Que algo se estaba moviendo dentro de Kadavar quedó claro cuando los berlineses editaron durante la pandemia el experimental The Isolation Tapes. Tan solo había transcurrido un año desde el más convencional For The Dead Travel Fast y el entonces trío se desmarcaba del hard rock sabbathiano que les había caracterizado para acercarse a tratados progresivos y psicodélicos.
Aunque aquella jugada les quedó un tanto irregular, al menos sirvió para atisbar que la banda guardaba otras inquietudes respecto a lo mostrado durante sus cinco primeras entregas. Incluso un proyecto puntual como Eldovar, firmado a medias con Elder, también daba pistas de que se avecinaba un cambio.
Los cinco años sin material de estudio y la incorporación a la plantilla de Jascha Kreft como teclista y segundo guitarra no hacían sino aumentar el interés por cuál sería su siguiente movimiento. Pues bien, ese tan esperado giro de timón se ha traducido finalmente en I Just Want To Be A Sound.
Con la ayuda del productor Max Rieger, Kadavar se han atrevido a mirar más allá y abrir su sonido, añadiendo nuevos recursos e incluso cambiando completamente la manera de afrontar la composición. Un buen ejemplo es la canción que da título al álbum. El riff inicial podría haber dado pie a otro corte genérico totalmente reconocible. Sin embargo, los efectos utilizados, el añadido de las teclas, un coro con vocación de estadios, y, especialmente, la manera de caminar que tienen el bajo y la batería, permiten que haya más espacio para que todo respire mejor.
Esa nueva forma de pensar se acentúa en ‘Let Me Be A Shadow’, ‘Strange Thoughts’ o la balada psicodélica ‘Star’, donde la guitarra de Lupus Lindemann queda en un segundo plano, cediéndole buena parte del protagonismo a la base rítmica de Tiger Bartelt y Simon Boutelop. En esta tanda de temas cabría destacar también la central ‘Sunday Mornings’, siendo una de los momentos álgidos de este trabajo. Los sintetizadores de Kreft conducen hasta un ecuador donde comienza a construirse un crescendo rematado con altas dosis de épica.
Incluso cuando el grupo busca sonar contundente lo hace sin querer sonar obvio. Una vez más, vuelven a ser el bajo y la batería quienes cogen las riendas en ‘Hysteria’ y ‘Regeneration’, acudiendo únicamente a la distorsión para apuntalar lo justo y necesario. Quien reclame la inmediatez de tiempos pretéritos tendrá que conformarse con ‘Scar On My Guitar’. Es la única que enlaza a los viejos Kadavar con los nuevos, aun presentando otro tipo de dinámicas.
Porque como bien reza ese muro de sonido que levantan en la clausura de ‘Until The End’, el conjunto germano no se ha quedado a medias y ha ido hasta el final en su particular operación renove. Imagino que no tardarán demasiado en salir fans que prefieran el sonido de antaño, pero ante una banda que hasta ahora había pecado de un inmovilismo absoluto, no me queda otra que aplaudir su valentía teniendo mucho que perder y poco que ganar. Bravo por ellos.
GONZALO PUEBLA









