Víbora publican hoy su segundo larga duración Egin ez dugun guztia y arrancan gira en Oviedo. Motivos de sobra para hablar con Goio Sáenz, cantante y guitarrista de la banda de Vitoria-Gasteiz, sobre su historia, su presente y este trabajo que los coloca como una de las bandas más interesantes del ¿hardcore? estatal.

A cierta edad —cuando el algoritmo vital empieza a sugerirte hipotecas, estabilidad laboral y cambios de pañales— hay dos opciones: aceptar el guion o sabotearlo. Víbora han elegido la segunda. Rondan la treintena, trabajan —dos de ellos en el ámbito social, otro en el educativo y el cuarto en la sala Jimmy Jazz de Vitoria-Gasteiz—, pagan alquiler, ensayan cuando pueden y, en lugar de asentarse, han decidido publicar el disco más ambicioso de su carrera de la mano Zegema Beach y BCore, y salir de gira el mismo día del lanzamiento. Si esto es madurar, no se parece demasiado a lo que nos vendieron.

“Yo sentía que podía ser el último disco”, confiesa Goio Sáenz con una serenidad que desarma. No hay dramatismo impostado en la frase, sino conciencia. Cumplir años, ver cómo el entorno se estabiliza, pensar en comprar una casa o formar una familia mientras tú estás calculando cuántos vinilos mandar a Estados Unidos o si compensa pegarte doce horas de furgoneta para tocar veinte minutos en Bélgica. “Estos dos últimos años hemos pasado más tiempo entre nosotros que con mucha otra gente. Y eso también tiene un coste”.

Ahí cobra sentido el título. Egin ez dugun guztia (Todo lo que no hemos hecho) no es un lamento; es un inventario. Todo lo que no han hecho es exactamente lo que el contrato social esperaba que hicieran. Por eso la historia del disco remite inevitablemente a la escena final de Rebels, la serie danesa sobre el desalojo de Jagtvej 69: cuando los protagonistas, a punto de firmar una hipoteca, se levantan y regresan a la autogestión. Cuando parecía que la vida normativa iba a imponerse, Víbora han hecho lo contrario: apostar por la precariedad elegida, por la carretera y por la música como forma de estar en el mundo. El “Jaio. Musika. Hil.” (Nacer. Música. Morir.) no como consigna romántica, sino como biografía concreta.

«Somos muy intensos. Yo a veces salgo del ensayo y pienso que nos vamos a separar. Pero luego todo está bien. Somos así”. GOIO SÁENZ

Plataforma de Afectados por el Hardcore

Víbora son Goio Sáenz (voz y guitarra), Xabi Arratibel (guitarra), Jorge González (bajo) y Fabio Oñate (batería). Se conocieron en la universidad y en la escena antes de consolidarse como banda. Gasteiz Hardcore Crew fue su escuela: montar conciertos, escribir a promotores, asumir pérdidas, sostener una red. Antes de sonar, aprendieron a organizar.

El vínculo con la autogestión se amplía con Errekaleor, el barrio okupado y autogestionado en la periferia de Vitoria-Gasteiz, una suerte Christiania a la vasca. Allí se celebraron muchos de los primeros conciertos del colectivo. Allí se entendió que el DIY no es una pose estética, sino una forma de vida. “Yo viví allí unos años y muchos de los bolos que montábamos eran en el gaztetxe de Errekaleor”, recuerda Goio.

Jorge, además, impulsa La Bola Loca en la radio libre Hala Bedi, algo así como el hijo bastardo punk de aquel tristemente desaparecido Desde el Abismo. No es un dato lateral: Víbora nacen en un ecosistema donde el hardcore se piensa, se discute y se defiende.

De ese caldo de cultivo surge su música, a la que es muy difícil apelar incluso dentro del sufijo core: si alguien intenta despacharlos con la etiqueta “screamo”, se queda muy corto. Víbora parten del screamo, sí, pero lo desbordan con metal, post-rock, shoegaze, neo-crust y una tendencia casi obsesiva a evitar cualquier estructura previsible. “Si tocamos cuatro riffs iguales nos aburrimos”, resume Goio. Lo suyo no es la repetición confortable, sino la fricción constante.

¿Hacer las Américas?

Antes de que Zaldi Beltza (Caballo negro) viera la luz, Víbora ya estaban mirando hacia fuera. El contacto con Zegema Beach Records no fue estrategia ni campaña: fue un mail. “Vimos que muchas bandas que nos flipaban estaban sacando cosas con ellos. Les escribimos sin más”, cuenta Goio.

Al otro lado había dos Daves —“Canadave y United States Dave”, bromea— llevando un sello-plataforma que es referencia en el DIY internacional. “Son dos personas que hacen todo. El sello, el festival… son currelas increíbles”.

Zegema editó Zaldi Beltza. No como premio, sino por afinidad. “Les gustó el disco. Nosotros les dijimos que nos gustaría ir a Estados Unidos. Ellos tenían el festival y a partir de ahí buscamos más fechas”. Mandar vinilos a Estados Unidos parecía absurdo hasta que dejó de serlo. “Yo pensaba: ¿para qué voy a mandar discos allí si no vamos a tocar nunca?”. Pero tocaron. “Llegas allí y alguien te dice que tiene ganas de verte. Y tú piensas: pero si tocamos en sótanos… ¿cómo sabes quién soy?”, recuerda Goio entre incredulidad y orgullo contenido. La escala no cambió. La perspectiva, sí.

Depresión en estéreo

Zaldi Beltza fue un disco comprimido, directo, casi sin aire. Diez canciones de apenas dos minutos cada una atravesadas por la depresión y la autoexigencia. “Era pura depresión”, admite Goio sin rodeos. “Yo estaba fatal y no podía escribir de otra cosa”.

