Los primeros rayos de luz iluminan la calle. Hace frío y la niebla quita visibilidad. Empieza la jornada laboral para ese jovenzuelo de Manchester. Pide moneda en la avenida comercial. En su cara se ve el reflejo de una dura noche de insomnio, en sus delgados brazos las consecuencias de los malos vicios.

Recuerda los buenos tiempos. Aquellos en los que se escuchaba ‘All The Small Things’ de Blink-182 con los colegas de cuadrilla, aquellos en los que metía goles en el recreo. Los de las noches locas de discoteca con The Prodigy.

¿Cuándo fue que perdió el control?. Quizá con Phantomas, o a lo mejor con Mr Bungle. El caso es que le gustaba aquello de fumar y escuchar música tendido en la cama. Miraba el techo y pensaba en el futuro.

Luego vino todo aquello del Nuevo Emo y empezó a sentirse mal consigo mismo. Fue capaz de perder la autoestima. Se metió en su propio bucle. Analizó cada estrofa de ‘Boulevard of Broken Dreams’. No volvió a sentirse identificado con ningún estilo de música. Perdió la fe en la industria. Se sintió conejillo de indias. Rehuyó de los Sex Pistols.

El silencio se impuso en su vida. Sólo el click de las agujas. Sólo los pasos y el ruido de los zapatos mojados. Nunca más vio los coloridos videoclips de Britney Spears y Christina Aguilera. Pero la luz al final del túnel se dejó ver por primera vez. Escuchó lo último de Bring Me The Horizon y lo entendió. A veces hay que desviarse del camino marcado para encontrarse.

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