El pasado mes de abril Ànteros se embarcaron en su primer tour europeo. Nada menos que diez fechas seguidas recorriendo el Viejo Continente para presentar su debut, Cuerpos Celestes, con parada final en Barcelona. Como no podía ser de otra manera tratándose de ellos, fue una semana y media que dio mucho, muchísimo de sí… Sin más dilación, os dejamos con Víctor.

Como todos los grupos formados por señores mayores, Ànteros estamos casi obligados a girar en vacaciones y, en este caso, decidimos que lo mejor que podíamos hacer era una gira europea de diez fechas en Semana Santa. Os cuento el percal omitiendo los detalles de los conciertos, que sé que no os interesan…

Día 1. Marsella

Cargamos la furgoneta con todo nuestro equipo (recordaros que somos tres guitarras y ninguno toca especialmente bien, así que lo compensamos con mucho equipo) y salimos desde nuestro local en Barcelona dirección Marsella. Del trayecto no recuerdo nada más que a Mau cabreado (menuda novedad) que no paraba de poner Iron Maiden. Me quedo callado y asiento como diciendo: ‘Guay tío, qué buena decisión’. Siento lástima por él.

Llegamos y descargamos el equipo. La primera sorpresa es que había que bajar todo por una puta escalera hasta un sótano donde estaba el escenario. No me acuerdo del nombre del lugar, pero sí que la mascota de la sala era una especie de mapache al que las drogas le habían tratado fatal. La gente de ahí estaba muy orgullosa del bicho y lo lucían en camisetas y flyers.

De los tres grupos que tocamos, el primero era un chaval con gorra de ciclista, melena y bigotito que llevaba únicamente una guitarra eléctrica y multitud de efectos. Pasó más tiempo hablando en francés y explicando cosas (cosas que por supuesto no entendí y que por el ritmo de la narración me he permitido asumir que eran eso, ‘cosas’) que tocando. Era todo muy raro y me dejó muy asustado e inquieto. ‘Francia es así’, me dije a mí mismo. Luego tocó otro grupo, Cambarada (del que resultó ser batería el mismo chico de la gorra de ciclista, melena y bigotito) y, por último, llegamos nosotros e hicimos lo que pudimos. La gente parecía contenta y se movían, compraban cerveza, bebían cerveza y por supuesto, tiraban cerveza sobre nuestros pedales.

Con la furgoneta cargada y a las puertas del párking, empezamos a dudar de si iba entrar de alto. Mau, como persona de nervios de acero y pelo salvaje, decidió que o entrábamos o nos quedaríamos encajados intentándolo, pero claro, que lo hiciese Endika. Aún tenemos furgo y dormimos muy bien aquella noche.

Día 2. Turín

Al llegar, el sitio parecía bastante guay. Tenía dos plantas; en la de abajo había un bar-restaurante y en la de arriba había habitaciones donde se impartían clases de música y una sala grande con un escenario que era donde íbamos a tocar. Sí, dos pisos. Eso significa que había otras putas escaleras por donde tocaba subir todo el equipo.

Aquella noche dormimos en el último piso de un casoplón muy extraño y que parecía atrapado en los años 60. Antes de dormirme vino el fantasma de Fernando Esteso (¿Está vivo o muerto?), me arropó y me dio un beso en la frente. “Mañana será un buen día”, me dijo. Al me di cuenta de que había un piano y un billar. ¿Cosas que hacen ruido al usarlas a las ocho de la mañana? ¡Bien!

Día 3. Varese

Nos dirigimos al pueblo de nuestro líder, Mau. Varese es un lugar apacible, bucólico y muy italiano, casi en la frontera con Suiza. Al llegar a casa de sus progenitores, nos recibieron como sólo Mario y Luigi harían: dando saltos y ofreciéndonos pasti a tuttiplenni. Además, ‘Il sorello’, hermano de Mau y uno de los hombres más guapos de toda Varese, hizo una barbacoa por si alguien se había quedado con hambre.

Después de una larga sobremesa y superar que los italianos no conozcan al Conde Lecquio ni a Antonia Dell’Atte, pusimos rumbo a la sala Gagarin. Al llegar nos encontramos con… ¡Sí! ¡Otra escalera de los cojones por la que subir el equipo! Quitando eso, la sala era perfecta. Con nosotros tocaba un grupo, This Broken Machine, del que el cantante/bajista era amigo de la infancia de Mau (digo ‘era’ porque no sé si siguen siéndolo).

