Le ha costado, pero al fin el Mad Cool ha dado con la tecla para organizar un evento que transcurra con relativa normalidad. Tras varias ediciones repletas de diversos incidentes, el año pasado, en su segunda acometida en el polígono Marconi de Villaverde Alto, logró el equilibrio para que todo funcionara sin sobresaltos.
En consecuencia, en esta ocasión no vimos ninguna novedad reseñable en lo que se refiere a la distribución de los espacios, lo cual es un buen síntoma. Si algo funciona, mejor no estropearlo. Solo los puntuales problemas de sonido durante el jueves (que comentaremos en detalle unos párrafos más abajo) significaron el único contratiempo serio a lamentar.
Por sacarle alguna pega, el recinto sigue necesitando de más zonas donde resguardarse del sol. La sombra en el Espacio Iberdrola Music se cotiza casi tan alto como un litro de aceite en el súper mercado. La presencia de stands en los que uno puede protegerse con crema solar gratuitamente es un gran punto a favor, pero que el botellín de agua dentro de un festival que se celebra en Madrid en pleno julio valga 3 euros (cuando hay fuentes de agua potable) es algo difícil de entender. Son detalles a pulir que ayudarían a hacer la experiencia algo más llevadera.

A destacar también las cifras de asistencia, situándose en los 50.000 visitantes de media por día (5.000 menos que la edición anterior si revisamos los datos). A tenor de lo cómodo que se estuvo a lo largo del fin de semana cuando tocaba desplazarse de un área a otra, cualquiera diría que fueron incluso menos. Y es que tal vez el cartel no tuvo el poder de convocatoria de otras ediciones, pero parece claro que la bipolaridad de la programación entre nombres míticos del rock alternativo de los 90 y las nuevas grandes figuras del panorama pop funciona y convence al espectador. Esta vez fueron Olivia Rodrigo y Nine Inch Nails los equivalentes respectivos a Dua Lipa y Pearl Jam en 2024. Aquí hay de todo y para todos.
Aunque se haya reducido de 4 a 3 jornadas (algo a agradecer, ya que lo breve agrada y lo excesivo termina cansando), un fin de semana repleto de música sigue dando mucho de sí más allá de los cabezas de cartel. Así que ahí va nuestro extenso resumen de lo oído, visto y vivido este año.
JUEVES 10
Cada vez que un servidor aterriza en un festival siempre cumple con los checks habituales: recogida de pulsera (rápida y sin contratiempos), vuelta de reconocimiento y parada en los boxes de la zona de prensa para cargar la mochila de avituallamientos varios (principalmente protección solar y bebidas con las que afrontar el resto del día). Cumplido todo ello, directos a la faena. Mother Mother inauguraron el escenario principal con mucho público ansioso por escuchar las primeras notas de la tarde. No controlaba de nada a los canadienses, quienes llevan 20 años de trayectoria y un número considerable de trabajos, lo cual demuestra su constancia y regularidad. De sus canciones poco puedo decir a favor, ya que el pop rock indie que practican me resultó insustancial sin nada importante a subrayar.

Realizamos la primera incursión en una las carpas con la idea de huir del calor. Error, ya que dentro la sensación de estar en una sauna era mayor si cabe. Que los siguientes en saltar al escenario fueran Fidlar no hizo sino añadir varios grados al termómetro. El punk garajero con toques surf de cuarteto californiano sonó divertidamente descacharrado provocando los primeros pogos. Me recordaron a otro icono underground contemporáneo como Jeff Rosesntock, quizás más en el fondo que en la forma. Hubo guiños a Oasis y Queens Of The Stone con versiones atropelladas de ‘Wonderwall’ y ‘Feel Good Hit Of The Summer’, respectivamente. El arranque enérgico que necesitábamos.

