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Crítica de la película ‘Springsteen: Deliver Me From Nowhere’

Hace unas semanas, mirando una Popular 1 en la librería debajo de mi casa, leí a un lector escribir que escuchar a Alice In Chains era como escuchar una herida abierta. Igual fue algo ligeramente diferente. No tengo la revista, no puedo revisarlo, pero en mi mente se quedó ese concepto. El biopic de Bruce Springsteen ha supuesto, en la psique del que teclea estas palabras, abrir sin demasiada delicadeza una herida cauterizada.

Recuerdo que de pequeño, compartiendo habitación con mi hermano, fan irrefrenable del Boss, lo único posible era hacerte aliado del de Nueva Jersey. No había tregua posible, a todas horas sonaban sus discos. Mejor acostumbrarse. Conforme iba asomando la pubertad, intuía lo que ese tipo de voz rasgada y fotos que parecían de otro tiempo quería contar. Mi hermano se hizo con los libros de sus letras traducidas. Daban respuestas a lo que todo un chaval de una ciudad pequeña quería saber. Era mejor que apostar tu propina en las chorradas de Ray Loriga. En esas letras había intimidad, liberación, sueños rotos y promesas incumplidas. Aunque a esa edad lo que más me atrajo fueron las ganas de correr sin mirar atrás, correr porque si parabas te ahogabas con el sudor de tu frente. Correr también porque sí, porque tu ambiente pedía ser pasado. Los pensamientos de ese creador indómito, Bruce Springsteen, te cegaban. Algunos pensaréis que estoy divagando, pero no puedo reseñar esta película sino desde la experiencia personal.

No es el biopic de cualquier estrella de rock, sino de una estrella de rock anti heroica. Ese ser que tramitó sus estudios sobre su país viendo películas como Malas Tierras, Las Uvas de la Ira o La Noche del Cazador. Con esas referencias, se hace totalmente viable que cuando recuerda una infancia marcada por la esquizofrenia sin salida de su padre, sea en blanco y negro. Excelente el británico Stephen Graham en ese hombre que no quiere ser explicado, o si se explica es en las volutas de humo de sus cigarros y sus botellas de cerveza, que es lo mismo que explicar la supuesta nada de la locura. Es la historia de Springsteen tras varios éxitos nacionales encerrándose y dando voz a los desheredados de Estados Unidos, aquellos a los que se negó de nacimiento el sueño americano y las redenciones. Un tipo con una grabadora de cuatro pistas creando arte con la aspereza que le piden esas canciones. Abocándose a la depresión y la huida de una relación injusta para con su pareja.

Es valiente el director Scott Cooper y el propio Springsteen en situar la película en el disco menos comercial a priori de su historia, esa obra maestra que es Nebraska. El actor Jeremy Allen White, el elegido para encarnar al héroe de la clase trabajadora, sólo necesita unos pocos gestos para expresar lo necesario, que es todo. Ni excesivo dramatismo ni la bravuconería del éxito global. Eso es un apéndice sin narrativa, un apunte final. Y da más que el pase en lo de cantar. Están también los ecos del melómano: Stone Poney, la música de Suicide, Astbury Park.

Me ha hecho recordar que al irse mi hermano de casa a mis dieciséis años se llevó todos esos vinilos y bootlegs, y con ellos parte de mis consuelos adolescentes. Ahora ni siquiera se molesta en verlo, dice que ya le vio en directo cuando había que verlo. No lo dudo, lo vio en muchas ocasiones. Que no es lo mismo sin Danny Federici o Clarence Clemons. Yo sólo sé que echo de menos una persona cuyo eje vital era Springsteen. Había otros valores, otras actitudes. Por eso aquello de haber reabierto una herida. Al fin y al cabo, el arte, en este caso el séptimo, sirve para que nos conmueva.

Siempre dije que Nebraska es un cancionero para despedirse a lo grande. Un disco, una escopeta y un adiós. Afortunadamente Springsteen encontró consuelo, que no total sanación, en la terapia. Afortunadamente está vivo para ver uno de los periodos más salvajes, descarnados y depresivos del rock, un periodo que él mismo protagonizó, en el cine. El hasta siempre se ha vuelto hasta luego, y eso siempre es bueno. “I saw her standing on her front lawn”

IGNACIO REYO