Día 4. Siegen

Tocaba levantarse pronto. Teníamos por delante casi nueve horas de viaje desde Varese hasta Siegen. Durante las siguientes horas cruzamos de punta a punta Suiza para llegar justos a la prueba de sonido en la sala Vortex. Esa noche taloneábamos al grupo Hexis, y la verdad es que nos daban un poco de respeto porque eran muy nórdicos y muy darks.

Al día siguiente bajamos a desayunar con Phil, dueño de Vortex. Una persona peculiar, amante de la música y muy buena gente. La única pega que le saqué es que fuese tan fan de Toundra, pero bueno, le han dedicado un disco a su sala. ¿Acaso tiene opción? No lo creo…

Estuvimos hablando un buen rato y, al despedirse, nos regaló una botella de Mexicaner, una especie de zumo de tomate con alcohol y especias que dilapidarían Mau y Rubén en sus horas más bajas, en la soledad de la noche, mientras se planteaban, mirándose a los ojos, si echar un culo entre ellos era una opción.

Día 5. Mannheim

Después de desayunar con Phil, recogimos todo y nos fuimos hacía Mannheim. Llegamos a media tarde y aprovechamos para hacer la colada en una lavandería de pago, y luego tirar hacia Juz, local autogestionado donde íbamos a tocar.

Nuestro anfitrión era Néstor, un asturiano afincado en Alemania desde hace años y copropietario del sello Pifia Records. Desde que llegamos nos trató con amor y cariño, y puede que, incluso, alguno de nosotros sintiese un flechazo por él. Pero, como somos gente profesional, nos centramos en dar otro grandísimo show para otra sala a rebosar de fans.

Esa noche tocamos con Arrotzak, que son colegas de Endika y que también estaban de gira. Después de recoger, bajamos a dormir al gimnasio que tiene la sala en el sótano. Endika aprovechó para hacer deporte ya que, textualmente, “Estoy muy activo y este cuerpazo no se esculpe solo”.

Al día siguiente desayunamos con Néstor y uno de nosotros se cargó la cafetera. Después de que Mau estuviese cerca de dos horas intentando arreglarla, llegué y con un suave golpecito, la arreglé. Realmente fue el mejor momento de la gira.

Día 6. Giessen

Aprovechamos que teníamos algo de tiempo y fuimos a Frankfurt, a una especie de Leroy Merlin, para comprar una fuente de alimentación para el pedal de Endika (el antiguo echaba chispas y no por lo guapo que era su dueño) y una rueda para la pantalla de Rubén.

Para medir la rueda tuvimos que sacar todo el equipo de la furgoneta y dejarlo desperdigado a lo largo de la plaza del párking exterior. A Mau le recordó a una foto de Pink Floyd en la que tenían todo su equipo de gira perfectamente alineado de forma simétrica, y nos pareció gracioso subir un montaje de ellos versus nosotros en nuestro Instagram. Rápidamente recibimos el primer mensaje: “No me puedo creer que os estéis comparando con Pink Floyd”. Y sí, a veces esperamos demasiado de la gente…

Cuando llegamos a Giessen saludamos a Tim y a su mujer Tamara, que estaban preparando la cena para los grupos en el backstage del AK44, y que, además de montar el concierto, también habían coeditado nuestro disco con su sello Dingleberry Records. Vamos, que eran unos ilusos.

Mientras tomábamos algo en el backstage nos informaron vía e-mail que por causas de fuerza mayor (un tornado o una inundación seguramente), nos cancelaban el penúltimo concierto de la gira. Después de intentar moverlo a otro sitio o engancharnos a algo que ya estuviese montado, decidimos que quizá era mejor volvernos un día antes y descansar para el último concierto de Barcelona.

Iré directamente al grano y os diré que, pese a que tocábamos cinco grupos esa noche, el único asistente fue un punki colombiano (con sus mallitas prietas, su cresta y su chupa de cuero con anillas de latas de Cocacola) que se vio todos los conciertos y que se fue al empezar el nuestro. ‘Algo estaremos haciendo bien’, pensé.

