Ignoro si muchos de nuestros lectores habrán dispuesto del interés, o el tiempo, suficiente para haber visto el documental Leaving Neverland, cuyos dos capítulos alcanzan las cuatro horas. Pero creo que todo el mundo debería hacerlo, por incómodo que resulte o te haga replantear qué hacer con tus discos de Michael Jackson.

Madness Live!

Casi todo el minutaje lo ocupan los testimonios de Wade Robson y James Safechuck, dos de las presuntas -aunque después de verlo, me cuesta usar el adjetivo- víctimas de abuso sexual por parte de Jackson cuando tenían 7 y 10 años. Parte de la controversia que ha rodeado el documental -aparte del morbo inevitable que sigue despertando la figuara del artista y por las descripciones explícitas sobre sus relaciones- es que, en el juicio en 2005, ambos testificaron a favor de Jackson asegurando que el cantante nunca había tenido un comportamiento inapropiado con ellos. La familia de Jackson les acusa de haber accedido a cambiar su versión por una cuestión económica. Pero para mí lo que les da , y lo valioso del documento, no es tanto lo que cuentan sino el cómo lo cuentan.

Más allá del trauma que les haya quedado -más evidente en el caso de Safeshuck- lo revelador es que no hablan de Jackson como un monstruo que les forzara violentamente a realizar actos que no querían, sino que relatan que accedieron, o participaron activamente en ellos, precisamente por su amor por el artista. Evidentemente esto no exime de ningún tipo de responsabilidad al adulto (cuya manipulación de los pequeños y sus familias es evidente), pero ofrece una nueva perspectiva, o al menos otra perspectiva, sobre cómo suele tratarse el tema de los abusos. Es la complejidad de la relación entre abusador y abusado la que casi siempre se pasa por alto. El sentimiento de culpabilidad por haber sentido partícipe, de un modo u otro, de un acto que la sociedad, y la ley, reprueban es lo que lleva a tantas víctimas a negar los hechos o incluso a llevárselos a la tumba. Varios estudios dicen que hasta un 75% nunca llegan a contarlo.

Quienes ahora acusan a Robson y Safechuck de haber encubierto a un pedófilo no entienden que, protegiendo a Jackson, en el fondo, se estaban protegiendo a ellos mismos. ¿Y quién puede culparles? Nadie debería sentirse con el derecho, o la autoridad, para cuestionarle a una víctima de abusos sobre cómo, cuándo o por qué decide contar su experiencia. Lo mínimo que se merecen es nuestra comprensión, apoyo y empatía. Quizá si Jackson la hubiera encontrado de niño, también su vida habría sido muy distinta.

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