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Glass

La progresión de Shyamalan no parece conocer límites.

Hace veinte años, M. Night Shyamalan se convirtió en el ojito derecho de Disney tras el éxito de El Sexto Sentido. Hoy, el director triunfa entre presupuestos low cost e hipotecas de manera más que merecida.

Todo se reinició cuando en 2015, la productora Blumhouse dio cobijo a un cineasta que venía de perder buena parte de su crédito con After Earth, una película que está lejos de ser su peor trabajo.

Con un 95% menos de presupuesto, Shyamalan fusionó el trillado found footage con el falso documental para crear una película tan personal como profundamente retro: La Visita.

Y desde entonces no solo no ha parado, es que ha rematado la faena que tantas veces lamentó no poder hacer después de El Protegido: una trilogía.

En un abrir y cerrar de ojos, y con un inesperado (aunque algo impostado, pero qué más dará) cambio de rumbo, consiguió que el esquizofrénico thriller de bajo presupuesto que fue Split (Múltiple) sirviera de eslabón hasta este Glass (Cristal) que tan buen sabor de boca nos ha dejado.

Glass no recupera el talento puro del cineasta, algo que si logró en La Visita, una película tan alejada de su estilo que cuesta creer que resulte tan personal. En este sentido, la culpa es del “acabado Blumhouse”, algo que solamente Jordan Peele ha conseguido esquivar al 100%.

La progresión del cineasta no parece conocer límites, y ha convertido sus giros finales marca de la casa en un ejercicio completamente nuevo: la película inesperada. Y nosotros tan contentos.

KIKO VEGA