No voy a decir aquello de “yo estuve allí” porque sería faltar a la verdad, pero me pregunto que deben pensar sobre la deriva actual de Parkway Drive aquellos que llegaron a verlos en aquel Never Say Die Tour de 2007 donde acompañaron a Comeback Kid y Cancer Bats en salas tan modestas como las extintas Mephisto de Barcelona o la Ritmo & Compás en Madrid.
Es cierto que 20 años de carrera dan para mucho, hasta tal punto que podríamos dividirla en casi en dos mitades, una por década. La primera en la que se convirtieron en una de las sensaciones del metalcore internacional gracias a un directo demoledor que venía acompañado por una imagen amable, transmitiendo su pasión por el surf como bien quedaba reflejado en documentales como Home Is For The Heartless. Y la segunda en la que, tras dar varias vueltas alrededor del mundo, decidieron que ya era hora de conquistarlo. Por supuesto, en esa decisión han ganado algunas cosas mientras otras han quedado casi abandonadas por el camino.
Porque cualquiera que haya podido ver a los de Bryon Bay en los tiempos que solo les hacía falta salir a tocar para poner una sala patas arriba, sabe que en realidad toda la parafernalia escénica que les rodea ahora es tan solo el peaje a pagar por llenar recintos enormes o ser uno de los principales reclamos de en los carteles festivaleros de cada verano. Desde luego han sabido entender muy bien cómo debían trabajar para alcanzar ese objetivo y en consecuencia se ha transmitido a su música. Desde Ire en adelante, sus álbumes tienes más sing alongs, punteos y tics propios del arena rock que los breakdowns que tanto les caracterizaron en el pasado.
Dicho lo cual, esta gira de aniversario suponía la prueba de fuego (nunca mejor dicho a tenor de lo que presenciamos) para ver cómo Parkway Drive se han adaptado a su estatus actual. Pero antes, y con algo de retraso respecto a lo que indicaban los horarios, tuvimos dos aperitivos que venían a remarcar el acento australiano de la cita, si bien cada uno de ellos dejó un sabor de boca bien distinto.

Y es que viendo la actuación de The Amity Affliction me pregunto qué necesidad tenían de estar en un tour como este. Entiendo que su inclusión se debe a la cercanía con los protagonistas de la velada y que son una formación con muchos tiros dados a estas alturas, por lo que difícilmente vayan a ganar nuevos fans. Eso no quita que la actitud de salir a cumplir y poco más me resultara cuanto menos cuestionable. Su metalcore melódico sonó hinchadísimo a base de pregrabados y voces melódicas a cargo del bajista Jonathan Reeves. ‘Pittsburgh’, ‘Drag The Lake’ o ‘Soak The Bleach’ entraban tan fácil como salían de nuestras orejas. Su vocalista Joel Birch le puso las ganas justas y así es complicado conectar con la audiencia a una hora tan temprana. Despacharon rapidito y se largaron ante una indiferencia que parecía compartida tanto por ellos como por el público.

Nada que ver con como entraron Thy Art Is Murder al escenario. Puede que la polémica salida de su ex vocalista Chris CJ McMahon hace dos años tras unos comentarios transfóbicos todavía colee, pero los de Sydney han pasado página. Salieron a morder desde el principio con ‘Blood Throne’ y ‘Join Me In Armaggedon’ de su último Godlike, haciendo que en pocos segundos olvidáramos el paso por las tablas de sus compañeros. A Tyler Miller, el encargado de ponerse frente al micrófono, se le vio enchufado y dispuesto a activar los primeros pogos de la tarde. La bronca continuó con ‘Holy War’, ‘Slaves Beyond Death’, ‘Destroyer Of Dreams’ y una ‘Puppet Master’ evidenciando que ellos sí habían entendido cual era el papel que debían jugar en el cartel.
Llegaba el momento de la verdad y desde el primer segundo Parkway Drive dejaron claro que más que un concierto de metal al uso estábamos ante un auténtico espectáculo. Se apagaban las luces de Vistalegre y veíamos al quinteto irrumpir desde el acceso principal a la pista escoltado por la seguridad y acompañado por un par de abanderados. Atravesaron entre el público mientras iban saludando a quienes se cruzaban a su paso como si de una comitiva real se tratara. Winston McCall lucía cual boxeador dispuesto para el combate encapuchado en una sudadera XL que le quedaba enorme. Al llegar a la plataforma del escenario y en un espacio reducido de apenas unos metros cuadrados, arrancaron con las primeras notas de ‘Carrion’ para encender a la muchedumbre. Toda esa energía contenida estalló por todo lo alto cuando a continuación sonó ‘Prey’ y su gigantesco estribillo. Todavía no había explotado ningún petardo y ya iban 3-0 en el marcador.

