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Infierno Bajo El Agua

El ataque, la chica y los cocodrilos.

No éramos más que unos jóvenes soñadores, imaginando un futuro mágico para el cine de terror europeo, cuando aquella hornada de talentosos cineastas llamados, Bustillo, Maury, Aja o Laugier, Gens o du Welz salpicaron las pantallas del mundo con sus presentaciones.

Lo cierto es que una década después, salvo excepciones, ninguno ha sido constante y/o regular con el asunto del horror extremo. Ni siquiera con el horror a secas. Por eso, tras unos cuantos disgustos y títulos menores, el regreso de Alexandre Aja al género, supervisado por un  Sam Raimi cada vez más cómodo en esa función, nos devolvía parte del fervor.

Infierno Bajo El Agua no revolucionará el género. Posiblemente tampoco el sub-género al que pertenece, porque Mandíbulas sigue ahí bien hermosa, veinte años después, pero al menos demuestra que el director de Alta Tensión o Las Colinas Tienen Ojos sigue vivo. Resulta curioso comprobar también que se trate del primer guión original (de otros) que dirige Aja en más de quince años.

Es muy probable que la película está condenada a pasar inadvertida, pero a pesar de su clarísimo rumbo, de la ausencia de sorpresas y de un sótano en el que resulta imposible situarse, estamos ante una de las más entrañables propuestas estivales del género.

Se agradece mucho que casi casi pertenezca a otra época donde el terror era de todo menos pretencioso. Algún animatronic simpático y un par de sustos muy potentes nos harán sudar un poquito en una película que confirma a los hermanos Rasmussen son unos guionistas a evitar a toda costa.

De hecho, de no ser por el nervio de su director, aquí no habría más que agua sucia.

MIGUEL BAIN