Al contrario que Marty McFly subiéndose a un DeLorean futurista para viajar al pasado, Muse se han montado en influencias ochenteras, de góspel, jazz y folk para llevar sus límites con la electrónica y los sintetizadores aún más lejos. volamos hasta Londres para sumergirnos en su nuevo álbum Simulation Theory. 

Más allá de la realidad virtual y la tecnología invasiva sobre las que versa, Simulation Theory (Helium 3/Warner) es sobre el tiempo. No resulta tan obvio cuando escuchas el disco, pero sí es algo palpable cuando hablas con su bajista Chris Wolstenholme sobre este último trabajo de Muse y el periodo más reciente de la banda.

El primer momento en el que el tiempo entra en escena es la duración del proceso de grabación, el más largo que Muse han tenido hasta la fecha. Habitualmente el trío terminaría la gira y haría una parada de descanso para entrar en el estudio de tres a seis meses y grabar su disco. En esta ocasión quisieron romper con las costumbres. “El Drones World Tour estaba siendo muy largo. Pero tampoco queríamos que la gente se olvidara de nosotros, así que hicimos pequeñas tandas en la gira, con espacio para pasar tiempo con nuestras familias y para ir al estudio”. Estos breves lapsos –comparados con la etapa de hibernación que vivían antes para grabar cada LP– en los que apenas podían terminar una o dos canciones son el origen de los adelantos con cuentagotas que han estado llegando desde el año pasado. “Las dos primeras fueron ‘Dig Down’ y ‘Thought Contagion’, y cuando las grabamos no pensábamos en hacer un disco, sólo en grabar dos canciones sueltas. Fue después cuando decidimos que formasen parte de un álbum”, recuerda. Desde las primeras grabaciones hasta ahora han pasado más de dos años. Buscaron alargar la experiencia del disco estirando la producción y también dispersando los lanzamientos de las canciones como singles independientes, ahora que parece que somos incapaces de pararnos a escuchar un disco completo: “Estoy muy contento con ello porque actualmente el ciclo de vida de un álbum es muy corto. La gente escucha más música y tiene acceso a millones de artistas y canciones, pero no invierten tanto tiempo y se mueven muy rápido hacia lo siguiente. Así que hemos tratado de prolongar esa vida”.

En sí mismo, este octavo álbum representa un viaje temporal de los años 80 hasta el siglo XXI: “Hemos tomado todas esas influencias ochenteras y las hemos juntado con la influencia de la tecnología. En ‘Dig Down’ encuentras electrónica y sintetizadores que suenan con un coro góspel. ‘Something Human’ era una canción muy folk y muy orgánica, pero con elementos sintetizados como los vocales. Es esa unión entre lo viejo y lo actual, crear algo nuevo a partir de cosas que se supone que no deberían mezclarse”. Una exploración instrumental que Matt Bellamy, cantante y guitarrista, ha llamado ‘era-blending’, guiada por el Wall of Sound de Phil Spector y el pop de vanguardia de Brian Wilson de The Beach Boys.

Su viaje al futuro es también una traslación hacia el propio pasado de Muse. Simulation Theory tiende un puente con The 2nd Law y pasa por encima de Drones, el álbum con el que decidieron volver a sus principios en 2015. Wolstenholme explica que con cada disco “hemos hecho algo nuevo, pero Drones fue hacia atrás, así que hay una brecha muy grande entre los últimos trabajos. Drones está más cercano a Showbiz u Origin Of Symmetry, pero si comparas Simulation Theory con The 2nd Law, el salto no es tan grande como parece”. El regreso a la electrónica, los sintetizadores y los efectos ha sido muy discutido por aquéllos que ya se habían contentado con su vuelta a las guitarras y la distorsión, una conversación déjà vu que ha estado tan presente desde el lanzamiento de ‘Dig Down’ como lo estuvo en el de ‘Madness’ en 2012. En la banda, sin embargo, contemplan más un abanico estilístico que una petición popular: “Tenemos fans a los que les gustan las canciones propiamente de rock, otros a los que les chiflan las influencias más clásicas, otros que prefieren el lado más pop, y otros están más por la electrónica. Eso es bueno, porque significa que somos una banda que prueba cosas nuevas, y lo seguiremos haciendo. Siempre tendremos diferentes elementos en nosotros. No veo que todos estén clamando por una versión más rock de Muse, creo que cada uno tiene la suya propia”.

