En ocasiones veo demasiados cadáveres despachados por la crítica que no necesariamente deberían ir a la morgue con tanta celeridad. Hablo de grupos cuya trayectoria abarca décadas, en las que ha habido excelencia y también mediocridad. Cheap Trick entra en esa categoría.
Sus primeros discos son excelsos, sobresalientes, para luego, en los ochenta, perderse como tantas otras bandas. Lo que nadie sospechaba es que, desde su reivindicación por varios conjuntos grunge y alternativos en los noventa, nos fueran a dar tanta serotonina con álbumes en los que se revitalizaron como nadie esperaba ya a nivel creativo.
Por eso me parece injusto valorar sus últimas obras bajo un prisma que no considere todas las circunstancias. Cuando salió la reseña del anterior disco de Cheap Trick, le pregunté a Jordi Meya por qué le había dado un cuatro. Me preguntó cuántas canciones del disco me gustaría escuchar en directo. Si se piensa bien, es una cuestión más compleja de lo que sugiere.
Obviamente, alguien que los vea por primera vez preferirá los grandes éxitos y los temas legendarios; pero si eres un fan fatal, es evidente que valorarías que ese grupo tan único en tu universo apostara por lo último que han publicado, y más si se trata, como en este caso, de un disco otoñal —por la edad de sus miembros, que no por su tono— que te alegra cualquier tarde triste.
Si ya el anterior me pareció un buen disco, aquí lo superan. Las guitarras de Rick Nielsen son más prominentes y la voz de Robin Zander, a sus más de setenta años, sigue sonando como quien hubiera encontrado la piedra filosofal para su labor.
Por otro lado, es cierto que la banda tiene asimilados algunos automatismos por los que componer temas bajo cierta fórmula se les da bien. ¿Podrían arriesgar más? Sí. ¿Componer mejores temas? A estas alturas de su vida ofrecen lo mejor que pueden ofrecer, y eso debería validar la existencia de este nuevo trabajo. ¿No es acaso un pequeño milagro poder disfrutar de una canción de la talla de ‘The Best Thing’? Pocos son los temas que suenan reiterativos y, aun con esa particularidad, entran mejor que un buen martini al mediodía.
Porque lo que demuestra este álbum, y este título en particular, es que celebra la vida: te inyecta felicidad en todos los miembros corporales y te sacude la angustia del día a día. La declaración de intenciones del tema título ya aclara muchas cosas. ‘Bad Blood’ o ‘Love Gun’ son piezas que nos dejan con cierto sentimiento de que más vale disfrutar de lo que tenemos, porque en cualquier momento se puede ir todo para siempre.
Así que, si vuelven por cuarta vez por estas tierras, no me importaría que le dieran su importancia a este disco. ¿Acaso no les pedimos lo mismo a otras bandas como The Cult o AC/DC? Respetar en el listado los éxitos, pero sin dejar tirados los nuevos temas. Más en el caso de The Cult y Cheap Trick que en el de AC/DC, por citar tres bandas que no suelen variar excesivamente lo que nos ofrecen en concierto.
Un notable bajo, pero un notable al fin y al cabo, y eso en unos veteranos que parecen no querer jubilarse en cuanto a fabricar canciones es lo justo.
IGNACIO REYO









