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Terminator: Destino Oscuro

¡Hasta la vista!

Parece mentira que aún nos rasguemos las vestiduras cada vez que Hollywood nos vuelve a engañar con otro producto diseñado exclusivamente para sacarnos los cuartos. Cuando hace quince años el bueno de Jonathan Mostow se encargó del tercer título de la saga, la secuela más corta de las cinco y solamente un minuto más larga que la película original, nadie le perdonó ofrecer una visión más desenfadada que la adorada entrega anterior. Aquella en la que James Cameron gastó (bien gastado) hasta el último centavo de la que fue la película más cara de todos los tiempos.

Con Mostow hundido, el siguiente en pagar el peaje del olvido fue McG, que pasó de sus Ángeles De Charlie a una roñosa odisea futurista donde todo nos daba igual. 

Contra todo pronóstico, Alan Taylor, que venía de destrozar la secuela de Thor, ofreció en Terminator Génesis un divertidísimo regreso a la esencia de lo que debía ser la franquicia. Un cruce estupendo y juguetón entre la primera y la tercera entrega, con voz propia y, maldita sea, un mal casting.

Por lo que sea, Cameron, que en un principio parecía encantado con la génesis, terminó renegando de ella. Supongo que no haber hecho una taquilla a la altura de los grandes del momento debió escocer, así que prometió regresar a la esencia de la saga y continuar la historia donde quedó tras los acontecimientos del día del juicio final.

Bien, pues en una maniobra similar a la que perpetraron en el último (y paupérrimo) Halloween, Cameron y Tim Miller han contado con media docena de guionistas para tratar de regresar al pasado. Y ahí está, otra vez, el gran error de toda propuesta de la franquicia con la excepción de Salvation: volver a la misma historia. 

Con un prólogo digital y frívolo, que despacha en un santiamén toda posibilidad de volver a un pasado mejor, Terminator: Destino Oscuro se empeña en recrearlo con peores ingredientes. O tal vez algo más indigestos. Los errores de casting no empiezan y acaban en México, porque el mayor problema de todo el reparto es Linda Hamilton. La que fuera la gran Sarah Connor de los ochenta y noventa no aguanta el reto. Su interpretación se ve desganada, pálida, como si ni siquiera se haya esforzado por el cheque.

Pero es que el resto del reparto no se encuentra mucho mejor con la excepción de Mackenzie Davis, que a pesar de no terminar de encontrar el éxito o la película redonda que merece sabe transmitir humanidad. Algo más complicado de lo que parece en su  papel.

Ni Diego Boneta ni Natalia Reyes resultan lo suficientemente carismáticos, y la película roza el ridículo en más de una ocasión. En algunas ocasiones ese ridículo logra sortearse gracias al aura de un Arnold Schwarzenegger ya cansado, aunque otras veces estalla en la pantalla sin remedio.

La ensalada digital avanza a trompicones y con el que sin duda es el peor libreto de la franquicia hasta un desenlace que, ahora sí, podría ser el último. De momento Cameron ya parece estar echando balones fuera. Otra vez.

MIGUEL BAIN