Estos llegarían para descubrir el escenario completo, dejando a la vista el descomunal kit de batería de Ben Gordon que más adelante veríamos en acción, además de un par de columnas y varios bailarines que acompañaron la peformance de ‘Glitch’ haciendo que las primeras llamaradas nos dieran un cálido recibimiento. Con su más reciente single ‘Sacred’ y otro tiro certero como ‘Vice Grip’, demostraron dominar el metal para masas a la perfección. Aunque hubo un poco de todo y para todos, no es de extrañar que el grueso del repertorio lo conformaran en gran medida los cortes de sus tres últimas obras, pues son las que mejor funcionan en este contexto.
Sin ir más lejos, títulos más feroces y primigenios como ‘Boneyards’ o ‘Sleepwalker’ quedaron un tanto deslucidos al lado de sus compañeras. Seguro que algunos agradecieron esos instantes en los que Parkway Drive estuvieron más cerca del hardcore que del metalcore de estadios que ahora practican. Pero la realidad es que la banda se mostró muy cómoda abrazando la pirotecnia en ‘The Void’ o el dramatismo de ‘Cemetery Bloom’ (con los bailarines saliendo nuevamente a escena) y una ‘Wishing Wells’ que permitió a Winston sacar su lado más teatral mientras interpretaba bajo un cortina de lluvia que caía sobre la pasarela. Desde luego no dejaron ningún cabo suelto a la hora de vestir el show.

Otros instantes a destacar fueron ‘Idols And Anchors’ con Winston apareciendo en mitad de la platea para cantar rodeado de fans en plena comunión. Su regreso al punto de partida surfeando sobre el respetable dio paso a una sección de cuerdas con la que acometieron ‘Chronos’ y la épica balada ‘Darker Still’, en un cruce entre ‘Stairway To Heaven’ y ‘Nothing Else Matters’. Con Jeff Ling agustísimo ejerciendo de guitar hero absoluto, los australianos ya tienen su canción enciende mecheros. Después de tanta sensibilidad, ‘Bottom Feeder’ se encargó de elevar los niveles de testosterona antes de los bises.
Fue el momento estelar de Ben Gordon y su solo de batería giratoria de 360º, el cual estuvo rodeado por una nueva performance por parte del cuerpo de baile que fue incendiando progresivamente las tablas para darle el relevo a una ‘Crushed’ demencial. Justo en el puente, una plataforma elevó a Winston para acabar de prenderle fuego a cualquier cosa que quedara a la vista. El uso de lanzallamas fue tan exagerado que desde esa misma noche bien podríamos rebautizarlos como Rammstein Drive o Parkwaystein. Ya sé que el chiste es malo, pero tenía que hacerlo.

Sofocado el incendio, la banda regresó exultante a la pasarela para quemar el último cartucho. Solo podía ser el sing along eterno de ‘Wild Eyes’, seguramente el himno definitivo de su carrera y que cerró dos horas de concierto impecables. Habrá quien llore por haber perdido a unos Parkway Drive que ya no van a volver, pues ellos tienen la mirada puesta en cotas mucho más altas, aunque sea a costa de palmar pasta con un despliegue muy por encima de lo que son capaces de generar. Llevamos años apuntando a Ghost o Bring Me The Horizon como las próximas bandas que llevaran el metal a los estadios, pero que nadie se olvide de los australianos en esta carrera.
GONZALO PUEBLA