Sea con su propio nombre o con el de Bright Eyes, hacía muchos años que Conor Oberst no se dejaba caer por nuestro país, así que su presencia en el tercer escenario era digna de quedar registrada en nuestra ruta. Rock americano de corte indie ejecutado con precisión y las ganas de un Oberst muy motivado. Seguro que los fans acérrimos disfrutaron de éxitos pretéritos como ‘We Are Nowhere And It’s Now’ y ‘First Day Of My Life’ (todavía recuerdo cuando Cándido de Viva Belgrado la versionó en nuestro aniversario meses atrás), pero desde una distancia prudencial sentimos que la reacción de los presentes fue más reservada que entusiasta.
La jornada entraba en horario de máxima audiencia y nombres tan históricos como el de Iggy Pop comenzaban a asomarse. Cuando tomamos posiciones en el segundo escenario, nos encontramos a La Iguana posando de un lado a otro de la tarima sin que la banda tocara. El motivo: el sonido se había ido por completo debido a un fallo en un generador provocado por las altas temperaturas. Problema que acusó más duramente Gracie Abrams minutos antes. La cantautora, famosa por haber acompañado a Taylor Swift y Olivia Rodrigo en sus últimas giras, tuvo que improvisar la mitad de su actuación acústica en mano paseando por el foso ante las primeras filas y una muchedumbre de fans que se quedó a medias sin poder escucharla.

Para nuestra suerte, 20 minutos después y tras un amago fallido, los inconvenientes quedaron resueltos y pudimos disfrutar del padrino del punk por enésima vez. Obvio que Iggy ya no es ese animal salvaje que vimos en su día durante la reunión con The Stooges. A sus 78 años arrastra una cojera importante y su sempiterno pecho al descubierto exhibe tantas arrugas como una pasa. Seguro que él mismo es consciente de estar en el ocaso de su carrera, pero como buen superviviente, volvió a dejar claro que morirá con las botas puestas. Gracias a una banda que sonó espectacular y muy especialmente al acompañamiento de una sección de vientos que le daba un toque distinto a los clásicos de toda la vida (hubo mucho de Fun House y Raw Power: ‘T.V. Eye’, ‘Raw Power’, ‘Gimme Danger’…), mister Osterberg fue una vez más todo pundonor y actitud a pesar de sus limitaciones físicas.
Hubo quien optó por la retirada después escuchar ‘The Passenger’ y ‘Lust For Life’. Ellos se lo perdieron. Con el fin de recuperar el tiempo perdido, Iggy apretó el acelerador mientras escupía por la ventanilla ‘Death Trip’, ‘I Wanna Be Your Dog’, ‘Search And Destroy’ y ‘Down On The Street’. Debido a su estado, tuvieron que cargar con él para que se acercara a las primeras filas. Ni eso le detuvo. El último tramo decayó irremediablemente en cuanto a intensidad, pero ‘Frenzy’, de su última y recomendable placa Every Loser, y un standard imbatible como ‘Louie Louie’ se encargaron de culminar el repertorio con dignidad. Días antes habíamos visto la emotiva despedida de Ozzy Osbourne en Birmingham. Sin duda Iggy Pop merecería un homenaje similar, pero de momento para él la edad no es más que un número en el carné de identidad.

Al contrario que otras veces, esta edición del Mad Cool no planteó tantos dilemas existenciales en forma de solapes. El único que presentaba un verdadero debate entre una opción u otra fue la coincidencia horaria de Muse y Refused. Teniendo en cuenta que he visto a ambos en muchas ocasiones, y dado que mi divorcio con los británicos viene de lejos, se pueden imaginar por cuál de los dos me decanté. De todos modos, aproveché la diferencia de tiempo para cazar un par de temas del trío de Devon. Por mucho que haya desconectado de ellos, debo reconocer que cuando se ponen a rockear siguen siendo una formación espectacular. Reclutados a última hora para cubrir la baja de Kings Of Leon (creo que hablo por la mayoría al considerar su fichaje como una sensible mejora en la programación), abrieron con su recién estrenado single ‘Unravelling’ atronando de lo lindo, y junto a ‘Won’t Stand Down’ mostraron que todavía conservan la habilidad para combinar con acierto melodía y contundencia.
Consultando su setlist a posteriori, el planteamiento no debió variar demasiado respecto a su visita de 2022. Hubo espacio para las canciones obligadas de siempre (‘Hysteria’, ‘Time Is Running Out’, ‘Plug In Baby’, ‘Supermassive Black Hole’, ‘Knights Of Cydonia’), algunas que fueron desempolvadas del cajón de joyas (‘Map Of The Problematique’, ‘Unintended’, ‘Undisclosed Desires’) y otras que te hacen torcer el gesto cada vez que aparecen, caso de ‘Thought Contagion’ o ‘Compliance’. Con todo, estoy seguro de que quienes apostaron por ellos no se arrepintieron.

