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La otra pandemia

LO PEOR DE MÍ - La columna de Jordi Meya

Aunque el impacto del COVID-19 está siendo devastador para el sector de la música, en las últimas semanas estamos asistiendo a otro tipo de pandemia aún más preocupante. Prácticamente no hay día en que no salga alguna noticia en la que un músico se ve involucrado en algún caso de acoso o abuso sexual, en muchas ocasiones con menores por medio.

Desgraciadamente, no es algo nuevo. En 2014 el guitarrista Steve Klein de New Found Glory fue expulsado del grupo acusado de conducta indecente con chicas de 14 y 15 años. Jesse Lacey de Brand New también reconoció en 2017 haber solicitado fotos de una chica de 15 años desnuda cuando él tenía 24. Y el año pasado Ryan Adams recibió acusaciones de su ex mujer, Mandy Moore, y la cantautora Phoebe Bridgers, por haber aprovechado su posición de poder para obtener favores sexuales. Pero lo que podían parecer casos aislados podría ser simplemente la visualización de algo que siempre ha estado ahí. Más que la punta del iceberg, es un grano lleno de pus que debía ser reventado.

Sólo en la semana pasada hemos visto como Cultural Abuse se separaban después de que su cantante David Kelling reconociese haberse acostado con una chica de 17 años. Joey Armstrong de SWMRS (hijo de Billie Joe de Green Day) reconocía haber mantenido una relación sentimental tóxica con Lydia Night de The Regrettes cuando ella tenía 16 años y él 22. Burger Records terminaba su actividad después de que varios músicos del sello y su plantilla fueran acusados en las redes de conductas no apropiadas; incluso uno de sus artistas, el garajero enmascarado conocido como Nobunny decidía terminar su carrera musical tras admitir haberse aprovechado de adolescentes. Ian Svenonius, frontman de Nation Of Ulysses y Make-Up, emitía un comunicado el sábado en el que pedía perdón por haber actuado inapropiadamente en su relación con las mujeres. Y sólo unos días antes el bajista de Simple Plan, Dave Desrosiers, y después su sustituto Chady Awad, eran apartados del grupo por el mismo motivo. También el ex vocalista de Of Mice & Men, Austin Carlile, era acusado de depredador sexual por hasta 15 chicas, aunque en su caso aseguraba que estas denuncias carecían de fundamento. La lista podría seguir mucho más larga, sobre todo teniendo en cuenta que me he ceñido sólo a artistas que han aparecido en nuestra revista.

Tengo que reconocer que todos estos casos me sorprenden. En la de años que llevo conociendo la industrial musical desde dentro nunca he visto nada parecido. Incluso he tratado personalmente con alguno de los músicos citados sin sospechar absolutamente nada. Desde hace mucho tiempo, los backstages parecen más salas de espera de un aeropuerto con todo el mundo conectado a su móvil que espacios dados a bacanales. En el 99% de los casos un músico parece más interesado en tener acceso a la wi-fi de la sala que en ligar o drogarse.

Es muy decepcionante que en muchos casos se trate de artistas de la escena underground, donde se supone que el pensamiento crítico y la sensibilidad social es, o debería ser, mucho mayor.

Pese a todo, es evidente que vivimos en una época en la que el lema ‘sexo, drogas y rock’n’roll’ debe ser revisado. Comportamientos machistas que en décadas pasadas eran no sólo aceptados, sino amplificados para construir su propia mitología, hoy ya no lo son, y deben ser eliminados.

“Si el rock’n’roll se comporta como un enemigo mortal – la máquina de guerra imperial y la fábrica caníbal del consumidor capitalista, entonces debe ser erradicado, quemado, destruido. Para que pueda volver a nacer, libre de la contaminación de la que ha sido infectada desde su incepción”, decía Svenonius en su comunicado. Y no le falta razón. Aunque tampoco un simple comunicado mostrando arrepentimiento, debería ser aceptado como un ‘borrón y cuenta nueva’, si no va acompañado de alguna acción concreta.

Al mismo tiempo, en este contexto de cultura de cancelación, cabría ser cauteloso para diferenciar merecidas reprobaciones públicas de meros linchamientos sin una argumentación sólida. Además de no usar la palabra ‘violador’, ‘agresor sexual’ o ‘abusador de menores’ a la ligera. El significado de las palabras es importante.

Guste o no, en la mayoría de países de Europa y de estados en Norteamérica, la edad de consentimiento sexual se sitúa en los 16 años. ¿Es esto un triunfo de la liberación sexual de las mujeres o un pretexto para que los hombres pueda mantener relaciones con menores sin consecuencias penales? Sinceramente, no tengo respuesta.

Aun así en una relación consentida, y por tanto no objeto de delito, la persona de mayor edad tiene una mayor responsabilidad. Y más en el caso de un artista en el que la fascinación que despierta entre sus seguidoras puede dar pie fácilmente a una manipulación para conseguir relaciones sexuales.

Hace unos años un músico de una banda indie muy conocida en España, bastante poco agraciado físicamente, me reconocía un día que nunca hubiera imaginado follar tanto simplemente por subirse a un escenario. Y lo hacía con asombro y sin entender por qué de un día para otro se había convertido en objeto de deseo. Quizá también tengamos algo que aprender de ahí.

Resulta básico que exista una mayor educación sexual, y también emocional, para que todas las partes sepan actuar responsablemente cuando deciden entrar en el pantanoso juego de la seducción. También creo que es importante afrontar el debate desde cierta honestidad. Admitamos que es difícil juzgar conductas pasadas desde los ojos del presente.

“Well, she was just seventeen
You know what I mean
And the way she looked
Was way beyond compare
So how could I dance with another
Ooh, when I saw her standing there?”

Paul McCartney tenía 21 años cuando publicó ‘I Saw Her Standing There’, el tema que abría el primer disco de The Beatles, en 1963 en la que hablaba de su fijación por una chica de 17 años. ¿Debe ser McCartney acusado de promover el sexo con menores? Yo creo que no.

Reprobemos a quien lo merezca, pero no nos convirtamos en mojigatos y admitamos que puede existir una relación puramente física entre un músico y una fan (hablo en femenino porque no me constan casos contrarios) en la que ambos saquen aquello que buscaban.

Tampoco dejemos que los errores del pasado destruyan un futuro en el que haya espacio para una evolución personal. El camino es largo y queda mucho trabajo por hacer. Pero hasta que todo esto dé sus frutos, al menos un mensaje debería ser claro: dejad a las niñas tranquilas.