La composición fue tensa. Demasiada presión interna. “Me puse súper cabezón en algunas cosas. Hay canciones que ahora escucho y pienso: ¿por qué no les hice caso?”.

El impacto fue inesperado: giras europeas, una primera incursión en Estados Unidos, un concierto en un sótano de Milán para veinte personas que acabaron siendo setenta, París coreando letras. “Nos escucha más gente porque tocamos mucho y viajamos mucho. Le ponemos muchísimas ganas. No creo que sea porque las canciones sean mejores”. Nada de épica. Insistir y resistir.

Más aire, misma herida

Si el primer largo fue fricción sin filtros, el segundo ha sido conflicto gestionado. “Nosotros no somos buenos componiendo”, suelta Goio con una honestidad que desarma. “Bandas como Crossed van al local y les salen canciones porque tienen un talento increíble. Lo nuestro es discutirlo todo y tocas mucho. Somos muy intensos. Yo a veces salgo del ensayo y pienso que nos vamos a separar. Pero luego todo está bien. Somos así”.

El disco ha tardado casi un año largo en componerse. No por falta de ideas, sino por exceso de ellas. “Todo el mundo tiene buenas ideas. Y eso genera conversaciones. Muchas”.

La diferencia esta vez fue parar. Dejar de tocar durante un tiempo y centrarse solo en escribir. “Eso no lo habíamos hecho nunca”. Las canciones se expanden porque han sido trabajadas sin prisa. “Si una parte es buena, ¿por qué cortarla en veinte segundos? Antes era miedo a aburrir. Ahora no”.

Y ese trabajo y ese riesgo a probar cosas nuevas se percibe desde el primer segundo, literalmente: Egin Dugun Guztia (Todo lo que hemos hecho) abre el disco con acordes suaves que estallan con una intensidad que recuerda a Viva Belgrado. A partir de ahí, el álbum se despliega con más espacio, más capas, más dinámica. Las canciones se alargan. Las ideas respiran. La fobia a lo lineal sigue ahí, pero ya no hay atropello.

Para intentar desentrañar el disco, le propongo un juego: bautizar cada canción con el nombre de otra banda. Habla de Crossed, Portrayal of Guilt, Boneflower, Ekkaia, La Dispute. Durante la entrevista también menciona a Ostraca, Frail Body, Metallica o Raein. Nombrar es fácil. Integrar todo eso sin sonar a collage, no tanto. Y ahí es donde Víbora demuestran que el término “screamo” les queda pequeño.

Ventanas hacia el interior

La secuencia que forman las portadas de los discos de Vibora visual tampoco es casual. En Botánica, un marco con imagen interior. En Zaldi Beltza, el marco vacío: una foto de un bloque de casas del barrio periférico de Ariznabarra con un cuadrado en medio a modo de encuadre invertido. “Era mirar hacia dentro porque no podía mirar a otra cosa”, explica Goio.

En Egin ez dugun guztia, aparece un monte nevado alemán escamoteado por ocho cuadrados. Ocho ventanas. “Le conté a Jorge de qué iba el disco y lo vio clarísimo. Son ventanas porque se habla de muchas cosas distintas”. Además incluye un detalle oculto, un huevo de pascua: una foto tomada desde dentro de la furgoneta. Los cuatro aparecen reflejados en el cristal. “Es una foto hecha de gira. Estamos nosotros ahí, aunque no se nos vea. Porque al final la banda somos los cuatro”.

De lo hermético a lo plural. De la depresión monocromática a la mirada múltiple. El salto es tanto cuantitativo como cualitativo.

Las venas abiertas del screamo

Por su parte las letras mantienen el filtro ligeramente negativo, pero con más conciencia. Por ejemplo, Sentir Nostalgia de Cosas que Quizá Nunca Pasaron juega con la añoranza como forma de hacerse daño; mientras que Nuevas Formas admite sin rodeos la capacidad inagotable de encontrar maneras de volver a estar mal. Autoestima expone con crudeza una necesidad de validación que incomoda incluso a quien la escribe. “Lo que más me gustaba de ti era que yo te gustaba”, canta. “Es horroroso, pero creo que he estado ahí. Y me parecía honesto decirlo”.

Le pregunto si no se siente demasiado expuesto. “Más que expuesto, me daba miedo que alguien se molestara. Pero creo que decirlo así, aunque sea feo, es un acto de sinceridad”. No hay personaje. Hay confesión.

La mezcla de idiomas responde a esa misma honestidad. Goio es lo que se conoce como “euskaldunberri”; aprendió euskera de mayor. “Hay cosas muy personales que las pienso en castellano. Traducirlas me suena raro. Pero al mismo tiempo creemos en el uso del euskera. Es nuestra lengua y es una decisión política”. En este disco han buscado equilibrio. No por cuota, sino por coherencia.

Sin bises ni hipotecas

Por primera vez han dedicado tiempo sostenido a componer y ensayar antes de salir de gira. Han decidido perder el miedo a los cuarenta minutos de concierto. Eso sí: bises, jamás. “Es nuestra regla de oro”. Bravo.

Todo lo que no han hecho —comprar una casa, firmar una hipoteca, asentarse y tener descendencia— es también lo que les ha permitido hacer este disco. Un álbum ambicioso, expansivo y ferozmente honesto que crece con cada escucha.

No hace falta hablar de cifras, pero si Zaldi Beltza agotó tiradas con rapidez y esta vez parten de 500 copias, apostar contra Víbora empieza a parecer imprudente. Todo lo que no han hecho les ha traído hasta aquí. Y lo que sí han hecho es uno de esos discos llamados a ocupar un lugar destacado en las listas anuales.

A veces sabotear el guion es la única forma sensata de escribir el propio.

JON AGUIRRE SUCH