De los que sí podemos dar fe con total convencimiento es de Refused. El tercer escenario estaba a medio gas en cuanto a audiencia, pero eso no achantó a los de Umeä. Encarando sus últimos conciertos antes de decir adiós (parece que, esta vez sí, de manera definitiva), la principal diferencia que apreciamos fue que ahora han pasado a la formación de cuarteto con el The Soundtrack Of Our Lives Mattias Bärjed como único responsable de las guitarras. Por lo demás, ofrecieron el mismo concierto que hemos ido presenciando desde su retorno. En otras palabras: una furiosa descarga de energía contestataria liderada por Dennis Lyxzén. Cuesta pensar que hace un año el cantante sufriera un infarto, pues no mostró secuela alguna. Tan saltarín como de costumbre, nuevamente su dominio del micrófono nos dejó boquiabiertos, además de las acertadas proclamas a favor del pueblo palestino y la lucha de clases. Entre discurso y discurso, los bombazos habituales: ‘The Shape Of Punk To Come’, ‘The Refused Party Program’, ‘Rather Be Dead’, ‘Liberation Frequency’, ‘Summerholidays vs. Punkroutine’, ‘The Deadly Rhythm’… amén que alguna que otra entre lo poco rescatable de sus obras de reunión (‘Blood Red’, ‘Elektra’). Cerraron con uno de esos himnos infalibles cuando se trata de ponerlo todo patas arriba como es ‘New Noise’. Una pieza que no ha perdido ni un mínimo de ferocidad más de 25 años después de su edición. Aunque vayan de progres, Refused nos dieron la misma ración de siempre. Quien quiera otra y en la intimidad de una sala, en octubre tendrá la última.
Nos había llegado que la noche anterior en Barcelona Weezer habían dado uno de esos conciertos mágicos que solo ocurren cuando una banda acostumbrada a llenar arenas vuelve momentáneamente a un espacio reducido. Al igual que en la ciudad condal, la última vez que tocaron en Madrid fue hace más de dos décadas, por lo que la expectación de verlos al fin en nuestro país era máxima. Pero si el día antes habían dejado a todo el mundo contento, aquí no fue así. De base, ya contábamos con que Rivers Cuomo no es alguien que vaya sobrado de carisma. Así quedó reflejado a pesar de los tímidos esfuerzos por comunicarse en castellano. Pero lo que echó todo por tierra fue el sonido tan pobre que salía por la PA, del que solo se apreciaba la batería y una indistinguible bola de graves.

