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FLEA – ‘Honora’

Se nota que ha hecho exactamente lo que le ha salido de dentro.

No ha sido nada fácil ser fan de Red Hot Chili Peppers en el siglo XXI. Los tropiezos superan de largo a los aciertos y todo aquello que hacía de ellos una banda mágica pareció desvanecerse con la entrada en el nuevo milenio. Ni siquiera el regreso de John Frusciante en 2019 logró reconducirlos.

A todo esto hay que añadir el desconcierto que ha provocado ver cómo, en paralelo, la banda se ha hecho más grande que nunca, convirtiéndose en una banda de estadios cuando ni siquiera en directo aguantan el tipo. Pero lo más frustrante de todo es saber que, en el fondo, siguen siendo unos músicos cojonudos; dejando a Anthony Kiedis aparte, claro. Cada vez que veo a Chad Smith tocando de invitado con alguien, ya sea con Ozzy o en algún vídeo de Drumeo, me parece un fuera de serie. Frusciante no se deja ver tanto, pero sigo pensando que es un genio, y Flea… Flea es un caso aparte. A veces parece un ser de luz que vive la música como nadie y otras, una marioneta que baila al son de Kiedis.

En cualquier caso, en Honora, su debut en solitario, se nota que ha hecho exactamente lo que le ha salido de dentro. No voy a ir de listo y hacer una crítica minuciosa de un disco orientado mayoritariamente al jazz porque es un terreno que se me escapa, pero valoro enormemente la honestidad que transmite el proyecto.

Como ya advirtió cuando se anunció el disco, su origen surge de sus ganas de recuperar el amor por su primer instrumento, la trompeta, antes de convertirse en uno de los bajistas más reconocidos del mundo. De ahí que, aunque el bajo también sea protagonista, con unas líneas que nada tienen que ver con su registro punk-funk, la trompeta sea el foco principal, ya sea en composiciones propias (‘Morning Cry’) o en versiones como la de ‘Maggot Brain’, de Funkadelic, donde recrea el solo de guitarra con ese instrumento. Me resulta complicado evaluar si Flea es un trompetista simplemente competente o si tiene un nivel superior a la media, pero suena bien y le da personalidad al álbum.

A pesar de que Honora cuenta con decenas de colaboradores —entre ellos el saxofonista Josh Johnson, la bajista Anna Butterss, el batería Deantoni Parks o Jeff Parker, guitarrista de Tortoise—, los dos nombres que han suscitado más atención son los de Thom Yorke y Nick Cave. El primero pone su voz a ‘Traffic Lights’, un tema de base afropop que podría encajar en su proyecto conjunto Atoms for Peace, y el segundo participa en una versión simplemente correcta de ‘Wichita Lineman’, el estándar de Jimmy Webb popularizado por Glen Campbell, y que, según Michael Stipe, es la mejor canción de la historia.

Más satisfactorias resultan ‘A Plea’ o ‘Free As I Want To Be’, canciones que evocan el espíritu combativo de la música negra de los 70; la bonita versión de ‘Thinking Bout You’, de Frank Ocean, con sedosos arreglos de cuerda; o ‘Willow Weep for Me’, donde los sintetizadores arropan la melodía de la trompeta.

No tiene que ver directamente con la música, pero reconozco que el documental de Netflix dedicado a los primeros años de los Peppers —donde a Flea se le caen las lágrimas en un par de ocasiones al recordar la pureza con la que tocaban junto al fallecido Hillel Slovak— y la libertad que muestra en este disco han hecho que me reconcilie con el personaje. Ni que sea por eso, ya ha valido la pena. Otra cosa es confiar en si algo de esto acabará filtrándose en el futuro de Red Hot Chili Peppers. Ahí ya entramos en el terreno de la fe.

JORDI MEYA