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El Irlandés

Scorsese cierra una etapa cinematográfica poniendo las cosas en su sitio.

Desde el momento en que un ejemplar del libro de no ficción de Charles Brandt I Heard You Paint Houses (editado en España como Jimmy Hoffa. Caso Cerrado: El Poder De La Mafia Norteamericana) cayó en las manos de Robert De Niro, los mecanismos del cine mafioso de toda la vida empezaron a funcionar a toda máquina.

Son quince años soñando con un proyecto que interesó de inmediato a Martin Scorsese, que tuvo claro que debía estar protagonizada por el propio De Niro acompañado de Al Pacino y Joe Pesci. Como a veces los sueños se cumplen, desde hace unos días ya tenemos disponible este funeral en vida del cine de mafiosos con el que el director cierra su trilogía de la bajeza humana tras Uno De Los Nuestros y Casino.

Sostenida sobre una de las mejores canciones de la historia de la música, la siempre impresionante ‘In The Still Of The Night’ de The Five Satins, El Irlandés es la gran historia sobre la amistad y la traición en una tercera edad que no conmueve porque todos los ancianos que aparecen en pantalla fueron y serán unos hijos de la gran puta.

Martín Scorsese cierra una etapa cinematográfica poniendo las cosas en su sitio. Empezando por el ADN de la gran historia de una nación y acabando en un trío de astros que estaban casi en paradero desconocido. Pero hay algo que rompe la armonía de la función.

Tal vez sea su desmedida duración (nunca molesta), o puede que sea su empeño en subrayar ciclos vitales de sus protagonistas a cualquier precio: la digitalización juvenil nunca ha sido una buena idea.

Desde luego que la fotografía de Rodrigo Prieto y la selección musical que acompaña a las aportaciones de Robbie Robertson no rompen nada, pero algo hay de forzado, de pomposo, que la aproxima a un gran relato catódico. A esa gran miniserie de prestigio que llega como la más cara de todos los tiempos y en la que, para bien o para mal, se aprecia cada dólar invertido. Sea lo que sea, quiénes somos nosotros para cuestionar algo así.

Quedémonos con que su director aún conserva el poder de sobrecoger y conmover narrando grandes desgracias históricas en una heladería o masacrando caras.

MIGUEL BAIN