Esa suma de factores complicó el disfrutar de un catálogo de hits con su debut homónimo (el comúnmente conocido como The Blue Album) haciendo de hilo conductor. Por momentos casi parecían la versión stoner de una banda de power pop, restándole brillo a composiciones redondas como ‘My Name Is Jonas’, ‘Perfect Situation’, ‘In The Garage’ o caras-b tan bien valoradas como ‘You Gave Your Love To Me Softly’ y ‘I Just Threw Out The Love Of My Dreams’. La parte final remontó con ‘El Scorcho’, ‘The Good Life’, ‘Say Ain’t So’ como punto álgido y una celebrada ‘Buddy Holly’ maquillando ligeramente el marcador, aún sin evitar que cerráramos la noche con sabor agridulce. Si me preguntan, la decepción del fin de semana.
VIERNES 11
Regresamos temprano al recinto para una segunda jornada que se presentaba también calurosa. En ese contexto, la música de Hermanos Gutiérrez encajaba como anillo al dedo. De madre ecuatoriana y padre suizo, lo que despliegan Alejandro y Estevan es de un minimalismo tal que parece hasta fácil, pero precisamente ahí reside gran parte de su encanto. Armados cual bandoleros con sus guitarras y ocasionalmente con el lap steel y unas percusiones en loop, los Gutiérrez nos llevaron de paseo por el desierto a ritmo cumbia psicodélica e instrumental. Como si conformaran la versión latina de una banda sonora parauna película de Sergio Leone, títulos tan seductores y enigmáticos como ‘Thunderbird’, ‘Tres Hermanos’, ‘Low Sun’ o ‘Sonido Cósmico’ sentaron de maravilla entre una congregación sorprendentemente respetuosa ante su propuesta.

Antes de volver a adentrarnos en una de las carpas, vimos como el popular Benson Boone hacía una entrada espectacular ejecutando un salto mortal nada más salir a escena. Sinceramente, me quedé con ganas de comprobar la valía de este norteamericano que saltó a la fama el pasado año con el hit viral ‘Beautiful Things’. Pero tenía que quitarme la espina de no haber presenciado todavía Bad Nerves tras su cancelación en el último minuto abriendo para Descendents en Barcelona y perderme su posterior gira por salas. Para mi sorpresa, el escenario cubierto presentó un buen aforo, pero lejos de estar abarrotado teniendo en cuenta el crecimiento exponencial que vienen experimentando.

Cargados de pildorazos de speedico punk rock, en sus discos siempre he tenido la sensación de que los ingleses son el cruce idóneo entre Ramones y The Hives. Eso sí, en directo se asemejan más a los segundos. Con un slot de menos de una hora, deberían haber ido con el cuchillo entre los dientes sin apenas parones. ‘Plastic Rebel’, ‘Radio Punk’, ‘USA’, ‘New Shapes’ y el hitazo ‘Can’t Be Mine’ fueron despachadas con urgencia, pero hubiera agradecido más continuidad y menos chachara.

Hay artistas que cuentan con un respeto unánime por lo que representa su figura. En ese sentido, Alanis Morisette no tiene nada que demostrar a nadie, pero que precisamente en directo siga rindiendo a un nivel tan alto deja claro porque se ha mantenido en la memoria colectiva como uno de los grandes iconos femeninos de los 90. Su paso por el Mad Cool fue toda una celebración de aquella época de su carrera, con especial predilección por los temas de multimillonario Jagged Little Pill. Como se encargó de reflejar el video a modo de introducción proyectado en las pantallas, Alanis ha sido un ejemplo a seguir para las nuevas generaciones de cantautoras con perfil pop rock. Además de darle a la armónica, vocalmente estuvo esplendida sin haber perdido nada de ese timbre tan personal a la hora de interpretar éxitos como ‘Hand In My Pocket’ que descorchó el setlist, una ‘Ironic’ coreada a pleno pulmón, o esa declaración de intenciones llamada ‘You Oughta Know’ que sonó tan cruda y desgarradora como ya lo hacía 30 años atrás. Si alguien pensaba que por su posición en la parrilla a estas alturas andaría en horas bajas, Morisette defendió su estatus como una de los referentes definitivos de su tiempo. Uno de los conciertos más brillantes del fin de semana.

Precisamente era difícil de justificar que pintaban Jet en un horario y escenario mejor que el de la cantautora de Ottawa. No podemos decir nada de su actuación ya que aprovechamos para reponer fuerzas antes de la recta final del día, pero sorprende que dos décadas después de petar en las radios de todo el planeta con ‘Are You Gonna Be My Girl?’, una discografía corta (su tercer y último LP data de 2009) y un recorrido intermitente, todavía disfruten de una posición de privilegio en un evento masivo como este.