Después de tocar estuvimos hablando con el guitarra de uno de los grupos que más nos había gustado (The Sobers). Rápidamente nos reconoció como celebridades incontestables del underground español y nos preguntó qué había pasado para estar en un grupo como Ànteros.

Al terminar de recoger no hubo ningún problema a la hora de repartirnos las colchonetas para dormir con los otros cuatro grupos porque, directamente, nos las robaron y tuvimos que dormir en el suelo de la sala.

Día 7. Friburgo

Llegamos a Friburgo y, por primera vez, dormíamos en un hotel. Aprovechamos para ducharnos y quitarnos la zurraspa de varios días, ponernos la ropa limpia que nos quedaba (que en el caso de Endika y Mau era la misma camiseta) y más tarde, ir a la sala en la que tocábamos, la White Rabbit.

Cuando llegamos nos quedamos impresionados con lo bonita que era, probamos sonido y después nos fuimos con Hansi, un hippie entrañable que era su dueño, a cenar en su nuevo restaurante de comida vegana. Nos explicó que el restaurante era su nuevo negocio porque resulta que la sala iba a cerrar en un par de semanas y sólo quedaban programados nuestro concierto y otro más.

Nos pusimos hasta arriba de hamburguesas y, antes de irnos, Mau intentó obligarme a robar las que habían sobrado de los otros grupos para poder comerlas al día siguiente. Como soy una persona de intachable moral, me negué y en ese momento dejé de ser su favorito.

Hicimos un poco de turismo y nos fuimos a tomar unas cervezas antes de tocar. Al acabar y despedirnos entre lloros y abrazos de nuestro amigo Hansi, nos trajo en una bolsa las hamburguesas sobrantes que Mau quería robar. Nos las comimos media hora después todos juntos en la habitación del hotel.

Día 8. Lyon

Después de estirar hasta el límite la hora del check out del hotel, nos fuimos en dirección a Lyon. Del trayecto sólo recuerdo comer una barra de pan con mayonesa porque todo lo que vendían en las estaciones de servicio era ridículamente caro.

Lyon es una ciudad llena de gente que conduce como unos dementes y así nos lo hicieron notar en cada semáforo en el que parábamos. Al entrar en el bar, no recuerdo quién de nosotros pregunto al promotor: “¿La sala dónde está? ¿Es abajo?”. A lo que nos respondió: “Es esto”. Por lo menos no había escaleras. Después de probar, nos comentaron que no había sitio para dormir todos juntos y que uno debería irse a casa de otro tipo, que por lo visto era amante extremo de los gatos. Como un par de nosotros somos extremadamente alérgicos a los gatos, decidí sacrificarme una vez más por el bien común y me ofrecí a dormir en la furgoneta. Pero he de decir que mi calidad humana sólo se vio superada por la de mi grupo, cuando decidieron que mejor nos volvíamos a casa después de tocar, y así ya amanecíamos en Barcelona.

Dimos el concierto, cargamos, nos despedimos de Durga (con los que tocamos esa noche) y condujeron toda la noche Endika, Mau y Rubén por turnos hasta llegar a casa. Yo me quedé despierto junto con Mur para darles conversación… aunque nadie me escuchase.

Día 9. Barcelona

Llegamos a las ocho de la mañana, cada uno se fue a su casa y a la una del mediodía fuimos tan subnormales de quedar para tomar un vermut todos juntos, y luego unos cuantos se fueron a comer. Síndrome de Estocolmo, lo llaman.

Día 10. Barcelona

Fuimos a por todas: duchados, descansados, comidos, con Mur al sonido y el legendario Sergio Picón a las luces y a la barra (de bar). Era también el primer concierto de Mount Cane desde hacía tiempo y, entre una cosa y otra, se quedó gente fuera de la sala.

Mau estaba muy contento porque podíamos poner proyecciones y es algo que le hace extrañamente feliz. Fue uno de nuestros mejores conciertos y nos fuimos a casa pensando que debíamos retrasar nuestra inevitable separación.

¿Viviremos para otra gira? Seguramente sí.


Texto: Víctor García Tapia.
Fotos de la gira europea, por Ànteros.
Fotos de Barcelona, por Willy.

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