Sentado sobre uno de los sofás en las oficinas de Warner Music en Londres, Wolstenholme se reclina para reflexionar sobre géneros musicales y la implicación que tienen en la banda. “Ya no conozco el significado de rock. La gente utiliza esta palabra cada vez que ve un grupo con una guitarra. Nosotros somos rock, pero Coldplay, The Libertines y Radiohead también lo son, y todos somos muy distintos”, comenta. Para Muse, su propia evolución es una cuestión muy dilatada en el tiempo, no un código binario entre un sonido de antes y otro actual. “El cambio sólo existe entre cada disco. Se habla de esa distinción con las influencias electrónicas, y señalan que comenzaron en Black Holes And Revelations, pero ya en ‘Bliss’ del segundo álbum se pueden escuchar. Después fueron mucho más fuertes, y sobre todo en este trabajo”, y mantiene que la banda no se acota a una sola definición estilística: “La gente que realmente nos conoce sabe que no sólo somos un grupo de rock de cantante, guitarra, batería y bajo, sino que también somos todas las influencias con las que experimentamos. Creo que se sorprenderían más si de repente volviésemos a hacer lo mismo otra vez”.

“La única presión que existe es la que nos ponemos nosotros mismos para innovar”, me cuenta. Y esa presión responde al miedo de Muse por parar el reloj e intentar después recuperar el tiempo perdido. Concretamente, Wolstenholme habla de estancarse en la misma fórmula, lanzar varios álbumes muy parecidos entre sí durante una temporada y darse cuenta demasiado tarde para dar un cambio que siga teniendo sentido. En Simulation Theory han puesto tanta innovación como confianza. “Sentimos que vamos a salir con un buen álbum, que tiene muchas canciones buenas en él”. Y a lo que no temen es a que el público no comparta su punto de vista. “Llegará un tema o un disco que será demasiado para la gente, pero eso no supone el final de algo. Nosotros ya hemos hecho suficiente. Podemos hacer un álbum que no sea tan bien recibido por el público, y está bien, no significará un desastre. A veces las cosas no tienen un buen recibimiento en su tiempo”. A propósito de Brian Wilson, menciona el Pet Sounds de 1966 de The Beach Boys como otro incomprendido de su época. Aunque la comparación resulta engreída, Muse han querido ser ambiciosos con el sonido por una única razón: “La música es para nosotros. Nos gusta hacer música y tienes que sentirte orgulloso de ella. Es muy difícil salir de gira a tocar canciones con las que no te sientes cómodo o que no piensas que son todo lo mejor que podrían haber sido”.

“El éxito suele estar basado en cuántas copias has vendido, pero siento que ahora eso es irrelevante porque ya nadie vende discos”

>El directo también es el termómetro de medir el éxito de Wolstenholme para los trabajos de la banda. “Mi juicio sobre si algo funciona o no llega cuando estamos sobre el escenario y vemos a toda a esa gente frente a nosotros pasándolo bien. Eso es lo que queremos”, señala. “El éxito suele estar basado en cuántas copias has vendido, pero siento que ahora eso es irrelevante porque ya nadie vende discos. Ahora la gente escucha música en muchas plataformas, descargan música o compran diferentes tipos de discos. Pararse a sumar todo eso para ver cuán exitosos somos no tiene sentido para mí”.

Decía que a Muse no le sienta bien la rutina. De hecho, Bellamy y el batería Dominic Howard han terminado recordando el anterior Drones World Tour como “cansado y deprimente”. Cuando le pregunto al bajista por estas palabras de sus compañeros, se ríe y rápidamente me dice que eso no ha salido de su boca. Pero sí reconoce que fue una gira difícil y, de nuevo, “muy larga”. La banda apunta a la distribución de las fechas del desgaste que sufrieron entre 2016 y 2017. En lugar de separar el segmento europeo de la gira americana por una ronda de festivales de verano, tuvieron que dar 85 shows seguidos que se tornaron inevitablemente repetitivos: “Los conciertos en arenas son geniales, hay mucha gente en ellos y te puedes permitir una buena producción, pero el problema está en que todas las jodidas arenas del mundo son iguales. El escenario era el mismo cada noche. Y cambiábamos las canciones del setlist, pero el núcleo seguía siendo el mismo”, y su sonrisa cambia a un tono de resignación: “Llega un punto en el que te sientes encerrado en el mismo espacio, y nos descubrimos señalando detalles como que las sillas eran azules en un recinto en particular, siendo ésa la única diferencia que encontrábamos”. Después de estar ocho meses tocando a puerta cerrada, ser cabezas de cartel en Glastonbury les supo a gloria sólo por tener un espacio abierto frente a sus ojos. Para no reincidir en su claustrofobia, la próxima gira apuntará a recintos más grandes.


Simulation Theory
es, hasta la fecha, el trabajo con mayores aspiraciones para Muse. “Nunca me he sentido así con ninguno de nuestros discos”, se sincera Wolstenholme. “Hemos experimentado con todos los estilos y con nuevos tipos de música. En este álbum hay más influencias musicales que en cualquiera de los anteriores, y hemos profundizado en otras áreas para salir de nuestra zona de confort”. Un trabajo con el que han cortado, pegado, editado y roto la línea del tiempo en su búsqueda de algo que trascienda a esta dimensión. 

RO SÁNCHEZ

Os recordamos que Muse actuarán en Madrid el próximo 26 de julio.