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Sesión Salvaje

Sangre, sudor, droga y palomitas.

Es muy posible que te haga llegado algo del ruido generado a su paso por el festival de Sitges, y no es para menos. Sesión Salvaje es un torbellino de recuerdos y memoria histórica de un cine de barrio algo diferente al que se programaba en el popular programa de Parada.

En apenas hora y media (no llega), el documental de Paco Limón y Julio César Sánchez, con producción de FLixOlé y los Apaches de Enrique Lavigne, regala un inesperado, fastuoso, necesario y reconfortante viaje a un pasado que además de ser mejor también fue mucho más entretenido, libre y rico en contenido.

Con un sinfín de caras más o menos conocidas y anécdotas que nos harían pagar lo que queda en nuestra cuenta corriente por una máquina del tiempo que nos situase en ese espacio-tiempo, el documental es un repaso monumental a todo el cine popular gestado a la sombra de la dictadura y liberado de cualquier tipo de atadura posteriormente. Emociona especialmente el apartado en que Diego San José nos recuerda los viejos días del videoclub y cómo aquellas estanterías llenas de polvo eran, a su manera, igual de efecticas que las iluminadas avenidas de las grandes ciudades llenas de viejos cines.

Pero Sesión Salvaje también es una fiesta, y como tal, hay sitio para el erotismo, el cine quinqui, el fantástico menos encorsetado y el politiqueo. Además, el trabajo cumple con creces a la hora de reivindicar títulos entre olvidados y desaparecidos, películas todas ellas que deberían estar en un museo. No es nada habitual que un título de estas características, destinado al amante del género (si aceptamos ‘españolada’ como tal), nos obligue a sumergirnos en busca y captura de títulos como Condenados A Vivir o Los Violadores, ejemplos de extremismo y autoría sin parangón que dominaban nuestro cine hasta que algunos empezaron a cansarse de la jugada.   

Sesión Salvaje es un emocionante ejercicio de celebración, justicia y cinefilia apasionada cuando recuerda la libertad genial de nuestro cine de entonces, pero más aún cuando nos recuerda que lo importante eran las ganas y la ilusión. Del cine y del espectador. Sobre todo del espectador. Ahora nos toca a nosotros recuperar nuestro legado y volver a poner las cosas en su sitio. Las películas en las salas y los espectadores en las butacas.

MIGUEL BAIN