cómo se levante, actúa como un androide sin ningún tipo de emoción. ¿Hacia dónde se decantó la balanza? Antes de responder, vamos con Bad Nerves.
El quinteto británico nos debía una desde que, el verano pasado, una aerolínea les dejó tirados y no llegaron a tiempo para poder abrir el concierto de Descendents en Paral·lel 62. Esta vez no faltaron a la cita, pero, por desgracia, sufrieron lo que llamo «el síndrome del telonero». El sonido fue paupérrimo, como si la PA estuviera capada, restándole todo el poderío al power pop punk de temas como ‘Don’t Stop’, ‘Radio Punk’ o ‘U.S.A.’. Y ellos, en lugar de salir a matar y darlo todo en los 30 minutos que tenían asignados, simplemente ofrecieron un concierto de trámite. Bobby Nerves, que, por cierto, lucía una camiseta de Biznaga, se paseaba por el escenario, micrófono en mano, como si se hubiese colado en una fiesta en lugar de asumir el papel de anfitrión. Solo en los tres últimos temas parecieron activarse, pero ya era demasiado tarde. Sigo creyendo en su potencial, pero esta noche no lo explotaron.

Con hardcore fans venidos de toda España -de esos que se saben todas sus caras B y discuten sobre si es peor Ratitude o el Black Album-, el ambiente en la sala grande de Razzmatazz era como el de un Weezer Cruise en tierra. A pesar de salir al escenario con casi 20 minutos de retraso, Rivers, Brian Bell, Scott Shriner y Patrick Wilson fueron recibidos con una ovación de gala. Arrancaron con la semi instrumental ‘Anonymous’ de Everything Will Be Alright In The End, como si quisieran tantear el terreno para, acto seguido, atacar con ‘Hash Pipe’. Escuchando el riff y los coros del que fuera primer single del Green Album, me vino a la cabeza aquella brillante definición que Chino Moreno de Deftones hizo de Weezer: «Son una banda de arena rock fingiendo ser nerds tocando arena rock». Es justo eso.

A partir de aquí, la sala se convirtió durante una hora y media en un gigantesco karaoke, en el que cayeron todos los temas del Blue Album, cuatro de Pinkerton (qué maravilla escuchar ‘Pink Triangle’ o ‘El Scorcho’), algunos de sus principales hits (‘Perfect Situation’, ‘Pork And Beans’, ‘Island In The Sun’, ‘Beverly Hills’…) e incluso un par de exquisitas rarezas como ‘You Gave Your Love To Me Softly’ y ‘I Just Threw Out The Love Of My Dreams’. Pero lo mejor fue ver que la banda estaba disfrutando tanto como el público, con un Rivers muy motivado e, incluso, me atrevería a decir, emocionado, por el amor que les llegaba desde la pista. «Tenemos que volver cada verano», llegó a decir en español.

Aunque el nivel de energía se mantuvo altísimo durante todo el concierto, es innegable que, cada vez que sonaba un tema del Blue, fuera ‘My Name Is Jonas’, ‘Surf Wax America’, ‘Holiday’ o la épica ‘Only In Dreams’ con la que cerraron el set, la euforia se desataba. Como Guns N’ Roses con Appetite For Destruction o Oasis con Definitely Maybe, Weezer tienen en su debut un seguro de por vida. Podrían no publicar nada decente nunca más y seguirían pudiendo llenar salas solo por el reclamo de poder escuchar esos temas. El bis con un ‘Say It Ain’t So’ atómico y el inevitable ‘Buddy Holly’ fue el lazo perfecto para una noche que tardaremos en olvidar.

Cierto que el sonido podría haber sido algo mejor, y me pareció bastante cutre que en la pantalla se proyectaran imágenes de ellos filmados durante su gira americana, sincronizadas con lo que estábamos viendo en el escenario, pero fue peccata minuta al lado del chute de felicidad que recibimos. Hace años, Rivers dijo en una entrevista que parecía que, para ser un verdadero fan de Weezer, había que rajar de Weezer. Algo de razón tenía, pero, escuchando los comentarios y viendo las sonrisas de los que nos reunimos en el after-show oficioso organizado por Adolfo de Airbag en el bar Ceferino, podría deducirse que ahí no había ni un solo fan de Weezer porque, al menos ayer, no rajó nadie.
JORDI MEYA









