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STEVE GUNN – ‘Daylight Daylight’

Probadlo tras un día ajetreado, antes de irse a dormir, o en una mañana lluviosa de domingo. Funciona.

Steve Gunn es, probablemente, uno de los guitarristas acústicos más interesantes de las últimas dos décadas. Y si hablamos de músicos abonados al fingerpicking, la lista de contendientes por el trono se reduce drásticamente. No es una exageración entusiasta: es un diagnóstico compartido por un sector de la crítica especializada que lleva más de una década señalándolo como una figura capital del folk contemporáneo.

Cantautor de voz nasal, intuición audaz y digitación pausada y elegante, Gunn camina con un pie en la tradición del American primitive —la genealogía que va de John Fahey a Jack Rose o Robbie Basho— y otro en la cosmic americana, más dada a la introspección que al himno. No en vano, entre sus influencias declaradas figuran Michael Chapman, Sandy Bull y el minimalismo de La Monte Young.

Su pedigrí se entiende mejor repasando algunas de sus alianzas: viejo cómplice de Kurt Vile —militó en The Violators y grabó con él un split—, colaborador de Cass McCombs (la luminosa ‘Sweet Lucy’ sigue siendo, para muchos, su tema más reconocible); hasta Mdou Moctar lo acompañaron en el formidable EP Nakama (2022), donde juntos elevaron ‘Protection’ a la categoría de nuevo clásico transoceánico. A ello hay que sumar colaboraciones con figuras clave del folk experimental como Mike Cooper, además de su presencia habitual en proyectos colectivos e instrumentales que amplían su rango creativo.

Lleva más de quince años publicando música en solitario —debutó discográficamente con el EP Boerum Palace (2009)— y desde aquel memorable Way Out Weather (2014), probablemente su mejor disco y uno de los grandes álbumes acústicos de la década pasada, no ha dejado de escribir algunas de las páginas más inspiradas del folk contemporáneo de ascendencia progresiva. Su producción es apabullante tanto en lo cuantitativo —más de veinte referencias entre álbumes, EPs, singles, splits, colaboraciones y proyectos paralelos— como en lo cualitativo: todos sus discos superan holgadamente el notable. Y lejos de agotar su musa, Gunn parece funcionar por combustión lenta: cuanto más publica, más claro resulta que su talento no tiene fondo.

El año 2025 ha sido especialmente revelador en este sentido: ha editados dos discos radicalmente distintos pero secretamente comunicantes. El primero fue Music for Writers, un álbum instrumental concebido durante una residencia artística en Letonia. Gunn lo planteó explícitamente como un experimento: música pensada para acompañar la escritura, la concentración, cualquier proceso creativo que necesite espacio más que estímulo. Podría definirse como ambient guitarrístico: minimalista, basado en texturas, drones suaves y paisajes sonoros abiertos, donde la guitarra deja de narrar para sugerir.

Daylight Daylight es la otra cara de ese gesto. El regreso a la canción, sí, pero filtrado por esa experiencia previa del silencio. Publicado ya fuera de Matador y bajo el paraguas de No Quarter, el disco suena a liberación creativa: menos exigencias comerciales, más esencia. Aquí Gunn parece reconectar con el espíritu de Way Out Weather, armado tanto con los aprendizajes del vacío explorado en Music for Writers como con la elegancia melódica de Other You (2021).

Como viene siendo habitual en su obra, las canciones de Daylight Daylight tienen un efecto terapéutico, casi sanador: son caricias para el alma, ‘apapachos’ —que dirían en México—, música que baja pulsaciones y ordena el ruido interior. Probadlo tras un día ajetreado, antes de irse a dormir, o en una mañana lluviosa de domingo. Funciona.

Las siete canciones avanzan con paso lento, sostenidas por un fingerpicking exquisito pero nada exhibicionista. La técnica de Gunn —hipnótica, precisa, llena de pequeños bucles— nunca busca el lucimiento, sino el clima. Además, la maravillosa producción de James Elkington la engrandece: arreglos camerísticos, cuerdas y maderas que aparecen como luz lateral, nunca como ornamento.

Destaca ‘Morning on K Road’, inspirada en un paseo neozelandés y atravesada por la memoria del baterista Hamish Kilgour y pieza clave de sus admirados The Clean, despliega un tono elegíaco y una melodía que parece flotar, sostenida por una guitarra que no subraya: acompaña. Por su parte, el tema titular actúa como núcleo emocional del disco: luz crepuscular, aceptación serena del paso del tiempo, una belleza que no necesita clímax. ‘Hadrian’s Wall’ destaca por la cadencia y la originalidad de sus arreglos, una combinación sutil de folk, jazz latente y resonancias casi morriconianas. Y ‘A Walk’, que cierra el álbum, es exactamente eso: una caminata lenta, ideal para un atardecer de otoño, cuando el paisaje exterior y el interior empiezan a confundirse.

Con todo, Daylight Daylight no es un disco inmediato ni complaciente, pero sí profundamente reconfortante, sensible y humano. Uno de esos trabajos que deberían figurar en cualquier lista de lo mejor del año, aunque probablemente no lo hagan. No es casualidad que, así las cosas, Steve Gunn siga siendo —y quizá siempre será— un secreto a voces: un trovador más interesado en la verdad que en el aplauso. Y tal vez ahí resida su grandeza. Porque hay músicas que funcionan mejor lejos del foco; quienes le seguimos la pista desde hace tiempo lo sabemos bien. Por eso esperamos su regreso por nuestros escenarios en abril no para confirmar nada, sino para dejarnos mecer de nuevo por canciones que no piden atención: la merecen

JON AGUIRRE SUCH