Durante 15 minutos pareció que White Reaper estaban en el bombo de bandas de rock que podían salir del circuito de clubs y aspirar a cotas más altas. Pero ni su fichaje por la multinacional Elektra, ni abrir para Pearl Jam o The Killers, ni contar con Billie Joe de Green Day entre sus fans les sirvió para dar el salto.
De hecho, después la pobre repercusión de su anterior Asking For A Ride hace un par de años, Elektra los traspasó a Blue Grape Music -un joven sello cajón de sastre en el que caben desde Code Orange a Spiritual Cramp- y la sección rítmica formada por los gemelos Sam y Nick Wilkerson decidió dejar el grupo viendo que no iban a ninguna parte. De acuerdo, perder a tu bajista y batería no es un obstáculo insalvable, pero desde luego desgasta y algo de eso se nota en Only Slightly Empty, un disco que no llega ni a la media hora y donde los de Kentucky intentan retomar las buenas sensaciones de sus inicios, pero se quedan lejos.
Al cantante y guitarrista Tony Esposito no se le ha olvidado escribir algunas buenas melodías, su voz, aguda y raspada, sigue teniendo un timbre original y cuando intercambia riffs con Hunter Thompson y el teclista Ryan Hate crean un híbrido entre garage rock, grunge y power pop que resulta bastante atractivo en cortes como ‘Blink’, ‘Honestly’, ‘Freakshow’ o ‘Eraser’, con sus guiños a los Pixies. Sin embargo, en ningún momento acaban de rematar la faena como sí lograron en el pasado en temazos como ‘Judy French’, ‘Might Be Right’ o ‘Pages’, y la abundancia de medios tiempos en la segunda parte del álbum a partir de ‘Blue 42’ hace que el globo se vaya deshinchando paulatinamente hasta llegar a una suerte de balada ochentera ‘Touch’ que cierra el álbum sin pena ni gloria.
Desgraciadamente para White Reaper, el título de su segundo álbum The World’s Best American Band va camino de quedar como un simple chiste en lugar de una premonición. La competencia está demasiado dura como para que después de una década en activo sigan dejando pasar oportunidades por las que otros grupos matarían. Me temo que la próxima, quizá sea la última.
JORDI MEYA









