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X-Men: Fénix Oscura

La Patrulla X se despide con un mustio reflejo de lo que llegaron a ser.

Simon Kinberg se incorporó al universo mutante con el guión de la tercera entrega de la saga, una película que rompía con el tono establecido en las dos primeras entregas y que por primera vez no firmaba Bryan Singer. Kinberg se incorporó al universo mutante con la película de Brett Ratner y a eso es precisamente a lo que evoca este X-Men: Fénix Oscura de casting temible. Que la película nos devuelva esas sensaciones no tiene que ser algo necesariamente malo (tenía buenos momentos la peli de Ratner, pero llegó antes de tiempo), pero lo hace porque parece una película escrita hace quince años a la que no le han dedicado demasiado esfuerzo.

Su brutal ausencia de carisma, de sentido de la diversión o la maravilla y una languidez extremadamente forzada pesan más que cualquier escena de acción genérica pero elegante. Eso sin contar la que tiene lugar en Nueva York, porque ni la planificación es modélica ni la recreación de la ciudad a través de una calle funciona. El rostro contractual de la mayoría del reparto tampoco ayuda demasiado a que nos metamos en situación. La Patrulla X se despide con un mustio reflejo de lo que llegaron a ser no hace tanto tiempo. Pero no es un adiós. Es un hasta pronto. Los mutantes se mudan y eso requiere un tiempo. Esperemos que no se pierdan por el camino. Esperemos que Los Nuevos Mutantes llegue a verse algún día. Tal vez sea lo que realmente necesitábamos.

MIGUEL BAIN