Por contra, Dead Poet Society representaron justo la cara opuesta de la moneda. O al menos por ahora, ya que da la impresión de que este conjunto de Boston, afincado en California, se encuentra en plena rampa de despegue. La cola de acceso a la carpa donde actuaban fue de las más kilométricas que vimos. No era para menos porque su rock alternativo a lo Royal Blood nos sacudió con fuerza a lo largo de 45 minutos en los que no tuvieron piedad. Esa actitud de “salir a matar” que eché tanto en falta anteriormente con Bad Nerves, aquí saltó por los aires gracias a los singles de su último trabajo Fission. Guitarras directas al mentón y estribillos certeros es lo que contienen ‘I hope you hate me.’, ‘My Condition’, ‘HURT’ y una ‘Running In Circles’ que cerró de manera notable un concierto del que muchos tomamos nota. El descubrimiento del festival.
Lo que no era ninguna sorpresa es que Nine Inch Nails serían los claros vencedores de este Mad Cool con aplastante autoridad. Si ya impresionaron a todo el mundo en 2018 dentro de un cartel lleno de bandas de primer nivel, en esta edición daba la sensación de que solo iban a competir contra sí mismos. Sin ir más lejos, Trent Reznor y sus acompañantes aparecieron 5 minutos antes de lo previsto, sin ningún tipo de ceremonia previa. Como si se hubieran propuesto superar su propio concierto de hace 7 años, salieron a por todas desde ‘The Beginning Of The End’ seguida de dos misiles tierra-aire de la talla ‘Wish’ y ‘March Of The Pigs’. Todavía aturdidos por semejante arranque, ‘Piggy’ concedió una perturbadora tregua aun manteniendo la presión en las primeras filas. Todo ello filmado en un riguroso plano secuencia en blanco y negro. Una realización que hubiera hecho las delicias del maestro David Lynch.

Con un setlist que ha estado en constante rotación a lo largo de esta gira bautizada como Peel It Back, Reznor decidió trazar una autopista con paradas específicas por toda su monumental obra. Precisamente, el binomio inseparable formado por ‘The Frail’ y ‘The Wretched’ representó el debut de los temas de The Fragile en el tour. Lo mismo acudía al aclamado The Downward Spiral para desatar la rabia industrial de ‘Heresy’, como rebuscaba en el fondo de catálogo para traer sonoridades de texturas sintéticas (‘Find My Way’ o una ‘Copy Of A’ cuyo juego de sombras proyectado en la pantalla hipnotizó a todo el personal). La alineación actual, con dos brazos fuertes como los de Atticus Ross y Robin Finck flanqueando a Reznor, y otros dos “secundarios” de primer nivel como son los habituales Alessandro Cortini e Ilan Rubin en la retaguardia, es tan potente como cualquier otra que hayan presentado en el pasado.
Seguían cayendo momentos excelsos como la interpretación de ‘Everyday Is Exactly The Same’ (bello de punta cuando Trent se quedó solo con la pandereta y el micrófono antes de encarar los últimos estribillos), una deseadísima ‘The Perfect Drug’ o el enésimo cóctel molotov en forma de ‘Burn’. Fueron las que precedieron a un sprint final con ‘The Hand That Feeds’ y ‘Head Like A Hole’, que no por obvias dejaron de impactar como si fuera la primera vez. Y tras toda la descarga de ruido, se hacía el silencio ante la llegada de una de las composiciones más estremecedoras de la historia. No importa cuantas veces la hayas escuchado en vivo. El aguijón emocional ‘Hurt’ siempre se clava con la misma intensidad, cortando la respiración de los presentes. Tan solemne como si fuera la última vez que la fueran a tocar, uno tenía que agarrarse a su yo interior o a quien tuviera al lado para atravesar semejante experiencia. Igual que en 2018, Nine Inch Nails vinieron, tocaron y vencieron imponiendo su ley y su sello marcado a fuego en el corazón del festival.
SÁBADO 12
Con idéntica dinámica a la del viernes, la última jornada se abría con otra banda de hermanos y una tarde calurosa de fondo. Llegados desde Australia, The Teskey Brothers pusieron una agradable nota de blues y soul clásico. El feeling de su cantante Josh Teskey recordaba al mejor Otis Redding, al tiempo que su hermano Sam dotaba de idéntica sensibilidad cada nota que salía de su guitarra. Desconozco si hubo muchos fans suyos entre el público, pero ayudaron a llevar algo mejor la espera de las tropas de adolescentes y familias enteras que ya se agolpaban ante el escenario principal esperando la gran atracción del día.

