Foto: Jerry Robinson

A priori, los proyectos paralelos deberían servir para que los músicos expandan horizontes y den salida a inquietudes que no pueden desarrollar en su banda principal. Sin embargo, en la práctica, pocos suelen aventurarse de verdad y acaban sonando como una versión descafeinada del original. The Bronx es una de las brillantes excepciones.

Desde que en 2007 estos punk rockers de Los Ángeles anunciaron que iban a grabar un disco de música mariachi, el grupo ha llevado lo que parecía una broma hasta sus últimas consecuencias, hasta el punto de que la demanda y la capacidad de convocatoria de Mariachi El Bronx es superior a la de la banda madre. Aun así, hacía ya doce años que no publicaban un álbum con material nuevo. En cierto modo, que espacien sus lanzamientos no es mala idea, porque, a menos que seas un gran amante del folclore mexicano, la novedad inicial podría tener las patas muy cortas.

De hecho, tengo que reconocer que, cuando me puse por primera vez su cuarto trabajo, la sensación fue la de volver a un lugar en el que has pasado muchas vacaciones: está bien, pero la excesiva familiaridad le resta emoción. Esa impresión se mantuvo durante los primeros temas. Las melodías de Matt Caughthran, los arreglos de trompetas, los tempos… todo me sonaba demasiado parecido a lo que ya había escuchado en sus discos anteriores. Pero, como si cada canción fuera un sorbo de tequila, poco a poco me fui entonando y, a partir de la juguetona polca de ‘El Dorado’, con el acordeón en llamas, empecé a disfrutar de verdad del resto del álbum.

Sinceramente, también creo que es en la segunda mitad donde se concentra el mejor material y adquiere más cuerpo: destaca ‘The Takers’, un paseo a caballo por un paisaje crepuscular; ‘RIP Romeo’, una oda al “world’s greatest lover” con violines exuberantes; el vals de ‘El Borracho’; ‘Tie You Down’ y su repique de guitarras; o la más lounge ‘Into the Afterlife’.

Lo que en muchas manos podría haber acabado siendo una parodia vuelve a salir victorioso en las de estos gringos, gracias a su amor sincero y a su respeto por la cultura autóctona de su ciudad.

JORDI MEYA