Un poco más lejos, teníamos nuestra cita habitual con St. Vincent. Nos hemos acostumbrado a verla cada año por nuestro país, pero la devoción que sentimos por Annie Clark es irreversible. Aunque, a decir verdad, nuestra heroína no tuvo el mejor de sus días. A ‘Broken Man’ le falló el sonido en su explosivo cierre al tiempo que Clark se peleaba por tener que tocar a plena luz del día. Cuesta adivinar si su actitud, más excéntrica que de costumbre, se debió a ello o simplemente optó por un perfil más teatrero. El caso es que siempre se agradece escuchar esa suerte de pop industrial (‘Fear The Future’, ‘Los Ageless’, ‘Big Time Nothing’) que solo ella sabe facturar como nadie, independientemente de la fase en la que se encuentre. Y es que tan pronto te canta un tema a lo James Bond como ‘Violent Times’, se sube a la valla para dejarse rozar en ‘New York’ o nos vuela la cabeza con el mantra de ‘All Born Screaming’. Da igual el tiempo que pase que ni el calor puede doblegar el magnetismo de una vampiresa tan cool como St. Vincent.

Es verdad que el año pasado pude chequear el fenómeno de Arde Bogotá en el Azkena Rock Festival. En aquella ocasión me parecieron simplemente una banda correcta dentro de un contexto que no era el suyo. Ahora con todo a favor, esperaba encontrarme con el despliegue de los murcianos en todo su esplendor. Y así fue… lo cual no me pudo horrorizar más. Disfrutaron de una de las mayores concentraciones de público del día en un segundo escenario engalanado simulando un rocoso paisaje desértico. Pero amigos, las señales de carretera no apuntaban hacia Palm Desert, sino a Cartagena. Y lo digo con todo el respeto, pero no pude evitar pensar que estaba ante un espectáculo tan de cartón piedra como la propia escenografía. Ya no solo por unas canciones básicas en exceso sin mayor complicación más allá de su propósito para ser coreadas por la multitud, sino porque todo lo que rodea al grupo parece impostado de tal manera que dificulta tomárselo en serio.

Si ya de por sí las letras parecen escritas con la inteligencia emocional de un quinceañero (la forma en la que ‘Veneno’, ‘Qué Vida Tan Dura’ y ‘Cowboys De La A-3’ recurren a clichés cutres sobre coches, bebida y carretera da bastante grima, la verdad), ver a su cantante Antonio García interpretarlas con una pose afectada digna del peor Bunbury los convierte una formación altamente insufrible. Alguien debería advertirles que por mucho que metan palabrotas en sus temas, eso no les hace parecer más duros cuando en realidad suenan totalmente inofensivos. Hasta cuando tocan algo que provoca un mínimo de interés como ‘La Torre Picasso’, terminan echándolo todo por la borda recurriendo a un coro facilón para estadios. Puede que para quienes acuden a los festivales clónicos de indie que pueblan nuestra geografía cada fin de semana durante el verano, Arde Bogotá sean el gupo más grande del rock nacional en la actualidad. Pero créanme, en España tenemos muchas y mejoras bandas como para andar perdiendo el tiempo con semejante medianía.
El contraste llegó al trasladarnos al escenario principal, donde un ejército de livies aguardaba ansioso la aparición de su ídolo. Muchos confunden a Olivia Rodrigo con la enésima estrella de pop adolescente, cuando la realidad es que esta jovenzuela rockeó más que los mencionados en el párrafo anterior o esa broma de mal gusto llamada 30 Seconds To Mars. Que la intro escogida para el show fuese el ‘We Got The Beat’ de The Go-Go’s, ya nos dio una idea del tipo de música con el que ha crecido. Otra señal inequívoca es que no vimos ni un solo bailarín, sino a una banda al completo formada por mujeres que sonó con toda la mala leche del mundo cuando se arrancaron con una endiablada ‘Obsessed’.

Admito no estar del todo familiarizado con su repertorio, pero me asombró cómo fue capaz de emocionar a una audiencia tan joven con una canción sobre una ruptura sentimental como ‘Drivers License’. La imagen de una niña que apenas debía tener 10 años cantando la letra entera mientras lloraba a lagrima viva será algo que tardaré en olvidar. Si eres capaz de llegar de transmitir con semejante intensidad a miles de chavales que aún están descubriendo de que va esa cosa llamada vida, entonces es que algo debes estar haciendo bien. Mis respetos. Contentó a los fans con ‘All I Want’, una pieza de su etapa adolescente que apenas se ha dejado ver en sus conciertos. Pero Rodrigo también es sinónimo de diversión y desparpajo. Sabe cómo llenar un escenario con una simple mirada picarona mientras saca la lengua y la banda acomete ‘Bad Idea Right?’, ‘Deja Vu’, la contagiosa ‘Good 4 U’ y una coreadísima ‘Get Him Back’ encargándose de cerrar una actuación que se pasó volando. Por todo eso y mucho más, Olivia ya tiene galones de estrella mundial con apenas un par de álbumes y 22 años. Iba para princesa Disney, pero eligió coronarse como la reina del sábado noche en el Mad Cool.
Dentro del juego que es elegir tu propia aventura, había que decidir el final que le poníamos a esta edición. Si echarnos los últimos bailoteos con Justice, o comprobar en qué estado se encuentran Bloc Party. Apostamos por los londineses que, pese a no haberse acercado nunca al éxito de su ópera prima, se las han apañado para seguir figurando en citas importantes como esta. Intuyo que su fandom se mantiene en torno a la nostalgia de aquel Silent Alarm que tanto sonó a mediados de los 2000s en la escena indie junto a Interpol, Franz Ferdinand, The Killers o Kaiser Chiefs. Hubo recuerdos a ese trabajo en la inicial ‘So Here We Are’, ‘Banquet’, ‘Like Eating Glass’ o ‘Helicopter’, pero también muestras de su evolución en experimentos como ‘Mercury’ y la bailonga ‘One More Chance’, reflejando las inquietudes de Kele Okereke y Rusell Lissack, únicos supervivientes de la formación original.
Dábamos así carpetazo a otro Mad Cool con buenos momentos pero falto de conciertos memorables que vayan a permanecer en el recuerdo colectivo (con la salvedad de Nine Inch Nails, por supuesto). Lo que sí es de celebrar es que el evento se haya consolidado definitivamente en Villaverde, con un recinto que ya empieza a resultarnos familiar y capaz de manejar a una masa considerable de gente sin mayores dificultades. Y sé perfectamente que un festival como este dista de ser idílico (sobre todo para los vecinos que tienen que soportar el ruido de madrugada), pero no negaré que, a poco que vuelvan a confirmar a un puñado de mis artistas favoritos, me tendrán de nuevo allí. Por cierto, en 2026 se cumplen 10 años de su primera edición, así que veremos si nos tienen preparado algo especial para celebrarlo. ¿Qué tal traer de nuevo a Neil Young, por ejemplo?
GONZALO PUEBLA









